Opinión

¿Por qué muere tanta gente famosa?

Guillermo Ortiz | Lunes 11 de marzo de 2013
Cada mañana trae un sobresalto. Abran el periódico y sorpréndanse ante el último político, actor, músico, fotógrafo, intelectual o arquitecto que acaba de fallecer a una temprana o tardía edad. El pensamiento habitual en ese momento es maravillarse ante la cantidad de gente que muere últimamente, por qué hay tantos decesos de repente, a qué viene esta última racha que no acaba porque siempre se suma un nuevo miembro al club de fallecidos ilustres de la semana, el mes, el año…

Yo mismo me he hecho esa pregunta varias veces y, puesto que se supone que la esperanza de vida sigue subiendo en todo el mundo solo me queda llegar a una conclusión: ahora mismo hay más famosos que nunca. Jamás en la historia de la humanidad un individuo cualquiera podía llegar a conocer a tanta gente. Los medios de comunicación y la aparición reciente de Internet multiplican una posibilidad que antes estaba reservada a unos pocos y el hecho de que lo lleven haciendo masivamente durante 50 años, supone una acumulación impresionante de gente que conocemos de una manera u otra.

En nuestra infancia podíamos ver, por ejemplo, a Farrah Fawcett en una serie de televisión y llegábamos a cada rincón de su intimidad mediante entrevistas, reportajes, biografías… de manera que si muere 30 años después, aunque no la hayamos vuelto a ver, sigue siendo una presencia en nuestra vida que recordamos. Y a partir de Fawcett, todo actor o actriz o director o presentador con el que hayamos compartido una película, una serie o un programa puntual en este tiempo.

No es solo cosa de la industria del espectáculo, el hecho de que el mundo se haya hecho tan pequeño, algo que ya anunciaba con espanto Ortega y Gasset hace casi un siglo, provoca que muera Eugenio Trías e inmediatamente ese nombre le suene a un montón de gente que probablemente no haya leído jamás un libro suyo ni haya asistido a ninguno de sus cursos o conferencias. Lo que sería un nombre para elegidos se convierte en parte de la cultura de masas por sus artículos en periódicos de tirada nacional, su obituario en telediarios o el recuerdo de algún famoso comunicador en un famoso programa de televisión.

Se ha perdido el anonimato, en definitiva, algo que ya veníamos intuyendo pero que no se ve más claro que cuando se produce la muerte de alguien y decimos “¡pero cómo es posible!” igual que si nos informaran del fallecimiento de un vecino, un amigo o un familiar más o menos lejano. El mundo se está convirtiendo en una gran familia de lazos difusos y no sé si eso es bueno o malo. Probablemente, las dos cosas. Acumulamos al día tantos impactos, tanta información, tantas caras, nombres, gestos, biografías… que debemos de estar muy cerca de la saturación.

El problema –o no- de esa saturación es que es acumulativa. Cada día que pasa hay diez “famosos” más que algún día morirán y nos sorprenderán y a la vez conocemos a diez “anónimos” más en cualquier red social que muy pronto dejarán de serlo porque formarán parte de nuestras conversaciones de ordenador, apoyando a nuestro mismo equipo de fútbol, festejando nuestro mismo grupo favorito o coincidiendo en que tal político es una desgracia.

Hace poco hubo una conmoción relativa en Twitter por la muerte de una tuitera insigne. Una muerte casi en directo porque Twitter es lo que tiene. Probablemente, nadie conociera en persona a esa chica, pero muchos participaron en el homenaje. La muerte ha dejado de ser algo privado porque la vida ha dejado de serlo. No es culpa de nadie más que de nosotros mismos, supongo. Incluso quien desaparece, quien hace como Salinger o Pynchon, por poner dos ejemplos, pasa al imaginario común precisamente por eso: desaparecer.

En cualquier caso, yo lo que quería era tranquilizarles, y mucho más si son “famosos”. No, no hay una plaga de muertes ni el mundo se ha hecho más peligroso. Solamente se ha hecho más pequeño. Infinitesimalmente pequeño. Peligrosamente pequeño.