El Real Madrid ha sobrevivido a la semana más complicada de la temporada. El equipo capitalino ha tumbado al Barça dos veces y ha remontado su eliminatoria europea en Old Trafford cuando la exigencia era máxima. La renqueante trayectoria liguera de los pupilos de Mourinho y la supuesta desconexión de parte del vestuario con su entrenador y, por ende, con la propuesta de supeditar el brillo individual al esfuerzo en pos del colectivo desaparecieron para dejar hueco a la resurrección del actual campeón de Liga. El Imparcial analiza la evolución del club madrileño, la receta de su metamorfosis.
“Son pocas las cabezas comprometidas y concentradas en que el fútbol es lo prioritario y el problema es la imagen de mi equipo, sin concentración y sin disponibilidad mental para sufrir”, decía
Jose Mourinho tras observar, impasible en una suerte de hieratismo de protesta, cómo sus jugadores derrochaban pasividad ante el Sánchez Pizjuán y perdían tres de los puntos que han socavado las opciones ligueras del Real Madrid. Ya en septiembre, en la cuarta jornada del campeonato de la regularidad, el técnico luso conocía los males que iban a aquejar a su vestuario: la
desconexión ante rivales de menor entidad resultaba, ya en el arranque de la temporada,
flagrante.
Cinco meses después, regresaba la Champions League -esta vez en su decisiva fase eliminatoria- y con ella Mou volvía a la sala de prensa del estadio Santiago Bernabéu. El portugués, sabedor del
timing emocional de un grupo de jugadores que han ganado todo en este deporte, lanzaba el diagnóstico del
totum revolutum en que se había convertido su vestuario y, al tiempo, marcaba el camino a seguir en las cuatro semanas que decidirían la temporada y, por ende, erosionarían aún más la imagen de su equipo o relanzarían la autoestima colectiva.
“Nos falta hambre cuando jugamos contra los equipos pequeños, por eso hemos perdido tantos puntos y, siguiendo esa lógica, mañana -frente al Manchester United, en el partido de ida del cruce-
deberíamos competir con garantías contra un gran rival porque este es uno de los partidos fáciles de jugar para un equipo grande”, explicó con tono resignado antes de saludar a
Alex Ferguson en los pasillos del Bernabéu.
Al día siguiente, el
Real Madrid sacudió a un firme United, convirtiendo a David De Gea en la estrella del partido. La primera batalla se saldó con empate a uno, pero la imagen plomiza, apagada y decepcionante de la Liga dejó paso a la actitud competitiva en una cita de la máxima exigencia.
La segunda aparición de Mourinho en sala de prensa en meses llegó en la previa del partido de vuelta de las semifinales de la Copa del Rey. Los capitalinos tenían que remontar en el temible Camp Nou el mal resultado cosechado en Chamartín. La hoja de ruta repitió guión: “
Prefiero partidos de esta dificultad a otros sin tensión, por eso le digo que estamos listos para jugar y queremos que lleguen rápido estos partidos y el de Manchester”.La fórmula de la metamorfosis adquiría forma con el trabajo táctico -escondido con celo a los ojos de miradas extrañas, como es costumbre en Valdebebas- y el dogma verbalizado por Mourinho en sus escasas y estratégicas apariciones ante el foco mediático. Y
los resultados, inexorablemente,
han fortalecido el esquema de trabajo merengue. El Real Madrid tumbó a su máximo rival con el mejor partido que se recuerda en el coliseo catalán, primero, y con una
exhibición de orden y brega -rotaciones incluidas- en el paseo de la Castellana, rompiendo cuatro años de sonrojo madridista ante el Barça en el Bernabéu. Clasificado para la final de Copa y con el
golpe moral de derrotar dos veces en una semana al enemigo fiel, Cristiano Ronaldo y sus compañeros salieron indemnes de la batalla de Old Trafford para sellar su pase a los cuartos de final de la Copa de Europa con más pragmatismo que brillo -aliñado con una polémica arbitral de repercusión continental-.
¿Cuál es la esencia de la resurrección del Real Madrid en el mes más complicado del calendario 2012-2013? ¿Qué ha cambiado en el desempeño del equipo?El balance del primer tercio de la temporada actual en lo relativo al rendimiento del club madrileño queda marcado por el deficiente desempeño en el torneo nacional por excelencia y los apuros con los que se superó la fase de grupos tras aferrarse al segundo puesto que facilitó el enésimo descalabro europeo del Manchester City.
El núcleo común del inesperado chorreo de puntos abandonados en plazas más o menos propicias fue el olvido de la intensidad defensiva colectiva e individual. La receta que convirtió al Madrid en el mejor campeón de la historia de la Liga sufrió la defenestración por parte de algunos integrantes del vestuario que, al tiempo que bajaban los brazos en el terreno de juego cuando no acompañaba el acierto ofensivo,
retiraban su fe en el nivel de exigencia de Mourinho.Alfredo di Stéfano, presidente de honor del club, describió esta semana el aderezo que el entorno merengue añadió a la renqueante travesía de entrenador y jugadores -en ocasiones al unísono y en ocasiones en paralelo-. “
La prensa quiere echar a Mourinho, pero los dirigentes y los aficionados lo respaldan”, avanzaba la Saeta Rubia para profundizar en la pimienta posteriormente:
"Lo que pasa es que a la prensa Mourinho le molesta, a lo mejor porque no es simpático".La palpable
desconexión de cierta proporción de la plantilla con Mourinho se ha reconducido por el lógico bien del conjunto.
Los egos y caprichos individuales han cedido terreno ante el bien común y, con esta actitud aprehendida por parte de todos - aludiendo al sentido profesional de la misma- la varita del técnico luso vuelve a funcionar con maestría.
La
intensidad defensiva ha regresado a los partidos del Real Madrid en el momento más importante, y es probable que, como anunciara “Mou”,
solo aparezca cuando el rival y el escenario representen un desafío. Ha vuelto al desempeño del equipo capitalino acompañado de la
solidaridad de esfuerzos y de un pico de forma física. De este modo, los actuales campeones de Liga han tumbado al Barça y al Manchester con un
despliegue eficiente, equilibrado y competitivo, que
resta importancia a una coyuntural sequía goleadora de los atacantes o una circunstancial pérdida de la fluidez creativa en la elaboración de juego. El equipo se ha compactado sobre el césped, como consecuencia lógica del crecimiento de la
implicación por el colectivo, y, por ello,
el bloque ya no se parte, los espacios entre los delanteros indolentes ante la posesión del rival y los desbordados mediocentros han desaparecido. Además, fruto de la concentración individual en pos del objetivo común, los errores puntuales en las jugadas a balón parado se han reducido al mínimo y el fichaje de urgencia de
Diego López ha cuajado como solo algunos esperaban.
El Madrid ha renacido de sus cenizas en la semana clave de la temporada. La brisa de quien se tambalea en el borde de un precipicio ha activado los automatismos colectivos y la sensibilidad hacia lo común, aparcando, por el momento, el huracán erosivo que ha sacudido al vestuario madridista. “
Nos falta hambre cuando jugamos contra los equipos pequeños, y, siguiendo esa lógica, deberíamos competir con garantías contra un equipo grande”, vaticinó
Mourinho, sabedor del cambio de actitud de sus pupilos. La confianza que desprendía el entrenador portugués en los instantes de máxima tensión se comprende ahora.
Ya había experimentado la metamorfosis de su equipo en los entrenamientos y era solo cuestión del calendario que la inercia pírrica liguera se hiciera añicos.