Crímenes de lesa humanidad
Martes 19 de marzo de 2013
Treinta años después de gobernar Guatemala con mano de hierro y desatar uno de los conflictos más sangrientos de América Latina, el exdictador Efraín Ríos Montt se sienta en el banquillo para rendir cuentas por el genocidio de miles de indígenas durante su mandato.
El 23 de marzo de 1982, un militar con temple de acero, pistola al cinto y uniforme de combate, se presentaba a los guatemaltecos como líder de una Junta Militar que sustituía en la Presidencia al general Romeo Lucas García, recién depuesto por su propio Ejército.
Ese día se abrió uno de los capítulos más trágicos de la guerra interna de 36 años que vivió Guatemala, protagonizado por el mesiánico general José Efraín Ríos Montt, un pastor evangélico fundamentalista, alcohólico en recuperación y acérrimo anticomunista, que impuso un régimen dictatorial que se saldó con miles de indígenas masacrados.
A casi 31 años del inicio de su Gobierno de facto, de casi 17 meses, el otrora poderoso Ríos Montt, en silencio, cabizbajo y derrotado, tendrá que acudir mañana a la que quizás sea su más importante cita con la Justicia, para responder por los miles de guatemaltecos que el Ejército bajo su mando mató e hizo desaparecer en nombre de la Patria.
Durante sus años de gloria dentro de la política guatemalteca, entre 1989 y 2011, protegido por la inmunidad que le otorgaba ser diputado del Congreso, este anciano general retirado reconocía que durante su mandato se dieron esos "excesos", pero que no tenía ninguna responsabilidad y que, por lo tanto, no temía demandas judiciales ni dentro ni fuera del país.
Pero desde que en enero de 2012 un tribunal penal lo ligó a proceso por las acusaciones de genocidio y delitos contra la humanidad y le fuera impuesto un arresto domiciliario, ha preferido el mutis.
Los periodistas locales y extranjeros que en los últimos meses han solicitado entrevistarle para hablar de su proceso judicial han recibido como respuesta un "no" a secas.
Su hija, la exdiputada Zury Ríos, y sus abogados defensores, se han convertido en una suerte de portavoces suyos, que más que hablar sobre lo que piensa o siente, lo exponen como la víctima de "un complot internacional" de la "izquierda retrógrada", que busca cobrar "venganza" por haber perdido la guerra.
De la imagen autoritaria que Ríos Montt mostraba cuando tenía 56 años, cuando encabezó el golpe de Estado por medio del cual se hizo con el poder, queda poco. Tal vez el fuerte tono de su voz que, con cierta dificultad, intenta mantener cuando habla con quienes pretende impactar.
Durante las largas jornadas que en el último año le ha tocado estar frente a jueces, fiscales y acusadores, la mirada de este antiguo poderoso militar de 86 años ha permanecido perdida, los gestos de su rostro se han hecho casi imperceptibles y se le ha visto cabizbajo.
Siempre de traje oscuro, sudoroso, a veces nervioso, con un lápiz y un ejemplar de la Constitución del país en mano, tomaba nota de cada exposición o argumento esgrimido en su contra; hablaba al oído de sus abogados, volvía a escribir, cerraba los ojos, respiraba.
Los abogados encargados de su defensa, entre ellos Danilo Rodríguez, un guerrillero arrepentido que se desligó de la insurgencia en 1992, han interpuesto decenas de recursos para evitar el inicio del juicio, pero hasta hoy no han tenido éxito.
Mañana, cuando sea sentado en el banquillo de los acusados y enfrente a la Justicia cara a cara, Ríos Montt tendrá la oportunidad de exponer su versión de los hechos, negará que durante su Gobierno el Ejército bajo su mando haya cometido genocidio, y reclamará su inocencia.
Los 1.771 indígenas ixiles que según la Fiscalía fueron asesinados a manos de los soldados que Ríos Montt dirigía como comandante general de las Fuerzas Armadas, no tuvieron oportunidad de defensa, reclaman los sobrevivientes.
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