Opinión

Quinientos años de El príncipe

Enrique Aguilar | Miércoles 20 de febrero de 2013
Seguramente pocos autores como Maquiavelo hayan suscitado durante siglos tantas y tan variadas interpretaciones. Desde su reivindicación como padre fundador de la realpolitik y de la ciencia política moderna, hasta su reconocimiento como autor y “momento” clave en la historia del republicanismo, un abanico de lecturas, hagiográficas en un extremo, condenatorias en el otro, se han sostenido en torno al gran florentino a quien se recurre a veces como a un cliché a mano para justificar, con una fórmula nunca salida de su pluma, los modos más execrables de hacer política.
Filosofo, humanista, historiador, hombre de acción, ¿cuál de estos rostros resulta más ajustado a la hora de definir a Maquiavelo? Creo que la expresión “humanista” es la que mejor lo pinta de cuerpo entero sirviendo en parte para redimirlo de un estereotipo construido tan sólo sobre la presunta desvinculación de la política y la moral que, en el mejor de los casos, podía resultar a Maquiavelo una evidencia empírica pero no un postulado normativo..

El Príncipe, obra de 1513 que continúa siendo una referencia obligada, le valió la fama de maestro del mal cuando lo que procuraba en rigor, como ha mostrado entre otros el especialista Maurizio Viroli (autor de La sonrisa de Maquiavelo), era enseñar a conseguir y mantener el poder para preservar a la gente de la violencia y garantizar buenas instituciones. Tal vez su objeto quede paradójicamente encerrado en este fragmento de una carta a Guicciardini: “Creo que el verdadero modo de conocer el camino al paraíso es conocer el que lleva al infierno, para poder evitarlo”.

La obra se compone de veintiséis capítulos que conviene leer con detenimiento, sin soslayar lo que nos parece chocante, para evitar falsas conclusiones. A su vez, estos capítulos pueden reagruparse en cuatro grandes materias: la caracterización del principado (como se sabe, de la forma republicana se ocupó Maquiavelo en otra obra cumbre: los Discursos sobre la primera década de Tito Livio), la cuestión militar, las condiciones que ha de reunir el príncipe y, finalmente, un último capítulo cuyo tono no puede ser más prescriptivo: el que señala el ideal de una Italia unida que nunca habría de abandonar al mismo autor que supo desnudar al mal como un hecho inherente a la naturaleza de la política y que recomendó, profundo observador como era, la búsqueda de la “verdad efectiva” en tiempos en que otros escribirían utopías.

A lo largo de este año numerosas jornadas y otras celebraciones honrarán su figura y su obra. Es de esperar, también, que se publiquen nuevos estudios o se reediten los ya consagrados. Un tributo oportuno y sobradamente merecido.


A lo largo de este año numerosas jornadas y otras celebraciones honrarán su figura y su obra. Es de esperar, también, que se publiquen nuevos estudios o se reediten los ya consagrados. Un tributo oportuno y sobradamente merecido.