Opinión

La obsesión de Houben

Lunes 11 de marzo de 2013
Nada más lejos de mi intención el tratar de emular en estas líneas al maestro González-Trevijano, constitucionalista de primer orden y hombre de vastos y variados saberes, como lo demuestra, entre otras, su formidable cultura pictórica, de la que semanalmente aprendemos los lectores de sus artículos en este diario. Viene a cuento la prevención inicial porque es mi propósito hoy cometer la osadía de hablar de pintura y de un pintor en concreto, aunque “el tema” solo sea quizás una excusa para hablar de otros temas.

Gilles Houben es un pintor belga que lleva cerca de cuarenta años dedicando su obra casi en exclusiva a un solo tema: las patatas fritas y, concretamente, los puestos de patatas fritas que pueblan las ciudades de su país. Devoto como soy de esta insuperable creación gastronómica, me resultó fascinante saber de la existencia de este artista y de su curioso y pertinaz interés.

Cuando se observan las obras de Houben dedicadas a plasmar esas freidurías de patatas llaman de inmediato la atención dos características casi contradictorias: por un lado, la personal sencillez de su pintura y, por otro, lo evocadora que esta resulta en cuanto a influencias. Pero esa contradicción, claro, es solo aparente, ya que detrás de lo que parece el pasatiempo de un venerable jubilado está el taller de un artista que ha sabido beber de variadas tradiciones e incorporarlas sin estridencias a su pintura. Quien se acerque a estos puestos callejeros encontrará sin esfuerzo el recuerdo del trazo de los impresionistas franceses. A veces, hay terrazas que parecen un “moulin de la galette” desierto, porque –salvo muy, muy contadas ocasiones– los cuadros de Houben nunca representan figuras humanas, concediendo así el papel central y único al verdadero protagonista: los puestos de patatas fritas. Esa ausencia de personas suele otorgar al conjunto –los lienzos que representan estaciones de tren ejemplifican esto a la perfección– una atmósfera cercana a la de los pintores metafísicos italianos, a de Chirico fundamentalmente, aunque también Houben nos hace pensar un poco en el tono y en el tratamiento de los objetos que hacía Giorgio Morandi. Muy evidente es, asimismo, la influencia de Edward Hopper: en el color, en las construcciones y estructuras y, en definitiva, en la transmisión de un hondo sentimiento de soledad. En ocasiones, Gilles Houben adopta un registro cercano a lo simbólico, que lo hace heredero de su compatriota René Magritte: los bombines y las nubes de Houben tienen un padre muy claro; pero también algunas arquitecturas. En estas obras que se alejan un tanto de la temática concreta de las freidurías, el cucurucho de patatas fritas puede ser el rostro de un retrato, pero también el pubis rubio de una mujer.

Lo que me admira de este pintor es su dedicación a un tema poco menos que en exclusiva, como un sacerdocio. Es cierto que Houben ha tratado otros asuntos –también ha trabajado mucho otra originalidad, como son los paisajes de los campos de golf y es asimismo escritor, poeta y fotógrafo–, pero su relativa fama le ha venido de la mano de los puestos de patatas fritas. También me sorprende la originalidad del tema elegido, la muestra de libertad que encierra: cuando uno elige pintar freidurías belgas, nadie le puede acusar de ser repetitivo por el hecho de crear decenas de ellas; el tema es tan original que nunca podrá ser reiterativo. Por lo demás, no puedo evitar el desconfiar de aquellos pintores, escritores o artistas en general que quieren “reinventarse” en cada trabajo y empezar de cero. La originalidad no está reñida con el empleo de una mirada personal que no puede cambiar cada mañana. Los creadores, por uno u otro medio, en realidad no hacen otra cosa que hablar de sí mismos y tratar de reconocerse y encontrarse. Un cucurucho rebosante de patatas fritas puede ser un compañero espléndido para comenzar la búsqueda.