Opinión

Algunas ideas sobre el Debate de la Nación

Juan José Laborda | Viernes 22 de febrero de 2013
El estado general de España no ha sido peor desde que se instauró la actual democracia. La gente no recuerda una sensación parecida a ésta -la conciencia vívida de no tener futuro- desde los años duros de la posguerra. La cólera ciudadana se manifiesta diariamente. Ninguna institución se libra de las críticas generalizadas, desde la Corona, las Cámaras parlamentarias, el Gobierno, la Oposición, los jueces, los empresarios, los sindicatos, la Iglesia oficial, los partidos políticos, hasta un largo etcétera...¿Se critica a sí misma la sociedad española? Indignan los corrompidos, ¿y los corruptores? Ofende la amnistía fiscal y la evasión de dinero a paraísos fiscales, ¿y la simpatía con la que ha sido admitido el engaño a la hora de pagar el IVA o el Impuesto sobre la Renta?

La demagogia entre nosotros resucita atavismos morales y religiosos que creíamos haber superado. La riqueza, aunque haya sido lícita, vuelve a ser considerada signo de maldad o de algo inconfesable. La actual costumbre de mostrar públicamente la declaración personal de la renta, aparte de que no sirve para atajar los fraudes (¿qué declaraban oficialmente Bárcenas o Sepúlveda?), fomenta una morbosidad con los políticos. ¡Siempre habrá vergüenzas! ¡Por tener dinero o por no tenerlo! El derecho a la intimidad, vértice de la modernidad, no existe para los representantes públicos. ¿Quién se apunta hoy a la política-espectáculo? El riesgo que esa actividad atraiga sólo a extravagantes es real.

En este escenario ha tenido lugar el debate en el Congreso sobre el “estado de la Nación”. Mi primera idea es que España, aún atravesando una crisis política de envergadura, no tiene su Estado en riesgo de descomposición; es decir, la crisis política no avanza (¿todavía?) hacia una crisis estatal generalizada.

Mi segunda idea -y está relacionada con la primera- es que Rajoy, como presidente del Gobierno, ha salido fortalecido de este debate. No exactamente porque haya vencido dialécticamente a todos sus oponentes, sino porque su estrategia política se ha acomodado a la lógica de nuestro Estado constitucional mejor que la de cualquiera de sus rivales alternativos.

¿A qué me refiero con “la lógica de nuestro Estado”? Desde la visión de los principios, Rajoy ha sostenido que las reformas -y no la ruptura- de la Constitución deberán hacerse con respeto a los procedimientos previstos en la misma. Desde la óptica de los problemas que afectan gravemente a los ciudadanos del Estado, el presidente del Gobierno se ha beneficiado del realismo de todo gobernante: sus noticias sobre la reducción del déficit al 7% del PIB, y sobre la leve mejora de la economía, han tenido más credibilidad que las criticas que ha recibido por ellas.

El líder socialista, Alfredo Pérez Rubalcaba, tuvo una buena intervención. Él y su grupo parlamentario expresaron con diversos gestos su satisfacción por su actuación en el debate. Mi idea personal es que Rubalcaba acertó al no enfatizar sus críticas sobre la supuesta corrupción del PP y del propio Rajoy. Esto también indica que las instituciones estatales -en este caso concreto, la Justicia que investiga esos tremendos casos- siguen todavía contando con la confianza de los ciudadanos. A pesar de esa confianza de Rubalcaba, éste propuso una muy constructiva comisión de personalidades independientes para investigar esos problemas, propuesta que no ha sido aceptada por la mayoría gubernamental.

El discurso de Rubalcaba, en mi opinión, fue expresivo de la situación política y del momento ideológico del Partido socialista. Cuando él puso su énfasis en propuestas reformistas -para las que apeló a la mayoría gubernamental (la reforma constitucional, como ejemplo primero)-, más que en pedir la dimisión de Rajoy, indica que Rubalcaba se encuentra escindido -como su Partido- entre la necesidad del consenso y las conveniencias electorales de una oposición absoluta. Esa doble actitud, aunque formalmente sea contradictoria en el PSOE, es también, y en grado sumo, responsabilidad del PP y del Gobierno de Rajoy. El Gobierno fracasará, con riesgo de entrar en la fase de crisis estatal, si cree que podrá solo con todos los problemas juntos (incluido el de la corrupción).

Y hablando de crisis estatal, nos encontramos con Cataluña y sus diversos problemas. Rajoy estuvo perfecto en sus menciones a Cataluña y al cumplimiento de la Constitución si ésta es incumplida o si se pretende su reforma. Rubalcaba no lo estuvo tanto. Aunque con menos énfasis que otros portavoces, volvió a argumentar con “el desdichado procedimiento” que “declaró inconstitucionales algunos aspectos de un Estatuto que ya había sido refrendado por el pueblo catalán”. Ese argumento encierra unos errores que aún el PSOE de Rubalcaba no acaba de reconocer: ¿por qué se dejó la corrección de aquel texto a la instancia del Tribunal Constitucional cuando se preveía que en las Cámaras no se podía garantizar la constitucionalidad de todos sus preceptos? Fue proyectar hacia el futuro los problemas de aquel presente. Su falta de sentido político del Gobierno de Rodriguez Zapatero se pone en evidencia cuando, además, no se pudo o no se quiso pactar ese Estatuto con el PP. ¿No se previó que ese partido iba a recurrir el texto ante ese Tribunal? “Après moi le déluge”, pudo decirlo un monarca absoluto, pero esa actitud hipoteca el futuro por mucho tiempo en democracia.

Una idea más: ambos partidos están afectados por aquella desdichada etapa. Otra razón para que busquen un acuerdo común sobre Cataluña.