Martes 26 de febrero de 2013
A falta de los datos definitivos, Italia parece abocada a la ingobernabilidad, con un Senado sin clara mayoría y la evidente crisis de los partidos tradicionales. El candidato favorito no ha ganado y el perdedor casi predestinado no ha perdido: Pierluigi Bersani, el candidato del Partido Democrático, no ha obtenido el resultado que las encuestas le conferían y Silvio Berlusconi ha demostrado su gran habilidad en las campañas electorales y su capacidad para conectar con la pancia (los instintos) de los italianos. Por otro lado, Monti paga su imagen de amigo del rigor y de Angela Merkel, mientras el cómico genovés Beppe Grillo aparece como el verdadero triunfador de estas elecciones. El Movimiento 5 Stelle ha obtenido un resultado extraordinario, poniendo de manifiesto el malestar de los ciudadanos italianos, hartos de la Casta (política) y dispuestos a votar por Grillo pese al populismo de sus propuestas y la ambigüedad de sus promesas económicas. En este contexto, los únicos datos claros son la baja participación -un 7,4% menos que en 2008- y, sobre todo, que sin Grillo no se gobierna.
Italia se confirma un país anómalo y, en este contexto –que recuerda al 2006-, resulta difícil augurar quién gobernará. Ante una grave crisis económica y política, Italia necesitaba un Gobierno fuerte y legitimado por las urnas, capaz de llevar a cabo las reformas que el país necesita. No ha sido así, tanto que estas elecciones muestran la dificultad de los italianos para ponerse de acuerdo sobre su futuro. Vence la incertidumbre y un escenario que complica la situación italiana y, por ende, la de toda la Unión Europea. Ahora, Italia se acerca a la parálisis política, barajando unas posibles –pero improbables- alianzas de Gobierno o la convocatoria de nuevas elecciones ante la impotencia general. La situación surgida de las urnas no aclara el futuro de Italia y por eso los mercados, las bolsas y los socios europeos de Italia miran con preocupación el futuro del país. Hace falta la elección de un gobierno estable, que se preocupe por aplicar una serie de reformas improrrogables como la reforma fiscal, la del mercado del trabajo o del sistema electoral, medidas que ayuden a las pequeñas y medianas empresas (motor de la economía nacional), creen trabajo y, sobre todo, que sirvan para relanzar la economía nacional.
El resultado electoral confirma la remontada de un Berlusconi que aún sabe conectar con parte del electorado italiano y se confirma como líder de un centroderecha que prefiere quedarse con el cavaliere y sus promesas, en lugar de hacerlo con Monti y su pragmatismo. Por otro lado, el centroizquierda sigue sin convencer a los italianos, mostrando sus debilidades e incapacidad para postularse como alternativa creíble. Así, el panorama resulta nebuloso e incierto, con una Cámara de los Diputados de centroizquierda y un Senado que podría impedir la tramitación de cualquier decisión del Gobierno. Aunque en la política italiana no se puede descartar nada, la estabilidad parece una quimera y mientras los mercados miran a Italia con suspicacia, con miedo a un posible contagio de la zona euro, el país no debería apostar simplemente por sobrevivir.
TEMAS RELACIONADOS: