José Antonio Sentís | Miércoles 20 de febrero de 2013
En un debate parlamentario, Rajoy es afilado como una espada. Se carga de datos como un registrador, pero, cuando improvisa, reacciona como un látigo, y es su mayor virtud. Se siente tan superior que se hace displicente. Con diferencia, es el mejor de los diputados de la Cámara, al menos de los portavoces habituales. Frente a él, parlamentariamente hablando, la oposición se hace mantequilla o, simplemente, se refugia en un búnker ideológico de eslóganes fáciles, como cuando se va de mitin, porque en el debate difícilmente gana.
¿Cuál es el problema, entonces, para Rajoy? Que se mueve mejor en los salones políticos que en la calle. Y, seguramente, hay que agradecerlo, porque de un presidente del Gobierno se espera que haga eso, que gobierne, y no que nos entretenga con monólogos ingeniosos. Pero, claro, la democracia actual es mediática, como todas, y el liderazgo lleva consigo la necesidad de hacerse comprender por los gobernados, a quienes no siempre les basta con la lógica y la racionalidad implacable, sino también con la simpatía y el afecto. Ahí está, seguramente, el punto débil de Rajoy: que hace discursos impecables, pero sin negritas, que es ese tipo de letra destacada en el que se nombra a las personas en las crónicas sociales.
Si a mí me preguntan, como analista político desde hace cuatro décadas, yo diría que ayer Mariano Rajoy barrió en el debate del Estado de la Nación, sin paliativos. Lo tenía difícil, porque España está en un estado de nervios casi intratable, porque el propio partido del Gobierno está tocado por las denuncias, porque no parece haber institución incólume, porque la situación económica es tétrica y porque la deslealtad territorial amenaza con el abismo. Pero, con todo y con eso, Rajoy salió sin un rasguño. Porque aún hay más bancos en la Cámara más inestables que el suyo. El de Rubalcaba, por ejemplo. Y no sólo el del líder del PSOE, porque hay que ver el papelón de Duran i Lleida, hoy constructivo, mañana independentista, sin contar ese permanente estado de levitación populista de Cayo Lenin, dispuesto a salvar a España de la ordinariez agresiva del capitalismo, como algunos de sus imitadores en la Cámara que forman ese aquelarre de republicanos, independentistas, comunistas y casi terroristas (que a esos últimos los oiremos este jueves).
Rajoy y su Gobierno, incluso su partido, están hoy comprometidos. Pero fuera de eso está el desierto. Por eso, más que fijar la atención en la angustia sobre el Estado de la política española a tiempo presente, habrá que plantearse hacia dónde nos encaminamos, puesto que otra cosa conduciría a la melancolía.
Así, mientras se depura la responsabilidad por la chapuza histórica de España, y no sólo por la corrupción sino por la conducción ruinosa de los asuntos del Estado, habrá que analizar si existe o no esperanza.
Ayer, Rajoy, sí puso el acento en ello, y eso es de agradecer cuando durante muchos meses sólo se ha hablado de lo mal que estábamos y de lo mal que estamos. Y cuando el propio Rajoy no ha querido, o podido, dar ni el más mínimo consuelo a los sufridores del ajuste terrorífico de esta España ajena al vino y a las rosas en la que nos creímos instalados, como en un espejismo.
"España tiene futuro, y hace un año no lo tenía". Ésa fue, para mí, la frase clave de Rajoy en el debate. Y, en efecto, hemos vivido casi un lustro en caída libre, pensando que sobre nosotros se había cernido el apocalipsis.
¿Nos lo debemos creer? Más que menos, a mi juicio. Por lo menos, porque fuera de nuestras fronteras parecen creérselo. Porque nuestros socios europeos, que nos miraban de reojo hace bien poco, parecen confiar algo más en nuestras posibilidades. Y, sobre todo, por la lógica implacable que dice que, aunque parezca imposible, de las crisis se sale (aunque nunca se sepa cuándo).
Rajoy dio este miércoles esa sensación de credibilidad, aunque ha pisado tantos callos con su apuesta radical de la recuperación a bofetadas, que tal vez necesite mucha pedagogía para que ahora le crean. Pero es innegable que hay elementos que empiezan a marcar el futuro. Por ejemplo, que después de un año de sinsabores, y de la promesa aún de otro igual, de Rajoy han empezado a salir promesas otra vez. Es decir, de tener que retractarse de cuanto creyó, hemos pasado a renovar las medidas en las que creía. Con un terrible paréntesis de dos años, por supuesto, pero lo ha hecho, porque la estabilización económica y financiera, la reducción del déficit y la nueva posición en Europa le han dado fuerzas para ello.
No creo que Rajoy engañe. Porque, además, no es muy dado a ganar el concurso al político más popular, pero por muchos heridos que haya dejado la crisis, lo cierto es que de ella se saldrá, si no hay nuevos elementos caóticos que nos lleven definitivamente al infierno.
La pregunta ahora no es, sin embargo, si Rajoy ha ganado el debate, ni siquiera si tendrá éxito en la recuperación de España. La cuestión es si no se ha dejado Rajoy ya tantos pelos en la gatera que llegue despeluchado a las próximas elecciones.
Bien visto, y si España se recupera, tanto nos da. Eso sí, si no es con Rajoy, no es con nadie, visto el panorama.
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