Los Lunes de El Imparcial

Jane Gardam: La mujer del juez

RESEÑA

Domingo 24 de marzo de 2013
Jane Gardam: La mujer del juez. Traducción de Sonia Tapia. Salamandra. Barcelona, 2013. 256 páginas. 17 €

Jane Gardam es una de esas escritoras a las que, algún publicista perezoso, podría acabar por endosarle una frase del tipo “el secreto mejor guardado de la literatura inglesa”. Si no se ha hecho todavía es, entre otras razones más evidentes, porque es una frase que se suele reservar a autores jóvenes. Jane Gardam tiene ochenta y cinco años y esta no es su primera novela, precisamente. Ha publicado más de una treintena de libros en Inglaterra, incluidos libros infantiles y libros de relatos. Ha trabajado para la prensa y ha desempeñado, dicen, prácticamente cualquier función que se pueda realizar en el mundo del libro. Jane Gardam no es ningún secreto, pero sigue siendo una autora fundamentalmente insular.

Hay un viejo chiste sobre las relaciones entre EEUU e Inglaterra que dice que son dos naciones separadas por una lengua común. Jane Gardam siempre ha estado en una orilla determinada de ese río. El gran intento para hacer conocido el nombre de Gardam en EEUU llegó con la novela Old Filth, novela que precede a esta La mujer del juez y que tiene como protagonista al mismo personaje, el abogado y luego juez Mr Filth —anagrama de Fail in London try in Hong Kong—. Seguramente Old Filth sea también la razón de la llegada de Gardam a España, donde el mercado editorial estadounidense se suele observar con más atención que el británico. Nada que no suceda en otros medios, para lo bueno y para lo malo. Old Filth llegó a España, también de la mano de Salamandra, traducido como El viejo juez, un cambio de título menos vistoso que la voltereta a la que se ha llegado con esta La mujer del juez, cuyo título original The man with the wooden hat quizás habría sido incluso más vistoso, aunque es cierto que menos fiel a lo que se esconde en las tripas del libro.

Leer La mujer del juez nos da una idea, que podría ser equivocada, sobre las razones por las que Gardam no ha vadeado esa lengua común. Al leerla da la impresión de que el texto es de una insularidad extrema, una novela extraordinariamente británica. Tanto que no sé hasta qué punto puede funcionar fuera de sus propias fronteras. Esta es una novela que se aleja en diagonal. Al leerla se tiene la sensación de que queda demasiado atrás en el tiempo y demasiado a un lado en el espacio, que es demasiado antigua y demasiado inglesa.

Sucede que, si un lector es capaz de librarse de sus prejuicios, de absolutamente todos sus prejuicios, entonces La mujer del juez es un texto más que aprovechable. Estoy seguro de que un aspirante a escritor, armado con papel y lápiz, podría extraer de ella algunas lecciones de provecho. Los personajes están más o menos bien definidos, habida cuenta de que todos, a la larga, existen en relación con esa mujer del juez que roba a Filth el protagonismo del libro. Pero eso de librarse de todos los prejuicios exige un esfuerzo al lector mucho más notable de lo que a veces nos gusta reconocer. Y lo cierto es que, por muy mal que suene la palabra, los prejuicios son una de nuestras armas más valiosas como lectores. Armas destructivas, claro, y armas que pueden causar mucho daño, pero que nos resultan absolutamente necesarias y a las que estamos tan acostumbrados, que renunciar a ellas nos exige un trabajo agotador.

Resulta bastante extraño leer una novela escrita en el 2009 en la que la protagonista se desmaya con una hipersensibilidad victoriana, en la que la voz narrativa se lamenta de que alguien haya cambiado el nombre de Inglaterra por Reino Unido (sic), en la que hay capítulos de trascendental importancia que giran alrededor de la compra de un caballo balancín. Resulta raro leer una novela contemporánea que, además, no disimula su contemporaneidad. No se trata únicamente de que el lector tenga más o menos información acerca de cuándo se ha escrito la novela. Es que la misma novela se ha escrito desde la nostalgia, desde una nostalgia muy inglesa que no siempre es capaz de llegar a un lector no inglés, ni siquiera a un lector separado tan solo por el océano de una lengua común.


Por Miguel Carreira