El Cubismo vivo en la obra de Paloma Orgaz

EL PODER DE LA MIRADA

Jueves 21 de febrero de 2013
A Paloma Orgaz le hubiera fascinado la oportunidad de moverse discretamente entre las bambalinas de la icónica y desafiante tela de las “Demoiselles d´Avignon (1907)”, aprehendido hasta el más nimio detalle de los albores del nacimiento del inmediato nuevo estilo, el cubismo, en la historia de la pintura; y hasta, por qué no decirlo, deambular por las calles y salones de aquellos taumatúrgicos años de 1908 y 1909, cuando George Braque y Pablo Picasso alumbraban, cada uno simultáneamente, en L ´ Estaque, cerca de Marsella, y en la Rue des bois, al norte de París y en Horta de San Juan (Tarragona), el advenimiento más radical de la pintura desde el Renacimiento: el deconstructor y reconstructor cubismo. A ellos se añadirían en seguida -como nos recuerda la clásica biografía de Ronald Penrouse sobre el Minotauro malagueño y el más atemperado artista nacido en Argenteuil-Sur-Seine- Fernand Léger y Juan Gris, explorando las posibilidades de esta novedosa forma de arte. Paralelamente les seguirían asimismo los Metzinger y Gleixes, con su ensayo Du cubisme (1912), tan generosamente ensalzados por Guillaume Apollinaire un año más tarde en su obra Les peintres cubistas (1913). Y todavía hoy, muchos artistas, como encandilados Odiseos que viajan a la anhelada Ítaca, insisten en el más revolucionario movimiento plástico de nuestra época. Uno de ellos, esta experimentada arquitecta y excelente pintora que es Paloma Orgaz, que expone ahora sus últimos trabajos en la Fundación Pons en la capital de España.

En este pulso creativo, la condición de arquitecta de Paloma Orgaz explica, al menos en parte, su adhesión a esta forma eminentemente mental de acercarse a la realidad para redefinirla, recomponerla, comprenderla, interpretarla y hacerla propia. Si alguna vez fue cierta la convicción leonardiana de que la “pittura é una cosa mentale”, lo es en el caso que nos ocupa, y que se refrenda, una vez más, en las obras de nuestra pintora, como actualísima, viva y experimental. El testamento estético del cubismo está así insito en su riguroso, aunque no exento de un cálido bergsoniano “elan vital”, proceso creativo: la consideración de la obra de arte como una entidad específica alejada de la realidad inmediata y física, y la correlativa liberación de la reproducción simplemente figurativa; la eliminación de la hasta entonces sacrosanta e intangible perspectiva renacentista y su sustitución por la poliédrica perspectiva múltiple; la preeminencia del geometrismo depurador, la descomposición de los planos y la fragmentación de las superficies; el activísimo papel asignado al espectador, que ha de forjar individualmente el discurso artístico personalizado, eliminada la encorsetadota tiranía de la facilona reproducción meramente externa de las cosas. En fin, una anatural figuración, y por tanto pictórica, a la que se llega tras pasar por los resortes cubistas del novedoso hacer artístico, y su recomposición, ¡obvio es reiterarlo, mental!, de las líneas, planos, figuras y objetos.

Paloma Orgaz es ya una veterana en estas difíciles lides, con un sólido dominio de la técnica: la composición, el dibujo y el color. En los años de 1996 a 2005 tuvo la oportunidad de participar en varias exposiciones colectivas: Fundación COAM, Casa Consistorial y Centro Cultural de Cubas de la Sagra, Centro Cultural de Villaviciosa de Odón, Villanueva del Pardillo y Navacerrada, Obra Social de Caja Madrid y Galería Arte Trece. Después vinieron tres interesantes exposiciones individuales: Mi Pequeña Galería (2006) (De N.Y. a Berlín), Sala de la Lonja, en el Centro Cultural del Reloj (2008) (Nada al azar) y Fundación de la Universidad Rey Juan Carlos (2010) (Esencias de Madrid). Y hoy, como hemos adelantado, ésta de momento última aventura, pues exponer es siempre un lance difícil, en la Fundación Pons. Deseo asimismo hacer otra consideración: no sólo es merecedora de atención su obra, sino que es digno de reseña el logrado montaje de la Exposición: pormenorizada, pero sin caer en la repetición cansina, exhaustiva sin pretensiones de ser atosigante, deja respirar las distintas telas y las diferentes piezas, creando y encontrando un espacio propio. Una Exposición que respaldarían, sin duda, los exigentes Luis Gordillo, además de pintor renombrado, montador meticuloso al extremo, o ese depurado pintor gaditano, y contrastado expositor, que es, entre lo más jóvenes, Francisco Pérez Valencia.

La Exposición de Paloma Orgaz está presidida principal, aunque no únicamente, por piezas erigidas sobre un lenguaje mayoritariamente cubista, que se enseñorean, de forma omnipresente, del espacio y del lugar. Y hasta por qué no decirlo, tras las transgresoras formulaciones de Einstein, del tiempo. Un cubismo de facturas homogéneas, pero no uniformes, con piezas cercanas -en palabras de la artista- al cubismo clásico, otras al constructivista y arquitectónico, para llegar al más abstracto. O, si prefieren, en terminología más académica, al cubismo cezannesco, analítico, hermético y sintético. Lo que sí tienen en común todas ellas son su limpidez, no incompatible en muchos casos con su fuerte empaste y textura matérica, y su compensación, equilibrio y proporción de formas, colores, volúmenes y espacios. Hay también mucho de buen gusto, de búsqueda de la armonía, de atención por los detalles, que, como en un cubismo lírico, nos arrastra simultáneamente en muchas de ellas al mundo de las sensaciones y de los sentimientos. Eso sí, sin incurrir nunca en el amaneramiento, la fácil, lo falsario, lo kitsch, lo pompier… En este contexto son entendibles y hasta lógicas, ¡’hay mucho de implacable lógica en el cubismo!, las dos citas que se reproducen caligrafiadas a mano en dos de sus obras, por cierto de las menos cubistas, al menos en su sentido más purista, pero de las más gestuales: Espíritu contemplativo (“La belleza de las obras existe en el espíritu de quién las contempla” (David Hume); y Reflejo de un pensamiento (“El arte de la filosofía que refleja un pensamiento”) (Antoni Tapies). Un lenguaje, así las cosas, exigente en su matemática estructura, pero no exento de viveza. No son una casualidad, en suma, los distintos adjetivos que cualifican, por ejemplo, sus cuatro piezas Détail Sépia, Bleu, Rouge y Jaune, como tampoco las intimistas y vaporosas técnicas mixtas sobre lienzo tituladas Large Construction I y II

Pero la obra de Paloma Orgaz no es sólo cubista en sus planteamientos. Paloma Orgaz es una artista inequívocamente adscrita a otros lenguajes plásticos del rabioso presente. Sirvan como ejemplo de su compromiso con la modernidad tres series más que no deseo olvidar. De una parte, dos logrados collages (Collage I y Collage II), ¡otro de los inventos cubistas nuevamente de los reiterados Picasso y Braque!, como nos recuerda certeramente el libro de Rosalind E. Krauss, Los papeles de Picasso, y que rememoran algunas de las composiciones más logradas entre nosotros de Miquel Navarro. De otra, sus Estructuras Dual I y II, tan tajantes, sobrias y directas, que nos acercan al expresionismo abstracto del añorado Barnnet Newman, o, aquí, a Jordi Teixidor, no exentas sin embargo de guiños a su admirado Tapies, al sencillo Gerardo Rueda, al suprematista Malevitch o al recolector Schwitters. Sin echar en el olvido, finalmente, dos obras, Black on White y White on Black, donde Paloma Orgaz sigue la estela de dos grandes también del expresionismo abstracto norteamericano: Franz Kline con sus radicales, vigorosos y tajante negros y blancos puros, y Robert Motherwell, y su comprometida pintura más negra.

Lo dicho: una Exposición, la de Paloma Orgaz, que merece mucho la pena visitar. Si lo hacen tendrán la oportunidad, al tiempo que disfrutar son sus obras, de hacer suyas las consideraciones del imprescindible, si de cubismo hablamos, George Braque: “El progreso en el arte no consiste en ampliar sus límites, sino en conocerlos mejor.” Algo que alcanza, y además con muy destacada nota, Paloma Orgaz.

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