Sábado 23 de marzo de 2013
En Japón, sobre todo en la poesía, hay “haru meku” o signos de primavera, lo que en España llamamos brotes verdes. Signos de recuperación. Los signos de la primavera son variados: el primero, es la primavera en sí. A alguien le puede parecer absurdo que una cosa sea indicio de lo que es, pero el asunto no es tan simple como parece. Ya Borges relató que el mapa más preciso de un terreno debería tener la misma extensión que ese terreno, con las mismas irregularidades, los mismos accidentes, con idénticos objetos muebles o inmuebles. Es decir, el mejor mapa de un terreno sería una reproducción perfecta de ese terreno, con iguales materiales, etc. Es decir, que el mejor mapa de un terreno es el terreno mismo, la cosa en sí. El poeta japonés Matsuo Basho lo dijo de otra manera: “Solo puedes llegar a saber qué es un pino con un pino, y qué es un bambú con un bambú”. Estos nos lleva a si las cosas son signos de algo, y si nos ponemos filosóficos y primaverales, tendremos que conceder que sí, que las cosas son signos de sus conceptos. Pero resistiré la casi irresistible influencia que nos lleva a ponernos kantianos y semióticos en primavera (los filósofos tienen su temporada, como las chaquetas, pero eso es harina de otro artículo), y seguiré con los signos japoneses.
Además de la propia primavera, como signo de esta hay, entre otros, flores de cerezo, ranas, alondras, ballenas y ugüisu. El ugüisu es una especie de ruiseñor, de color pardo y pico naranja, célebre por su canto. Aparece en la poesía clásica japonesa relacionado con la locura de amor, con la añoranza del amado. Sei Shonagon, en “El libro de la almohada”, esa delicada meditación de una dama inteligente y atemporal. El canto del “ugüisu” suena para los japoneses en forma de onomatopeya como “Hoo-hokekyo” que es casi igual que “Hokekyoo”, el nombre japonés del Sutra del Loto. Por ello, se considera al “ugüisu” como un devoto pájaro budista. Sei Shonagon le reprochaba el que teniendo un canto tan bello y una raigambre china tan apreciada no fuera a cantar al palacio en el que ella moraba. A veces, viene la primavera sin que vengan sus signos, y eso nos entristece, ya que los humanos solemos preferir los signos de las cosas a las cosas en sí.
Buson, otro poeta entregado a la naturaleza y sus signos, escribió: “Un hombre en el campo / trabajando / todo un día sin ugüisu”. En este caso, es el ser humano el que mantiene lejos al “ugüisu” y su canto. Y es que a veces el hombre es el primer enemigo de la belleza que lo rodea.
Alguien puede pensar que el uso de animales en la poesía y en la cultura japonesa es similar al que vemos en la lírica occidental. Es verdad que en la lírica tradicional, galaico-portuguesa y castellana, aparecen ruiseñores y ciervos y que muchas veces están relacionados con sentimientos de amor. Pero no tienen el valor que tienen en la poesía japonesa en el que adquieren el rango de “kigo”, palabras estacionales que indican al lector la parte del año con la que está asociada esa palabra, ese animal o flor. Estas palabras, las “kigo”, el “ugüisu” en este caso, conectan al lector con algo que está más allá, como es la magia del cambio de estaciones.
En España hay distintos indicios de la primavera. Unos están relacionados con el fuego, como las fallas, y otros con plantas, pero la mayor parte de la simbología tiene un carácter religioso, católico. La muerte y resurrección del hijo de Dios. La muerte y la resurrección de la vida. La bajada al reino de la oscuridad y la vuelta de ese reino. La bajada a la morada de Hades para volver a empezar. En Japón, ese rito semiótico se cumple con animales y plantas, que aparecen en poemas y que llevan a la población a peregrinar en busca del “sakura” de la flor del cerezo más bonita, más evocadora del paso temporal por la vida. En busca del canto del “ugüisu”, aunque este es más difícil de encontrar. Kasulis, un filósofo norteamericano llama a estos elementos culturales que nos conectan con los arquetipos, con los conceptos, entradas holográficas. Elementos pequeños que contienen el todo. Según su propuesta, podríamos decir que los signos de la primavera, sus indicios, conectan al japonés con lo trascendente, con lo que está más allá, con el reino de la verdad, no de las sombras ni de los reflejos.
¿Y cuáles serían los signos holográficos de los españoles? ¿Los signos religiosos? ¿Las procesiones? ¿Las saetas a la virgen? ¿El fuego? ¿Las palmas? Por ahora llevamos pocos días desde que comenzó la primavera, y en los periódicos los únicos signos estacionales (y ya no tan estacionales) que vemos siguen siendo Gurtel, el caso Urdangarín, Bárcenas y su laberinto hispano-suizo, Pujol y sus vástagos, los ERE, Blanco y sus juicios… Vamos, que nuestras entradas holográficas parecen asemejarse poco al canto del “ugüisu”, a su budista y devoto “Hokekyoo”, al Sutra del loto y a su “hace eones ilimitados e incontables, apareció un Buda, un honrado entre las personas”. La primavera empezó hace algunos días, pero aquí aparecen pocos signos de resurrección. Y nos van haciendo falta.