Andrea Donofrio | Domingo 24 de febrero de 2013
Tras unas semanas de horrible campaña electoral, caracterizadas por descalificaciones y promesas, llega el momento de votar. Los italianos deben decidir qué futuro desean para su país: si apostar por una vuelta al populismo o tumbar definitivamente a Berlusconi y su retórica barata, mal vista –e incluso incomprensible- más allá de los Alpes. Los diferentes candidatos han contrapuesto sus estrategia, enfrentando promesas con realismo; aquellos que alimentan esperanzas falsas contra quienes recuerdan las dificultades de la crisis; populistas que proponen salir del euro contra aquellos que apuestan por fortalecer el papel italiano en la Unión Europea. Y mientras tanto Berlusconi no aclara si la prima de riesgo es importante o no y engaña a los italianos, mandando una falsa carta de reembolso del Impuesto sobre los bienes inmuebles. ¿Cuándo explicará como obtendría el dinero? ¿Vendiendo a Mario Balotelli y/o Mediaset con el Gran Hermano incluido? En virtud de su poderosa maquinaria mediática, de sus promesas demagógicas y sus discursos anti-euro, Berlusconi intenta ser elegido para blindarse ante los inminentes procesos judiciales. Su victoria –improbable- podría ser catasfrófica hasta el punto de que un periódico extranjero subraya que, en esta eventualidad, sería preferible “cambiar los euros y esconder a las propias hijas”. Sería un peligro, sobre todo, para la economía italiana y su credibilidad internacional.
La entrada en política de Monti ha sido menos cómoda de lo que el Profesor esperaba por una serie de razones: la memoria corta de los italianos que, convencidos deslealmente por Berlusconi, le responsabilizan de la crisis; su incumplida promesa, reiterada oficialmente durante casi un año, de pasar el testigo a los políticos, terminado el mandato técnico; su imagen está relacionada con la cancillera alemana Angela Merkel; una campaña electoral anómala, con promesas y realismo, que no ha resultado tan apetecible como la de los populistas. Monti se ha convertido en un político más, relegado a un papel secundario. Cabe ver si el economista estará dispuesto a “intercambiar” los papeles con Bersani, pasarle el testigo y sostenerlo en caso de una posible coalición. En este caso, la gran incógnita será la relación con Nichi Vendola.
Bersani ha sido protagonista de una campaña electoral moderada: no obstante, su renovación “tranquila” del centroizquierda no parece convencer del todo. A esto hay que añadirle una serie de dificultades que ha hallado en su camino: el regreso de Berlusconi, la entrada en política de Monti, el escándalo del Monte de Paschi di Siena, el fenómeno Grillo...Y pasando a Grillo, su último multidionario mitín en Piazza San Giovanni (Roma) es la imagen de su campaña electoral. El cómico genovés ha ofrecido una “manifestación de fuerza”, el apoyo masivo de gran parte de los italianos decepcionados con la Casta política. Es un dato que no debe ser infravalorado: mientras los políticos siguen defendiendo vigorosamente sus privilegios y se muestran alejados de los problemas de los italianos, Grillo sí ha sabido escucharle, ha mostrado interés por sus demandas. No cabe duda que las acusaciones del bloguero contra el despilfarro, la corrupción o la búsqueda de un cambio son justas y sacrosantas. Chirría su respuesta y la falta de claridad. La gente esta harta de los políticos tradicionales y sigue cualquier viento de cambio: poco importa la falta de democracia interna (ay, el viejo centralismo democrático...), un programa nebuloso, una línea económica (autarquica y populista) inexplicada. Su movimiento se prepara para una entrada triunfal en el Parlamento italiano. Resulta difícil cuantificar sus proporciones y cabe la posibilidad de que Grillo compruebe que no es lo mismo llenar calles de manifestantes, gritos y pancartas, que llenar las urnas de votos (como le paso al PCE en las elecciones del 15 de junio de 1976, donde el partido descubrió tener una notable extensión, pero un corto porcentaje), pero ya se le puede proclamar como uno de los ganadores de estas elecciones. Grillo cuenta con un enorme apoyo popular y callejero, ha abarrotado todas las plazas del país, pero debería entender que con chascarillos no se gobierna. Aunque no lo parezca, la política es una cosa sería y no es suficiente el insulto –a veces merecido...-, la crítica, la denuncia: hacen falta medidas concretas, cambios persistentes para acabar con esta brutta política.
Está en juego la gobernabilidad del país y el futuro de Europa. La gran incógnita es saber si el Partido más votado será capaz de llevar adelante un programa de Gobierno o el Parlamento se convertirá en una jaula de grillos (y grillinos). El partido que gane deberá prestar más atención al plano social, paliando los efectos negativos de los recortes –aprobados por el Gobierno Monti, pero forzados por la situación provocada de años de berlusconismo y exigidos por Bruselas-, impulsando mayor igualdad y preocupándose por la situación laboral italiana. Deberá proponer unas medidas que favorezcan la creación de puestos de trabajo, que ayuden a las pequeñas y medianas empresas (motor de la economía nacional) y que solucionen problemas irresueltos como el de los esodati. Un camino reformista que ayude a Italia a salir de la crisis, que busque mayor equidad y cree trabajo. En fin, unas elecciones decisivas para Italia y Europa.