José Varela Ortega | Lunes 28 de abril de 2008
En términos generales, el debate de investidura del Presidente del Gobierno español ha estado revestido por formas contenidas y ritualizadas al servicio de un fondo domesticado y predecible. La excepción más interesante ha estado en la animada discusión entre Rosa Díez y el candidato a la Presidencia del Gobierno. La diputada de Unión Progreso y Democracia formuló, en un discurso preciso y contundente, las que van a ser las líneas maestras vertebradoras de su oposición: una España democrática y de izquierda pero sin complejos ni hipotecas nacionalistas. Como puede esperarse en un partido de centro-izquierda, Rosa Díez articuló un discurso en relación al ideal de igualdad y basado en el principio de soberanía de todos los ciudadanos libres e iguales -en suma, las banderas tradicionales de la izquierda española, abandonadas hoy por Zapatero. Rosa insistió, sobre todo, en la recuperación de un Estado canibalizado por los nacionalistas, aportando ejemplos demoledores en cuanto a remuneraciones y prestaciones desiguales entre las diferentes administraciones y denunciando el problema de la educación torcida, sesgada y autoritaria que se imparte por algunas administraciones nacionalistas, empeñadas en una campaña de “limpieza ligüística” que han logrado la hazaña de que resulte más fácil escolarizar a un niño en español en Londres o Bruselas que en Barcelona. En definitiva -y con independencia de la corrección en las formas- un discurso incómodo para el señor Zapatero que acusó el castigo, dedicándole a nuestra diputada de izquierda una réplica extensa, en que las buenas formas del Presidente apenas pudieron ocultar las vergüenzas de la arrogancia y el resentimiento. Esto último es, claro, materia opinable. Sin embargo, lo que sigue a continuación es un análisis verificable y basado en las alegres y sorprendentes afirmaciones del señor Zapatero.
Nuestro reelegido Presidente se permitió perdonar la vida intelectual de Rosa Díez con una alusión despectiva a la falta de fundamentos teóricos de la diputada de UPyD quien, según él, habría confundido igualdad y centralización. En realidad, Zapatero inventó una figura retórica para la ocasión, al objeto de asaetar mejor a su contrincante porque lo cierto es que Rosa nunca identificó ambos conceptos. De hecho, la diputada mencionó elogiosa y favorablemente nuestro Estado de las Autonomías en repetidas ocasiones. Pero poco importa. Lo divertido aquí es que la tramposa artimaña dialéctica de Zapatero pone en evidencia su considerable ignorancia de un corpus doctrinario que alguien que se dice socialista debería conocer: la literatura de izquierda que relaciona centralización e igualdad discurre a lo largo de casi dos siglos de historia intelectual europea.
En España -y en concreto- la inteligencia de que el instrumental administrativo contra las secuelas del Antiguo Régimen y el caciquismo localista se nutría de la armería centralizadora recorrió, desde los albores de nuestro régimen constitucional, las filas de la izquierda desde liberales a socialistas -pasando por progresistas y republicanos. Sería bueno que algún correligionario compasivo le diera a leer a nuestro Presidente textos al respecto de Muñoz Torrero y Capmany, Balaguer y Prim (catalanes de pro los tres últimos), Azaña y Prieto, entre otros. Ni que decir tiene que un sistema político descentralizado es perfectamente compatible con políticas de igualdad. Ahora bien, convendría que nuestro Presidente aprendiera algunas cosas elementales al respecto: en primer lugar, que los sistemas federalizados surgieron para unir lo diverso que no para separar lo semejante (término, por cierto, que está en el cimiento filosófico de cualquier proyecto progresista desde la Ilustración); en segundo lugar, que las federaciones se fundamentan en la lealtad constitucional enhebrada con pactos de Estado; y, por último, que los acuerdos se formulan y conciertan para respetarlos, que no para manipularlos como pértigas para cubrir etapas de secesión. Por fin, que alguien nos evite el sofoco, explicándole al señor Zapatero, cuya experiencia internacional es microscópica, que -contrariamente a lo que él cree- un estudiante de secundaria alemán, o uno norteamericano, aprenden casi la misma historia, ya sea en Lindau o Bremen, vivan entre Orlando y Seattle. Y de paso, que le cuenten también que, en Suiza, sería tan impensable y escandaloso que en Basilea se multara a un comerciante por rotular en francés, como que en Lausanne se penalizara a alguien por hacer lo propio en alemán o italiano. En este sentido, a cualquier persona sensata y civilizada se le alcanza que se puede -y se debe- conservar y potenciar el catalán y el vascuence, garantizando así mismo el derecho que los ciudadanos vascos y catalanes tienen de utilizar en las escuelas y en los negocios el idioma que les venga en gana. Y ese derecho tan elemental -cuya conculcación a todos ofende, amen de lesionar intereses de un segmento de población muy considerable- es precisamente lo que el Gobierno social-nacionalista de Zapatero no garantiza a catalanes y vascos.
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