Cristobal Villalobos Salas | Martes 12 de marzo de 2013
Tras el monolítico franquismo creímos ver a las dos Españas reconciliadas, perdón por el topicazo de siempre, pero acabamos por resucitarlas. La democracia consolidó una terrible dicotomía ideológica que nos convierte en una nación psicótica. Hoy, en pleno siglo XXI, no revelo nada nuevo si digo que los españolitos nos refugiamos mayoritariamente en dos bandos, algo que, por otra parte, no es nada nuevo en nuestra centenaria y olvidada historia.
Hay en nuestro país un ciudadano sectario, de corte totalitario, que rezuma un larvado odio contra todo aquel que no comparta sus ideas que, por otro lado, no suele tener muy claras: simplemente lo que digan y hagan los suyos, incluso a veces, en gran acto de contrición, reconociendo que algo no está del todo bien, es lo que hay que defender cueste lo que cueste. A muerte.
Ese ciudadano, que todo el mundo critica cuando piensa en el contrario es, aunque creamos minoritario, un bicho mayoritario que siega los cimientos de la convivencia nacional, alimentado por medios de comunicación y partidos que se rigen por sus intereses empresariales y políticos, sin tener en cuenta los nacionales de un conjunto que no se ve como tal.
El noble arte de la política, tan denostado en la actualidad, se ha visto rehén en los últimos tiempos de políticos que son unos auténticos sectarios, bien por convencimiento, por ser como esos ciudadanos antes descritos, o bien por interés, con ese rostro de acero con el que manipulan y usan a la opinión pública. Entre ellos, que tenemos que aguantar en los telediarios, y sus votantes, que nos agotan con sus peroratas en taxis y cafeterías, el español razonable, más minoritario de lo que cabría pensar, se harta y se aleja, cada día más, de la cosa pública, dejando en manos de irresponsables y/o necios los asuntos que debieran ser regidos entre todos.
Así, un poco por dejación de responsabilidades, y mucho porque no dejan otra opción, los españoles realmente preparados huyen de la política como de la peste. Nadie que tenga una profesión razonablemente remunerada y reconocida por la sociedad es capaz de zambullirse en ese lodazal amoral que es la política español y si algún valiente lo intenta, aún cuando ha sido un triunfador en su carrera profesional, será eliminado con facilidad por aquellos tiburones que, aún sin tener ningún mérito visible, se manejan en el navajeo orgánico como nadie. Les va la vida en ello.