Opinión

Advise and consent

Alfonso Cuenca Miranda | Jueves 21 de febrero de 2013
La Constitución estadounidense de 1787 establece en su artículo II, sección segunda, cláusula 2ª, que el Senado aconsejará y consentirá el nombramiento por parte del Presidente de los embajadores, de los miembros de su Gobierno y, en general, de las altas magistraturas del Estado. Esa función senatorial, advise and consent, es el título de una excelente película de 1962 (basada en una novela homónima), que narra los vericuetos de una nominación presidencial. Episódicamente el desarrollo de ese cometido por parte de la Alta Cámara americana reproduce las tensiones y enfrentamientos narrados en el largometraje, y precisamente en estos días asistimos a una de esas ocasiones –de la que llegan ecos muy lejanos a España, donde el discurso del estado de la Unión ha sido el principal asunto reflejado en los medios.

Las similitudes entre el argumento de la película de Preminger y la nominación de Hagel son ciertamente llamativas. Así, dos candidatos a uno de los puestos más relevantes del Ejecutivo -Secretario de Defensa en el caso de Hagel, de Estado en la película-, con inclinaciones “apaciguadoras” objeto de críticas por sus adversarios, del mismo partido en el caso del film y de excorreligionarios en el caso de Hagel, con una Cámara proclive mayoritariamente al Presidente.

El guión de la confirmación de Hagel es apasionante. Reelecto el Presidente Obama nombra como candidato a un Senador republicano de quien cabe destacar dos datos a tener en cuenta: su condición de héroe de guerra en Vietnam y su pasada oposición al aumento de tropas estadounidenses en Irak, algo que no le perdona el partido del “elefante”. Producida la nominación, el candidato comparece ante la Comisión de Defensa del Senado en una sesión de más de seis horas de duración en donde la tensión se puede cortar con un cuchillo. El momento álgido viene marcado cuando el senador John McCain, examigo de Hagel, héroe de guerra como éste, le pregunta por dos veces si sigue pensando que la escalada militar en Irak fue un error. El semblante del candidato se difumina, titubea, no contesta en la primera ocasión, e interpelado insistentemente por segunda vez, responde que eso es algo que la Historia juzgará. El antiguo candidato Presidencial de Arizona insiste, pero no obtendrá nada más. Lo cierto es que Hagel no tiene su mejor día, como reconocería posteriormente su equipo, y como se puso de manifiesto en la propia sesión cuando el Presidente de la Comisión, demócrata y favorable al nombramiento, tiene que corregir la posición de Hagel y recordarle que el principio rector de la política de Estados Unidos con Irán no es el containment. El asunto se complica con la cuestión del disclosure, es decir, la información que el candidato debe remitir a la Comisión, principalmente económica, relativa los pagos recibidos en los últimos años, así como el texto y grabaciones disponibles de sus intervenciones y conferencias (formales o informales) pronunciadas en igual período. Para la minoría republicana la Cámara no dispone de toda la información necesaria. A todo lo señalado hay que añadir la sombra de Bengazzi, un episodio no del todo aclarado y en el que los republicanos quieren ahondar pues intuyen que hay mucho que no se dijo.

Concluida la sesión del hearing, se retrasa la siguiente reunión de la Comisión en la que ha de votarse la candidatura para su posterior elevación al Pleno. No hay acuerdo bipartidista. Finalmente, el Presidente Levin hace uso de sus poderes y convoca a la Comisión. En ella intervienen los 26 miembros de la misma. Los discursos son duros, pero correctos -a destacar la elegancia y caballerosidad de MCain. El senador por Texas, Ted Cruz, es el más agresivo, recordando en parte el papel de Charles Laughton en la película referida anteriormente: el joven miembro del Tea Party echa en falta concretamente un pago y un video de una intervención, sospechando que uno y otro se corresponden con colaboraciones de Hagel con organizaciones en pro de un entendimiento con Irán o críticas con Israel, que serían comprometedoras para aquél. Tras dos horas y media se vota: el candidato es aprobado por 14 a votos a 11 (oponiéndose todos los republicanos). El Gobierno tiene prisa con el nombramiento, ya que hay cuestiones que resolver: las más inmediatas, una cumbre de países de la OTAN y el celebérrimo sequester con eventuales implicaciones devastadoras en Defensa. Los republicanos quieren más información y hacen uso del obstruccionismo para que la votación no tenga lugar en el Pleno: la cloture, moción de cierre del debate que pueda dar lugar a entrar en la votación, es rechazada pues no cuenta con la mayoría de 60 requerida en las Nomas del Senado. La cuestión, el cierre del debate que de paso a la votación del candidato, volverá a votarse, tras el receso de 10 días, en la última semana de febrero. Todo hace pensar y así lo han manifestado importantes líderes republicanos que esta vez no se opondrán. Se presume un final feliz para el candidato, aunque el trago político e incluso personal habrá sido muy amargo. En juego, un puesto clave donde los haya para el hegemon mundial.

El argumento relatado permite extraer una serie de conclusiones. El sistema de confirmaciones parlamentarias de los altos nombramientos en Estados Unidos es un sistema sumamente riguroso, en donde los candidatos son desnudados ante el Senado y la opinión pública. El filtro, el tamiz empleado es de una implacabilidad muchas veces descarnada, pero una vez superado se evita la permanente puesta en cuestión de cargos públicos verificada en otras latitudes. Este dato explicaría, por ejemplo, la muy excepcional admisión de recusaciones de los magistrados de la Corte Suprema estadounidense. En el caso concreto de Hagel, se podrá estar o no de acuerdo, pero los argumentos esgrimidos por los republicanos son atendibles aunque no necesariamente se compartan. Asimismo, destaca en esta materia, como en tantas otras concernientes a Capitol Hill, los amplísimos poderes de investigación del Legislativo, con unas facultades y unos medios que garantizan el cumplimiento de las funciones constitucionalmente encomendadas, algo que también contrasta con la actual situación de otros parlamentos.

En el fondo, el mecanismo analizado es una concreción más del delicado y a la vez inteligentísimo equilibro de poderes presente en la democracia americana. Un sutil y frágil equilibrio que en materia de nombramientos –potestad presidencial- obliga al inquilino de la Casa Blanca a tener muy en cuenta la posición del Senado, y no sólo de su mayoría –ya que la minoría puede utilizar la vía del filibusterismo-, de tal modo que aquél evite nominar a un candidato que, por diversos factores, pueda suscitar un rechazo frontal del otro partido. En este sentido, ha de subrayarse que la Cámara, y en particular la oposición presidencial, ejerce este poder de veto con responsabilidad, siendo escasas las ocasiones en las que el candidato a un puesto en el ejecutivo no es confirmado por no contar con votos suficientes. Así, en el siglo XX sólo ha sucedido en tres ocasiones: 1925, 1959 y 1989. Especialmente reseñable es el primer caso citado en cuanto que el candidato a Fiscal General fue rechazado (39-41) por un Senado controlado por el mismo partido que el del Presidente Coolidge. También ha de hacerse una mención especial a la última nominación referida, ya que la Cámara no validó (47-53) al candidato del primer Bush a Secretario de Defensa (John Tower), por lo que Hagel no sería, frente a lo publicado en España en algún medio, el primer candidato a tal puesto vetado por la Cámara (sí el primero en el que la minoría ha ejercido su poder de obstruir tal nombramiento). Por otra parte, debe subrayarse que lo más frecuente en los supuestos en los que se prevé una fuerte contestación o un resultado desfavorable es que se retire la candidatura antes de que la votación final llegue a producirse (caso, por ejemplo, de la candidata a Secretaria de Trabajo propuesta por Bush 43, Linda Chavez) o incluso antes del correspondiente hearing en Comisión (caso no lejano de Tom Daschle para el puesto de Secretario de Sanidad, propuesto por el Presidente Obama en su primer mandato).

Con todo, como ya se ha dicho, lo más usual es que el Senado no se oponga la nominación y son abundantes los supuestos en los que el partido adversario al Presidente apoya la misma, como ha sucedido recientemente con el actual secretario de Estado, John Jerry (94-3). Como puede observarse, esta maravillosa mixtura de enfrentamiento, caballerosidad, investigación cuasi- inquisitorial y estrecha colaboración presente en la contienda norteamericana sólo parece posible en una joven Nación en la que el sentido de Estado, obligado por su condición de hiperpotencia glogal, es una condición para todo integrante de su clase política. En definitiva, asistimos a uno de los más ilustrativos ejemplos de cómo un Parlamento actúa con plena consciencia de su poder y su deber.