Opinión

Lenguaje y poder

Lunes 04 de marzo de 2013
La política y el lenguaje han caminado siempre de la mano. Desde Aristóteles a nuestros días –pasando por los filósofos sofistas, la Europa del Renacimiento o las Revoluciones liberales que acabarían dando lugar al nacimiento del parlamentarismo y de los regímenes de opinión pública– el lenguaje y el poder han aparecido unidos. Fue precisamente Aristóteles en la “Política” quien muy tempranamente definió al hombre como “animal que habla” y también como “animal político”; dos definiciones que, en realidad, no eran sino una sola.

El ejercicio de la actividad política ha necesitado desde antiguo de la herramienta imprescindible del lenguaje. Es más, conforme se fueron democratizando las sociedades, conforme el sufragio se amplió hasta hacerse verdaderamente universal y los derechos se extendieron, el papel del lenguaje se hizo cada vez más indispensable.

Pero no conviene engañarse. Debe admitirse que no siempre esta relación entre política y lenguaje ha sido tan limpia y ha tenido este cariz positivo. También desde el comienzo de los tiempos se ha dado la situación contraria, el reverso oscuro. De este modo, y debido precisamente a la gran importancia del lenguaje, el poder siempre se ha sentido tentado (y muchas veces ha caído en esa tentación) de utilizar el lenguaje como elemento de control y de dominación, más o menos evidente, de la población. Hace ya tiempo que sabemos que el pensamiento es lenguaje. El lenguaje conforma y define nuestra forma de pensar; es imposible pensar si no lo hacemos ayudados del lenguaje. De esta manera, el control del lenguaje es también, y en definitiva, el control del pensamiento. Si el poder controla nuestra forma de hablar y de comunicarnos controlará también nuestra forma de pensar (o de no pensar).

Los regímenes totalitarios han sido y son –allí donde desgraciadamente siguen vigentes– expertos en el control del lenguaje, en el control a través del lenguaje. Se trata de crear términos nuevos, nuevas combinaciones de palabras, de unir de manera novedosa ciertos adjetivos a determinados sustantivos; pero se trata también de rescatar algunas palabras olvidadas, así como de dar nuevos perfiles y nuevos significados a palabras ya existentes e incluso utilizadas comúnmente. El fascismo, el nazismo y el comunismo han sido y son especialistas en el control de la población a partir de la colonización del lenguaje.

Victor Klemperer fue un filólogo judío que, en la Alemania nazi, expulsado de la Universidad y obligado a otro tipo de trabajos, escribió de forma clandestina un diario llamado “LTI”, las siglas de la expresión latina “Lingua Tertii Imperii”, esto es, “la lengua del Tercer Reich”. En esta obra, Klemperer diseccionó los usos lingüísticos del nazismo como elementos fundamentales de manipulación y puso de manifiesto cómo sus grandes logros se alcanzaban no tanto con las arengas y discursos de Hitler o de Goebbels, cuanto con ciertas prácticas que calaban como la lluvia fina. Quizás porque, ante lo primero, la mente, como un resorte, se pone en guardia; pero ello es más difícil de lograr con las otras fórmulas. “El nazismo –escribe Klemperer– se introducía más bien en la carne y en la sangre de las masas a través de palabras aisladas, de expresiones, de formas sintácticas que imponía repitiéndolas millones de veces y que eran adoptadas de forma mecánica e inconsciente”.

Entre nosotros, la dictadura franquista también hizo uso de términos y expresiones inefables tales como “cruzada (nacional)”, “democracia orgánica”, “paz”, “sindicato vertical” o “previsiones sucesorias”.

Pero también –y esto es lo más grave– pueden ocurrir fenómenos semejantes en regímenes democráticos, como el nuestro. Y es más grave, en primer lugar, en tanto que es más intolerable que esto se dé en una democracia (contraria, por definición, a la perversión del lenguaje); pero también porque aquí la peligrosidad de lo sutil, a la que antes hacía referencia, se multiplica, ya que los ciudadanos podemos confiarnos con mayor facilidad y, por ello, también con mayor facilidad, caer en la trampa. El jurista y antiguo presidente de la Corte Constitucional italiana Gustavo Zagrebelsky publicó en 2010 un breve ensayo –“Sulla lingua del tempo presente”– en el que, guiado por el magisterio de Klemperer, pone en circulación un nuevo concepto: “LNAe” o “Lingua Nostra Aetatis”, es decir, “la lengua de nuestro tiempo”. Zagrebelsky pone la lupa en el lenguaje de su país en ese momento, el lenguaje de la Italia de Berlusconi (escribo esto un día después de las últimas elecciones italianas y es difícil hablar de “la Italia de Berlusconi” como de algo perteneciente enteramente al pasado…). Pero el fondo de lo que el profesor Zagrebelsky pone de manifiesto es igualmente aplicable a otros lugares. Estamos en el tiempo de la tóxica “corrección política”, del abuso de los eufemismos, del pensamiento débil (“light”, dicen algunos), el tiempo de un empleo del lenguaje del que ha sido responsable y alentadora buena parte de la izquierda mundial más dogmática y mojigata.

Si nos fijamos en nuestro país, y sin ningún ánimo exhaustivo, pueden traerse a colación multitud de ejemplos. Hubo un tiempo no muy lejano en el que el presidente Rodríguez Zapatero huía como de la peste de la palabra “crisis” para hablar de “recesión”. El Gobierno actual no hace recortes, no, por favor, solo hace “ajustes” o “reajustes”. El “copago” no es, en realidad, más que un “repago”. Leo hoy en la prensa que el Gobierno de Castilla-La Mancha, presidido por María Dolores de Cospedal, prohíbe la utilización de la palabra “desahucio”, sustituyéndola por términos menos duros y no hay que olvidar que en el reciente “Debate sobre el estado de la Nación” el presidente Rajoy –sabiendo que en el principio era el verbo– evitó, con circunloquios, referirse al “innombrable” Bárcenas. La clave en muchas ocasiones consiste en introducir un término extranjero –por lo común, un anglicismo– en lugar del correspondiente en español o en complicar lo simple –por ejemplo, “visualizar” en lugar de algo tan sencillo como “ver” (además, no son términos que signifiquen lo mismo)–. El uso forzado y excesivo del femenino y de sustantivos que eluden pronunciarse sobre el género (“alumnado”, “ciudadanía”) puede acabar dando lugar a un discurso difícilmente comprensible y lleno de anacolutos. Los eufemismos y las siglas son otro recurso: en lugar de decir que a uno lo han puesto en la puñetera calle puede decirse que se ha hecho un “expediente de regulación de empleo”. Creo que esta es mi expresión preferida, a mitad de camino entre lo inane y lo obsceno; una expresión que no significa absolutamente nada. Aunque todavía más profiláctico es decir “ERE” y quedarse tan ancho.

No es casualidad que fuera George Orwell –el autor de obras como “Rebelión en la granja” o “1984”, dos alegatos contra el totalitarismo; el hombre que, tras luchar en la Guerra Civil española, acabó abominando tanto del fascismo, como del estalinismo– quien escribiera, en los mismos años que sus dos obras citadas, un pequeño ensayo titulado “La política y la lengua inglesa”: una denuncia de las prácticas que se han comentado y de la falta de originalidad en la utilización del lenguaje.

También en las democracias –e, incluso, con mayor motivo– debemos permanecer alertas ante este tipo de comportamientos para preservar nuestra libertad. Un buen uso del lenguaje es garantía de un buen ejercicio de la democracia y, en definitiva, de la existencia de mejores ciudadanos.