Nacional

Enrique Barón: "Me gustaría que la UE invirtiera más en los jóvenes y menos en vacas"

Entrevista al ex ministro socialista y Premio Gaziel de Biografías 2012

Domingo 10 de marzo de 2013
A escasas horas de recibir el Premio Gaziel de Biografías y Memorias 2012 gracias a su último libro, 'Más Europa, ¡unida!', Enrique Barón, ex ministro en la etapa de Felipe González, recibe a EL IMPARCIAL para mantener una amena charla sobre el futuro del Viejo Continente, inmerso en la peor crisis económica de los últimos 70 años, del turbulento presente del PSOE, con el PSC amenazando con la escisión, y de la actualidad de España.

Durante muchos años, usted contribuyó de manera notable al proceso de construcción comunitario. Sin embargo, ese proceso se ha visto erosionado por la actual coyuntura económica y por las diferencias entre varios estados miembro. ¿Podemos estar ante la mayor crisis de identidad de la Unión Europea?
Creo que estamos en una crisis de crecimiento. En primer lugar, estamos haciendo algo que no tiene precedentes en la historia de Europa y del Mundo: estados que han sido enemigos durante siglos ahora se unen en un proyecto común, compartiendo destino y afirmando una comunidad sobre la base de valores similares. Para esto no hay ni manuales ni precedentes que copiar.

Por otro lado, cuando dimos el paso de crear la Unión Europea tras la caída del muro de Berlín y el final de la Guerra Fría y yo era el presidente del Parlamento Europeo, por lo que me tocó vivirlo muy de cerca, no estaban los planos acabados, porque esto sigue en construcción y vivimos a pie de la misma obra. Por tanto, yo lo que creo es que estamos llegando a la crisis de la madurez europea.

¿Y esta situación de conflictividad política entre estados puede derivar en una Unión Europea de dos velocidades con el norte y el sur por separado?
Europa la hemos construido a partir de muchas velocidades diferentes. Cuando empezamos, cada país tenía su estatus particular y el problema residía en cómo acompasarlos a todos y que camináramos juntos. Es verdad que en los 90, cuando decidimos poner en marcha la unión política y monetaria, había estados más preparados para ello, y siempre se mencionaba a Alemania y luego, por otro lado, los países del Mediterráneo, lo que impulsó el cambio de cultura financiera y política en países como España o Italia, donde la gente dio el visto bueno a un impuesto sobre las cuentas corrientes para entrar en el euro.

Curiosamente, el país que parecía más virtuoso, Alemania, fue el primero que se salió junto con Francia de las reglas que entre todos habíamos establecido, el Pacto de Estabilidad en 2003. Ahora de lo que se trata es de que, habiendo logrado el éxito del euro, la segunda moneda mundial, tenemos que ser consecuentes y dar el paso hacia una unión económica mucho más fuerte y, sobre todo, hacia una unión política, porque no olvidemos que tenemos una ciudadanía compartida.

Sin embargo, el aspecto económico ha ensombrecido al capital humano de la Unión Europea a lo largo de estos años...
Sí, lo que pasa es que la clave reside en hacer ambas cosas al mismo tiempo y, como es normal, no es nada fácil. En este momento, los europeos, después de celebrar el 50 aniversario del Tratado de Roma y de recibir el Premio Nobel de la Paz, somos 500 millones y representamos el 7 por ciento de la humanidad, seguimos siendo la primera potencia comercial y económica del mundo, con algo más del 20 por ciento del Producto Interior Bruto, y somos la mitad del gasto social de todo el planeta.

De este modo, o defendemos lo que es nuestro y lo que hemos conseguido o tenemos que plegarnos a lo que digan y planteen los demás. Ahora mismo, el mayor desafío al que se enfrenta el presidente Barak Obama es lograr que la cobertura médica llegue al 90 por ciento de la población de Estados Unidos, algo que en Europa nos sorprende y lo damos por sentado como derecho de cualquier ciudadano gracias a nuestro sistema sanitario público.

En este sentido, en una reunión reciente que mantuve en China, me decían que no somos conscientes de lo popular que es el modelo social europeo. Tenemos que tratar de defender lo nuestro y que los de enfrente, en Asia y en América, se parezcan cada vez más a nosotros en una versión adaptada y actualizada.

Pero el modelo social que apunta está viviendo serios ajustes. Sin ir más lejos, el programa Erasmus al que usted ha estado vinculado durante muchos años...
De confirmarse esta decisión me parecería un error grave. Antes como diputado y después desde las instancias europeas siempre he apoyado el Erasmus por su enorme valía social. Por decirlo de una manera gráfica, creo que es mucho más rentable, y me gustaría que así lo viera la Unión Europea, invertir en cerebros jóvenes que en vacas, y ésa es una opción presupuestaria que debe ser sometida a la gente.

Erasmus es uno de los mayores éxitos de la historia de Europa y precisamente en un momento en el que el esfuerzo educativo que están haciendo países como India, Brasil, China o México nos obliga a defender a nuestra juventud. Todo lo que convirtamos en educación es una inversión de futuro.



Usted vivió la caída del muro de Berlín, uno de los episodios de mayor relevancia de la historia moderna de Europa, desde la Presidencia del Parlamento Europeo. ¿Cómo fue esa experiencia?
Yo siempre digo que 1989 fue un 'annus mirabilis' por la caída del muro, las primeras elecciones libres en Polonia y la revolución estudiantil de la plaza de Tiananmen. Entonces había dos Europas, porque una cicatriz recorría el continente de norte a sur, desde el Báltico hasta el Mediterráneo.

Fue Hungría la que abrió un telón de acero que estaba ya corroído. Pensábamos que esto, sobre todo el asunto de la unidad alemana, podía resolverse en 15 o 20 años, pero nos encontramos que sucedió en apenas unos meses y no dábamos crédito.

Ya en clave nacional, usted también fue, durante muchos años, miembro de la Comisión Constitucional. ¿Cree necesaria una reforma del modelo territorial del Estado en el sentido federal que algunos socialistas defienden?
Uno de los puntos que abordo en el libro es que el socialismo, durante los años de la Transición, vivió una transformación desde una postura más jacobina a una más federal. Entonces, el PSOE planteó un modelo territorial en este sentido que no cuajó porque no contaba con el apoyo de UCD y mucho menos con el de AP.

Por tanto, la vía que se abrió fue la autonómica, que no deja de ser una especie de federación y que ha funcionado bien durante 30 años, pero necesita una adaptación y una mejora.

Cuando era diputado, nunca creí que al redactar la Constitución de 1978 habíamos creado las tablas de la ley que no se podían tocar nunca, sobre todo porque había muchas cosas que dejamos esbozadas, como el Título octavo. Era una apuesta de futuro que no quedó cerrada en su día. Eso sí, no entiendo la sacralización del texto constitucional, algo absurdo, porque ni antes era maravillosa y perfecta ni ahora tiene que ser tirada a la basura.

Hemos conseguido un sistema válido de paz entre los españoles después de casi dos siglos de una gran inestabilidad nacional. Todo lo que tiene que ver con los derechos humanos y las libertades individuales sigue vigente y no se debe tocar, pero lo demás, sin caer en lo que algunos llaman una segunda Transición, puede ser revisado desde una perspectiva madura y serena, nada de en cinco minutos, con nocturnidad y alevosía.

Sin dejar el federalismo, ¿cómo percibe el pulso que mantienen PSC y PSOE?
Yo contribuí a ello, y lo cuento en el libro. En su día, la unión entre el PSC y el PSOE fue buena para el país porque supuso la vertebración de la izquierda reformista de una manera muy seria. No hay que olvidar que en la República el movimiento mayoritario de izquierdas en Cataluña era el anarquismo.

Evidentemente, hay diferencias entre Madrid y Barcelona en torno a un debate un tanto romántico, pero, aunque no tengo dotes proféticas, no creo que el socialismo vaya a estar representado por dos siglas diferentes en Cataluña en el futuro.

Al final del libro también aborda la importante proyección exterior de nuestro país. ¿Cómo se nos percibe desde fuera en un momento tan complicado para España?
Humildemente, yo propuse cuando estuve en la cartera de Turismo una 'Marca España' que todavía funciona después de más de veinte años y estructurada alrededor del famoso logotipo de Miró.

En este momento, es cierto que no estamos como en los años 80, cuando se nos veía con ganas, con fuerza y con capacidad. Ahora no tenemos la rémora del terrorismo, pero sí un problema importante de desempleo, que es algo que sorprende mucho en el extranjero. Hemos perdido peso en Europa y tenemos que recuperar terreno.

Con España sobrevuela el interrogante, en especial en Francia, de por qué si éramos un país de gran dinámica hemos caído en la situación en la que estamos. Eso sí, se nos sigue teniendo en cuenta y debemos centrarnos en mejorar la imagen lo antes posible, todo lo que hagamos para demostrar que no somos un país lleno de desempleados y corruptos será bueno, aunque esto no se conseguirá de la noche a la mañana, nos va a costar mucho esfuerzo y mucho tiempo.

¿Y no cree que es el momento idóneo para cambiar a mejor esa imagen tan española del ladrillo y el turismo?
He de decir que defiendo la imagen turística de España por encima de todo. Creo que el turismo es la industria de la paz y cuenta con un gran desarrollo tecnológico y con una gran capacidad de creación de empleo.

Sigue valiendo la opción del famoso "Sol y playa" que tanto nos identifica y que es lo que la gente quiere, porque los que nos visitan, en su mayoría, no vienen a leer el Quijote o a ver teatro clásico. Vienen a Benidorm o a la Playa del Inglés, a sitios donde se les trate bien, estén cómodos y no les cobren demasiado. Esos son los millones que llegan, que necesitamos y es una crítica que no acabo de entender.

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'Más Europa, ¡unida!'
Por Enrique Barón
Editorial RBA
ISBN: 978-84-9006-524-2
400 páginas

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