Domingo 10 de marzo de 2013
El Caixaforum de Madrid recoge estos días una interesante exposición llamada “Maestros del caos. Artistas y chamanes”. Recomendada por mi amigo Frank Rubio, maestro de chamanes nocturnos, me paseé por ella buscando a alguno de los protagonistas del caos español actual, pero no vi ni uno. Es cierto que la muestra ocurre en terreno financiero/cultural catalán, y que los catalanes son un factor importante de ese caos nacional y nacionalista último pero, aparte de ese detalle, en la exposición había mucho artista, mucho chamán, mucha algarabía y éxtasis carnavalesco, pero ningún economista, político o estadista español. Ni siquiera en forma de máscara. O enmascarado.
El supuesto teórico de la muestra es el siguiente: el ser humano necesita de vez en cuando del caos para sobrevivir. En principio, parece razonable estar de acuerdo con tal idea. Lo que pasa es que sus implicaciones son un tanto extrañas y extremas: si el hombre necesita del caos de forma extraordinaria será porque de forma ordinaria no vive en él, sino en el orden. Por tanto, para el Caixaforum, el ser humano es un ente ordenado con tendencias pasajeras hacia el desorden. Esas necesidades se las cubriría fundamentalmente la magia, el arte y sus ritos. Este esquema parece razonable, hasta que nos damos cuenta de que los artistas o los chamanes poco desorden o caos nos proporcionan hoy en día. Ni siquiera los carnavales reglados por los ayuntamientos parecen proporcionarnos dosis significativas de desorden extático. Más bien, el caos nos viene de los bancos, los políticos y los cabezas de estado. ¿Son ellos, por consiguiente, los nuevos artistas y chamanes?
La labor del artista siempre ha estado relacionada con la magia y el éxtasis. Para Voltaire, la magia tiene que ver con la observación parcial de un hecho natural. Un artista tiene una invención, y el común de los mortales se pregunta cómo se le habrá ocurrido algo semejante. Respuesta: la inspiración divina. ¿Tiene que ver esta inspiración con una visión parcial de un hecho natural? Algo similar ocurre con el chamán. Digamos que unos y otros, artistas y chamanes, son capaces, gracias al contacto con los dioses, de producir un caos que nos lleva al éxtasis, al contacto con el mundo celestial. ¿Tienen entonces los políticos, los banqueros y los estadistas españoles actuales tal capacidad? ¿La tienen los catalanes?
Yo tenía un amigo que, cuando estábamos en una fiesta en Madrid en verano, en algún jardín, terraza o ático, si pasaba un helicóptero por encima siempre decía: “Mirad, ahí va le Roy”, pronunciado “le Rua”, a la francesa, no a lo “Leroy Marlin”. Era su broma. Cuando le preguntábamos, abundaba: “Que os digo yo que es “le Rua”, que lo llevan a ver a su querida”. Siempre estaba con esa cantinela, “le Rua”, sus queridas distribuidas por la geografía madrileña y sus saltadas de atascos. Quizá influía que este amigo era un antropólogo que algunos sabíamos que colaboraba, o había colaborado, con el CNI. “Qué os creéis”, decía, “¿Que le Rua se va a chupar los atascos, como el resto? Los dioses vuelan”. Cuando dos horas después otro helicóptero, o el mismo, pasaba en dirección contraria repetía: “Ahí va, de vuelta, Le Rua”. En su mente, Le Rua era un pasajero eterno de helicópteros que iban de reuniones a cenas, de cenas a casas de queridas, de casas de queridas a tálamos pre o post nupciales. Y casi siempre algo bebido, surcando como una libélula esos impresionantes cielos velazqueños del atardecer de Madrid.
Según este amigo, la conexión celestial del rey estaba clara, ¿pero y la de políticos, banqueros y economistas? ¿De dónde les vienen sus poderes chamánicos y artísticos para sembrar el caos? ¿De la inspiración divina? ¿De su tendencia a usar también aparatos que vuelan en sus desplazamientos? Todos sabemos que Rajoy y Aguirre se cayeron juntos en un helicóptero. Quizá fue un abandono temporal de la inspiración divina. E ignoro si Artur Mas, aunque sea con pseudónimo, se pasea en helicóptero, de tálamo en tálamo y de reunión en reunión, por los cielos del suave y mediterráneo atardecer barcelonés. O si Villar Mir, ascendido a un marquesado postmoderno, se pasea en helicóptero entre sus torres fantaseando con una Gotham en la que Batman viste de blanco con el escudo del Real Madrid sobre el pezón izquierdo. Pero esto es solo una suposición.
Caos, ¿de dónde viene esta última capacidad de los políticos y figuras públicas españolas para el caos? Si el contacto divino a través de los helicópteros no funciona entre ellos, si la inspiración divina es otra cosa que ni Damien Hirst tiene ya (según Vargas Llosa), ¿cómo explicar el caos y el desorden español?
Quizá la conexión oriental sea lo que nos salve. Un grupo chino acaba de anunciar la creación de una megaciudad financiera en Madrid. Es un proyecto extraño, pero más plausible que el chabacano “Las Vegas city”. la conexión sinoespañola tiene visos de funcionar en el futuro. Desechadas Inglaterra –tomada por hindúes, jeques árabes y semimafiosos rusos--, Francia –la banlieue y sus problemas polariza el imperialismo napoleónico— y Holanda y Alemania –por razones algo o muy arias--, quedan Madrid y Roma. Y Roma tiene ya el vaticano. ¿Por qué no va a tener España a los chinos?
Toda esta extraña disquisición que comienza en el caos, pasa por los dioses y los políticos españoles y acaba en los chinos, acepta aún otra interpretación. Una interpretación nada Caixaforum: si la exposición se hace bajo el supuesto de que el ser humano vive en el orden y necesita excepcionalmente el desorden, cabe preguntarse si lo contrario no será lo verdadero. Quizá el ser humano viva en realidad en el desorden y lo que necesite de vez en cuando sea el orden. Frente a la visión occidental romántica, la visión taoísta y confuciana. ¡De nuevo los chinos! Quizá, como defienden ellos, el ser humano viva en el caos, y lo que necesite temporalmente sean ritos y manifestaciones que lo ordenen, lo pongan en contacto temporal con el mundo armónico celestial. Quizá, después de todo, el caos y la corrupción de las instituciones españolas actuales sea el estado normal y lo que necesitemos sean ritos nuevos que nos ordenen y nos pongan en contacto con esa utopía armónica a lo que no debemos renunciar. Aunque pase por China.