Guillermo Ortiz | Domingo 24 de marzo de 2013
Creo que la decisión de Lucía Figar y la Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid de cambiar la valoración de méritos y examen en las Oposiciones a Maestro y, es de suponer, las de Educación Secundaria, es acertada. Pocas veces me oirán hablar bien del PP de Madrid, así que aprovechen la oportunidad. No lo hago como periodista –no lo soy- sino como el profesor de Escuela Oficial de Idiomas que un día fui. Les hablo de los años y años aprobando exámenes con muy buenas notas, a menudo en puestos que me darían acceso a una plaza de funcionario… para después caer en el concurso de méritos adelantado por otros opositores que tenían puntos y puntos de cursos, interinidades o la nota guardada de la anterior convocatoria.
Aquello era marcadamente injusto, hasta el punto de que la nota del examen valía un 60% del total y, una vez pasabas a la interinidad, se quedaba en un 40%.
Sobre los interinos en educación hay toda clase de mitos y entiendan que a mí me parezcan justos e injustos a la vez. Esperanza Aguirre salió en su momento a decir que a los interinos había que reducirlos porque era gente que no había ni aprobado el examen. Eso es mentira. Como he dicho podías incluso aprobar con una excelente nota y quedarte fuera de las plazas y las primeras elecciones de interinidad pero aun así trabajar durante un año entero, aunque fuera a base de sustituciones. Un interino no es un vago inútil, como hizo creer Aguirre en su momento, pero tampoco puede convertirse en un bedel que ve pasar los años sin aprobar un examen porque sabe que su puesto está garantizado por los puntos del concurso.
Otra cosa es que me guste el método que Figar ha utilizado para defender su reforma y que no es otra que burlarse de los opositores, sacando fuera de contexto y sin especificar respuestas disparatadas a no se sabe qué preguntas. El acceso a un examen de Oposiciones es libre, solo hay que pagar las tasas y tener la titulación necesaria, no exclusivamente de la especialidad. Es obvio que, crisis mediante, las Oposiciones de todo tipo se han convertido en un cajón de sastre donde candidatos muy bien preparados compiten con ciudadanos desesperados en busca de un trabajo “como sea”. Insinuar que la gente que dice que el Ebro pasa por Madrid son los que luego dan clase como interinos es una temeridad. No hay ninguna prueba objetiva de ello y aunque se encontrara un caso no supondría una tendencia.
No es mi intención defender a los interinos porque si el sistema funcionaba mal es lógico pensar que muchos se han colado “de rondón” y ahí siguen. Ahora bien, la reforma no necesitaba del escarnio, que me ha resultado un poco demagógico. Arcadi Espada, en un reciente artículo, abundaba en la condición de vagos de los opositores y les afeaba que no se prepararan ni mínimamente en un momento en el que entrar en el mercado laboral exige de mayor esfuerzo que nunca. Es obvio que quien escribió esas barbaridades que sacó la Consejería como ejemplo había ido ahí por no tener otra cosa que hacer. No es un reflejo del “opositor tipo” sino del “opositor a la fuerza que habría dicho las mismas barbaridades en cualquier entrevista de trabajo por dar palos de ciego”.
Otra pregunta que he leído recientemente es la típica de “¿Cuántos españoles tampoco habríamos acertado esas preguntas?” Bueno, la pregunta es absurda porque yo puedo no saber cómo poner un catéter en vena pero sería un escándalo que una aspirante a enfermera no supiera, por poner un ejemplo. Abusando de la demagogia, y ya que la Consejería se lanzó a utilizarla para defender lo que, insisto, es una excelente medida, al menos en apariencia, sí cabría preguntarse cuánta gente de la Consejería de Educación conoce esas respuestas o, más bien, cuánta gente de la Consejería de Educación de Madrid, entre sus altos cargos, que son los que deciden este tipo de acciones, saben qué demonios es la educación.
Más que nada porque si hay un gremio que nos ha acostumbrado a la endogamia, al enchufe, al puesto de libre designación basado en el amiguismo o la familia y al ir dando tumbos de un despacho a otro sin tener demasiada idea de dónde se está en cada momento, si en Sanidad o en Educación o en Turismo o en qué, es precisamente el de la política, donde, mágicamente, todos saben hacer de todo, muchos de ellos sin siquiera una titulación ni un idioma extranjero.
Porque al menos los que nos presentábamos a la Escuela Oficial de Idiomas, por torpes que fuéramos, una carrera, un CAP y un idioma extranjero sí teníamos que llevar bajo el brazo. Que ya es algo, digo yo.