Opinión

Estatismo: ejemplos que cunden en la Argentina

Enrique Aguilar | Miércoles 27 de marzo de 2013
En un ensayo publicado al regreso de su segundo viaje a la Argentina bajo el título “Intimidades” (1929), José Ortega y Gasset aludió al peligro que entrañaba el crecimiento excesivo del Estado y su consecuente ingerencia en los menores problemas de la sociedad. Con sólo tocarlo, decía, ese “gigantesco artefacto” se pone en movimiento “triturando sin esfuerzo mayor toda voluntad indócil que pretenda enfrontársele.” “Si esta tendencia no es vencida pronto (concluía Ortega), el Estado notará que no puede vivir de sí, que no es él mismo vida, sino máquina creada por la vitalidad colectiva; por ello, menesterosa de ésta para conservarse, lubrificarse y funcionar”.

Ciertamente, la historia es pródiga en testimonios de sociedades que han sido víctimas de sus propios Estados una vez convertidos éstos en verdaderas máquinas de triturar. Es más, si bien las prácticas intervencionistas y la apetencia de controlar y regularlo todo (desde el funcionamiento de la economía hasta las opiniones de la población) no alcanzan ya la dimensión a que aspiraron los totalitarismos del siglo veinte, nadie ignora que actualmente son un recurso al que echan mano gobiernos surgidos de las urnas que no reconocen más límites que los que su propia voluntad o, en el mejor de los casos, el termómetro electoral les señala.

En el caso argentino, los ejemplos van en aumento. Semanas atrás aludí a la prohibición que el gobierno impusiera a las cadenas de supermercados y electrodomésticos de publicitar sus ofertas semanales, decisión claramente dirigida a cegar una importante fuente de financiamiento de los medios independientes que, por lo demás, tampoco reciben (o reciben en cuentagotas) publicidad oficial pese a la jurisprudencia sentada por la Corte Suprema de Justicia con respecto a la equidad con que debe distribuirse esa publicidad entre los diferentes medios, sean amigos o no del gobierno.
Como la prohibición continúa vigente, al igual que el congelamiento de precios, el “cepo cambiario”, las trabas impuestas a quienes desean viajar al exterior, etc., cabe preguntarse si existirán todavía “voluntades indóciles” capaces de hacer frente a tantos desatinos. Es difícil saberlo. Por lo pronto, como escribió Joaquín Morales Solá el pasado fin de semana, lo más inexplicable del tema “es que empresas que compiten en todo el mundo hayan aceptado aquí que es mejor que el Estado les fije los precios, que les marque los supuestos márgenes de ganancias, que los haya convencido de que el comercio no necesita de publicidad y que, encima, les prohíba acceder a los dólares para repatriar sus ganancias”. Ahora bien, conviene recordar, en cualquier caso, que lo que está en juego entre nosotros no es la permanencia en el país de tal o cual línea de supermercados, ni aun la supervivencia misma del Estado a la que alude la cita de Ortega. Lo que día a día venimos perdiendo es, lisa y llanamente, nuestra libertad.