RESEÑA
Domingo 10 de marzo de 2013
Vicente Haya (compilador): La inocencia del haiku. Traducción y prólogo de Vicente Haya. Edición bilingüe. Vaso Roto. Madrid, 2012. 211 páginas. 26 €
La lectura de La inocencia del haiku no ha dejado de recordarme otra obra escrita que leí hace algunos años titulada No he visto mariposas por aquí(El Museo Judío de Praga, 1996). Aquella consistía en una recopilación de poemas y dibujos de niños judíos durante su cautiverio en los campos de concentración nazis; esta consiste en una compilación de haikus escritos por niños japoneses menores de doce años. Aunque las circunstancias de la escritura sean muy diferentes, el resultado se parece: inocencia, libertad, inmediatez y falta de artificio. En el caso del libro compilado por Vicente Haya el tono se hace menos dramático (como es lógico) y más condensado (debido a la limitación formal); pero la manera de percibir el entorno más inmediato, se asemeja.
En el prólogo a La inocencia del haiku señala Haya, experto en niponología, que solo los verdaderos poetas y los niños perciben el mundo de esa manera: sin artificialidad y con sencillez. Haya se refiere para ilustrarlo al siguiente haiku: “Las hormigas en fila/ suben por una hoja de hierba…/ y enseguida bajan”. Justo al terminar de leer ese pequeño poema, me vino a la memoria un haiku escrito por Jack Kerouac hace más de medio siglo: “El pequeño gusano/ se baja del tejado/ con el hilo que caga”. Esa equiparación entre la escritura de un niño y la de un autor reconocido no deja plantear enigmas. Si unos muchachitos japoneses son capaces de escribir poemas breves tan brillantes como los de los grandes maestros del género, ¿por qué unos gozan de un estatus y otros no? Quizá porque el estatus de autor y el reconocimiento es algo creado por los adultos. Vicente Haya deja planteada esa cuestión de manera inteligente en su prólogo al sugerir que en las obras de los grandes artistas (Picasso en el Guernika y Munch en El grito, por ejemplo) pervive “algo de la inocencia que tuvieron de niños”. No podemos adentrarnos en esa pregunta, pero la lectura de esta compilación desde ese punto de vista resulta más que sugerente.
Si el lector lo desea puede buscar su propia respuesta en La inocencia del haiku y cotejar su experiencia lectora después con alguna de las excelentes antologías de clásicos del género editadas en nuestro país. En ese sentido, una de las mejores es El espacio interior del haiku, realizada también por Vicente Haya. En esta, junto a los maestros del género (Santoka, Issa, Basho, etc.), se incluyen tres de los poemas escritos por niños que aquí aparecen con sus respectivos comentarios y explicaciones. El espacio interior del haiku constituye una perfecta base para iniciarse en este género. Señalo esta obra porque al hablar de haikus en España (me refiero a estos últimos años) muchos lectores tienen en la cabeza el trabajo que llevó a cabo Mario Benedetti en Rincón de haikus I y II. La sencilla introducción de Benedetti que precedía a su ejercicio no dejaba de ser valiosa como primera aproximación al género, pero su práctica posterior en los poemas desdibujaba casi por completo la idea de haiku (aunque se ajustase al paradigma silábico 5-7-5).
Quienes tengan un verdadero interés en ese asunto, tras esta obra de Vicente Haya, pueden completarlo con los trabajos de Rodríguez Izquierdo (El haiku japonés), Aullón de Haro (El haiku en España) o la enorme bibliografía que el propio compilador de La inocencia del haiku tiene publicada en nuestro país. La frescura de este libro, editado por Vaso Roto, me ha sorprendido tanto como Poeta de la pasión de Akiko Yosano, Aniversario de la ensalada de Tawara Bata o Hacia Kunlun de Rachid Lamarti (recién publicado).
Del cerca del centenar de brillantes haikus que han llamado mi atención en La inocencia del haiku, me quedaría con el siguiente: “El camino/ que recorrió el caracol/ está brillando”. Este poema, escrito por un niño de seis años, recoge el espíritu y las virtudes de la obra. El camino que brilla es su contenido; el caracol que lo traza es su compilador.
Por Óscar Curieses