Este lunes se ha saldado con gran éxito la primera de las tres funciones en versión concierto de la ópera de Bizet Los pescadores de perlas que podrán verse esta semana en el Teatro Real.
La de este lunes en el Real, era, sin duda, una de esas veladas para las que no cuenta que la misma se celebre a principios de Semana Santa. Ni siquiera importará en relación a las dos siguientes funciones, que tendrán lugar los días 28 y 31 de marzo, es decir, en plena semana de éxodo vacacional para los madrileños. Prueba irrefutable de ello, es que las entradas para los tres conciertos programados se agotaron hace ya semanas. De modo que la expectación anoche a las puertas del teatro de la Plaza de Oriente era máxima: por volver a tener a Juan Diego Flórez en Madrid – y, además, con el papel del pescador Nadir que debutó en el Festival de Ópera de Las Palmas de Gran Canaria el pasado verano -, así como también por la posibilidad de escuchar una ópera temprana de Bizet que no es demasiado habitual de los escenarios, pero que incluye arias y, especialmente, dúos bellísimos, como el inolvidable “Au fond du temple saint”, que interpretan tenor y barítono en el Acto I. Sin embargo, aunque estos – Juan Diego y Los pescadores - fueran los dos reclamos principales, lo cierto es que no han sido los únicos que han podido disfrutarse.
En primer lugar, porque el tenor peruano estaba anoche magníficamente acompañado en una obra en la que, además, los tres roles protagonistas: tenor, soprano y barítono, o lo que es igual, Nadir, Leila y Zurga, tienen el mismo peso en la trama y en su correspondiente partitura. Importantísimo, por tanto, que Nadir, el tenor Juan Diego Flórez, tuviese a su lado a la gran soprano italiana Patrizia Ciofi, - inolvidable en su concierto de 2010 en el Real junto al gran Leo Nucci en el que hicieron el memorable tris con “Si, vendetta”, de Rigoletto – y al excelente barítono polaco Mariusz Kwiecien, enorme en su papel de Zurga, generoso perdedor en el trío amoroso que narra el libreto, escrito por Michel Carré y Eugène Cormon, que León Carvalho, director del Théatre Lyrique de París, entregó a Bizet junto al encargo de componer una ópera para su estreno en dicho escenario el 30 de septiembre de 1863.
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Con la Orquesta Titular del Teatro Real en el foso, bajo la batuta del veterano y apasionado director israelí Daniel Oren, y el Coro Titular del Teatro Real, Coro Intermezzo, sobre el escenario, a las órdenes de su director Andrés Máspero, la primera demostración de bravos y aplausos llegaba, precisamente, después de la interpretación del citado dúo de tenor y barítono, un canto a la amistad que Juan Diego Flórez y Mariusz Kwiecien, a quien ya tuvimos oportunidad de ver en la capital en Onegin y el Rey Roger, han interpretado con una intensidad medida a la perfección, acariciando los momentos en los que evocan la belleza de la mujer de la que ambos se enamoraron y por la que llegaron a separarse. Ahora, recuperada la amistad entre ambos, el dúo gana en fuerza cuando los dos hombres prometen no volver a separarse nunca más por el amor de una mujer. Y éste será el primer juramento que se rompa, porque Nadir, en realidad, ha llegado al lugar donde se reúnen cada año los pescadores de perlas de Ceilán siguiendo la pista de su amada - también la de su amigo -, aunque al principio no lo confiese a Zurga, que acaba de ser elegido, además, como líder de todos los pescadores. Y el aria de Nadir “Je crois entendre encoré”, donde confiesa no haber olvidado a aquella misteriosa y bella mujer del templo, ha sido la ocasión para que el tenor peruano se llevara los primeros aplausos en solitario de una noche en la que, por lo general, ha tenido que compartirlos con sus compañeros de reparto, que se completa con el papel de Nourabad, a cargo del joven bajo italiano Roberto Tagliavini. Por supuesto, también con la orquesta y con el coro, como siempre, muy reconocidos por el público.
La tradición impone, por otra parte, que antes de salir a buscar las codiciadas perlas, los pescadores elijan, además de a un líder, a una sacerdotisa que cumpla con la crucial misión de rezar y cantar para protegerlos frente a los peligros de la naturaleza. Como recompensa, al finalizar la temporada, se entregará a la sacerdotisa la perla más bella y quedará liberada de la promesa que debe mantener mientras permanezca a su servicio: no tendrá amigo ni amante, dice el libreto, no se dejará llevar por el amor o será castigada con la muerte. Y ese juramento, el de castidad, será el segundo que no tarde en romperse. Porque Leila, justo después de prometer que cumplirá con su voto, encuentra a Nadir y, por fin, ambos se confiesan su hasta entonces secreto amor. Una desgarrada Leila, es decir, una magnífica Patrizia Ciofi, rogará a un ansioso Nadir, Juan Diego Flórez, que esperen, que aún no ha llegado el momento para ellos, siendo después de este romántico dúo, “Dieu puissant, le voilà”, cuando más aclamaciones de bravo y aplausos se han escuchado como premio a los responsables de tan bello instante. Porque, una vez más, la ópera no entiende de razones y buena parte de su grandeza radica en que prima siempre el amor, seguramente con tragedia, pero, al fin y al cabo, amor, ese sentimiento tan difícil de contener cuando es verdadero. En Los pescadores de perlas, la melódica partitura pone a disposición de cada uno de los protagonistas la posibilidad de cantar al amor, al desamor, a la venganza, a la piedad o a la esperanza. También al arrepentimiento, como le corresponde a Zurga, mientras se debate entre los celos y la amistad, en un aria profunda y desgarrada que ha servido al barítono polaco para llevarse una merecida ovación poco antes de terminar la obra con uno de esos finales poco habituales en la ópera: un final feliz. Porque Zurga, a pesar de haber asegurado a los pescadores que no tendrá clemencia con la pareja traidora, será el siguiente en romper una promesa, ayudando a escapar a Nadir y a Leila para que vivan el sueño de amor que a él se le ha roto para siempre.