Lunes 18 de marzo de 2013
El islamismo radical puede parecer a veces adormecido pero, en realidad, nunca descansa. Sus seguidores no pueden descansar al pensarse fanáticamente destinados a salvar al mundo, a los “infieles”, aunque sea a sangre y fuego, con su “guerra santa”. Y no se trata de alarmismo, sino de una realidad que de no tenerse en cuenta estalla de manera cruel y violenta en el momento más inesperado. No hace falta citar los atentados y masacres provocados por los yihadistas en los últimos años. Precisamente, hace pocos días se recordaba en España a las víctimas del brutal atentado del 11-M de 2004, que costó la vida a cerca de doscientas personas y causó más de mil ochocientos heridos.
Ir montando en Europa cuarteles de la yihad que consigan atrapar en el radicalismo a los musulmanes establecidos en diversos países del Viejo Continente es uno de sus objetivos prioritarios para formar a “soldados de Alá” que estén dispuestos incluso a la autoinmolación por la causa. Ante esta amenaza la mejor política es la prevención y no bajar la guardia, como acaba de hacer Alemania.
El país germano ha ilegalizado a tres asociaciones de salafistas yihadistas, pues difundían propaganda radical, fomentaban y apoyaban la violencia y hacían continuos llamamientos a la “guerra santa”. El ministro del Interior, Hans-Peter Friedrich, ha señalado que el salafismo, tal como era entendido por las asociaciones ilegalizadas, resulta incompatible con una sociedad libre y democrática, que ese islamismo radical pretende socavar.
Europa está legítimamente orgullosa de su ideario de acogida y tolerancia. Pero también debe tener muy claro que es inútil mostrarse condescendiente y tolerante con quienes son rabiosamente intolerantes, con quienes la pretensión de “diálogo” o “alianza de civilizaciones” es únicamente una quimera. Una peligrosa quimera.
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