Marcos Marín Amezcua | Lunes 25 de febrero de 2013
Ha sido un balde de agua fría para la opinión pública mexicana, ya no digamos para la española cuando la hemos sabido proveniente del otro lado del océano: seis turistas españolas fueron violadas durante una estancia en Acapulco.
Dejaré de lado el sentimiento de las víctimas que solo pueden describir ellas mismas por el atropello y el ultraje del que han sido objeto y que por nada del mundo se justifica ni mucho menos puede pasar por debajo de la imagen de un punto turístico, cualquiera que este sea. Es un tema que no puedo obviar justamente por su trascendencia. Me faltan palabras para describir lo sucedido por la desgraciadez que supone y les representa semejante trance incalificable.
¿Cómo es posible que un grupo de miserables pudiera perpetrar tamaño crimen en una casa alquilada para pernoctar varios días, y atacarles sin más? Es vergonzoso que se les haya agredido, dándome igual si eran mujeres o si hubieran sido hombres, ya fueran españolas o mexicanas, sea como lo es, una zona poco segura aquella donde sucedieron los hechos, como la hay en cualquier parte o si por el contrario, fuera la más vigilada del planeta. No hay excusa alguna que valga.
Sencillamente, no. No es posible que se produzcan esta clase de agravios que a la gente, ya sea o no de un sitio turístico determinado o de cualquier país, por ser gente de bien nos ha causado una indignación y una repugnancia absolutas y acaso sea solo porque ni lo consentimos ni nos comportamos de esa manera. Y somos los más. Que la presidencia de la república instruya a los órdenes de gobierno competentes a involucrarse para dar con los criminales, bien refleja el impacto causado por la noticia. No es poca cosa la reacción y la búsqueda con tintes de cacería emprendidos contra los criminales. No puede pasarse por alto. Y no solo el crimen en sí –ya de por sí deleznable– sino porque de ser cierto que atraparon a los presuntos agresores, localizados con un despliegue que denota eficacia y eficiencia incluso inusitadas –que han ameritado inclusive, el reconocimiento del gobierno de España– no resolverá nada si no se añaden medidas puntuales que auxilien a un puerto, Acapulco, que ha hecho esfuerzos ingentes, pero muy insuficientes, para superar una ola de violencia que suele quedar las más de las veces, un tanto ajena de su vigilada zona turística y que hoy por hoy, obliga a las autoridades de todos los niveles a proteger a esa ciudad al completo, no solo viendo por su zona turística.
Pese a lo sucedido, que deploro, yo no sé si colgarle al tema de violencia generalizada. La cosa pinta de otra forma. En buena medida parece un hecho perpetrado a consecuencia de haberse vigilado los movimientos de las turistas. El suceso no tiene precedentes en Acapulco y eso hace sospechar del móvil. No era un tema de lucha de carteles, pero sí de malvivientes con antecedentes de violación, de narcomenudistas y al menos, algunos de los capturados tenían esos antecedentes, amén de otros y es reprobable que estuvieran libres.
Es una desgracia que suceda especialmente en Acapulco, que merecía mejor suerte igual que sus múltiples visitantes, al ser una ciudad que ha enfrentado problemas de seguridad de muy diversa índole y que no se ha quedado de brazos cruzados, sin conseguir revertir el efecto de una imagen mancillada que no merecen sus ciudadanos, gente de trabajo y comprometida que bien conozco. Por ello la impunidad no ha de tolerarse y si fueron los capturados, enhorabuena y exigimos un castigo ejemplar.
Una ciudad como Acapulco, de reconocida raigambre y aplaudida gestión turística, y que ha conformado un esfuerzo enorme de la iniciativa privada para devolverle su imagen de gran calado, que sirviera como puerto de salida para descubrir media Oceanía en el siglo XVI, no merece degradarse por mal nacidos que echan todo esfuerzo por tierra. Y lo reitero cuando nos enteramos este fin de semana pasado, del asesinato de un ciudadano belga que se opuso a ser asaltado cerca de una zona exclusiva. Así no se pueden alegar mejores cartas para el puerto. Así no se puede cuando al mismo tiempo las autoridades alardean de interés turístico, tal y como lo hace la actual secretaria federal del ramo, Claudia Ruiz-Massieu, persona acaso bienintencionada pero carente de absoluta experiencia en temas de turismo y seguridad, lo cual no ayuda. Y menos si la delincuencia no se ataja con medidas que anticipen coordinación entre todas las dependencias, empezando por la encargada de tan importante ramo que le toca dar la cara de México al mundo.
Lo lamento de verdad porque esas turistas extranjeras escogieron un lugar que bien merecía su deseo de estar allí. Un sitio que me evoca muchas cosas en mi vida en un sinfín de anécdotas familiares, uniéndome sentimientos muy entrañables a tan paradisiaco lugar. Me consta el esfuerzo enorme que se ha realizado por levantar la Perla del Pacífico. Los acapulqueños merecen el respeto de quienes reconocemos su cariño y su esfuerzo hacia su ciudad. Es pues, la impunidad lo que no puede tolerarse y ha de denunciarse, porque amén del peligro que representan semejantes descastados que agredieron a las turistas españolas, vejándolas, ciertamente que han actuado antes con impunidad cuando que hace rato que deberían de estar presos. Si además, deslindamos las causas del artero crimen, resultará más fácil prevenirlo, si cabe. Será inadmisible lo ocurrido si sus autoridades no ponen orden y en este caso corresponde a todos los niveles de gobierno (federal, estatal y municipal) por la trascendencia turística internacional que posee Acapulco, si en algo la valoran. No pueden apelar solo al discurso, se requieren acciones serias.
La semana anterior a los hechos del lunes 4 de febrero que nos han indignado, supimos en México el éxito que tuvo el pabellón mexicano en FITUR, celebrado en Madrid. Parecía que los esfuerzos de la administración anterior a Peña Nieto, aunados al enlace que la actual conjuntó desde diciembre pasado, rendían frutos. La presencia de los Príncipes de Asturias en él prometía un impulso al turismo en México desde una España en crisis que apuesta por ese destino turístico. Me queda claro que la bomba estallada en la cara de tales esfuerzos, como lo es la violación de seis turistas españolas y la agresión al grupo con el que viajaban, es de una afectación inconmensurable y que nada de lo sucedido es excusable en ninguna parte del mundo. Se va al garete todo el esfuerzo y todo eso a la gente de bien en todas partes, no nos puede ser ni indiferente ni tolerable. Solo me queda expresar por conclusión que no se permita más la impunidad. Acapulco y sus turistas merecen mejor suerte. Es cuanto.
TEMAS RELACIONADOS: