José Manuel Cuenca Toribio | Viernes 29 de marzo de 2013
Entre los avatares más desdichados de la España política y cultural del presente se cuenta sin duda el pesaroso destino sufrido por las memorias del ministro turolense y catedrático de Hacienda Pública de la Universidad Hispalense D. Jaime García Añoveros. Dotado de una vis crítica potente, de amplios y variados saberes y pluma de gran capacidad expresiva, los recuerdos inéditos del que fuese una de las personalidades claves de la UCD sufren una lamentable suerte a manos de los rifirrafes de sus más directos herederos. Catalanófilo convencido, será una de las pocas figuras de los gobiernos de “Madrid” bienquistas y alabadas siempre por Jordi Pujol, que dirá de él en su libro Años decisivos. Memorias (1993-2011) (Barcelona, 2012, III, p. 78): “…es el acuñador de la frase: “En España, la autonomía será por arrastre; el techo autonómico lo marcará Cataluña, y el resto seguirá sin permitir el reconocimiento de una personalidad propia de Cataluña y, por consiguiente, de una situación particular””
Pese a que la cristalización de la teoría autonomista de “café para todos” del compañero de claustro sevillano y en un primer momento conmilitón político en las filas ucedistas, Clavero Arévalo, no dejó del todo satisfechos a los “separadores” al sur del Ebro, fue considerado al norte del gran río como pis aller y simple instrumento para implementar en el futuro una fisonomía administrativa y política bien diferenciada de la del resto del país. Empero, tales cálculos no tardarían en evidenciarse errados. Tanto los socialistas del credo proletario internacionalista como los liberales-conservadores del PP de raigambre centralista manifestaron su rechazo a la ampliación de competencias en Euskadi y el Principado. Los partidos nacionalistas de uno y otro lo consiguieron, sin embargo, en las etapas más precarizadas de ambas fuerzas gobernantes con la reluctancia de extensas capas de la opinión pública y el desabrimiento de la propia Convergencia i Unió y el PNV, heridos en su esperanza de aquistar distensionadamente nuevas metas en el camino de una singularidad que creían negada por la ceguera de los gobiernos madrileños.
Por supuesto, y pese a su incurable victimismo, los políticos catalanistas no escatimaron lamentos ni adjetivos negativos para calificar la sedicente postura. Convertido en leit motiv de las muchas de las páginas de sus combativas Memorias –la conspiración del silencio, arma tan diestra y asiduamente utilizada desde siglos atrás por la intelligentzia progresista y ahora también por la, mucho más desmedrada y tosca, conservadora, se ha ensañado con ellas-, J. Pujol ve en el empecinamiento madrileño y español de la tesis de “café para todos” la causa determinante de una desafección que, por la vía dolorosa de los desgraciados jalones el Estatuto de 2006, aboca hodierno a la reivindicación independentista.
Sin perspectiva adecuada –la nacida del paso del tiempo- no hay historia. Mas aun así, quizá pueda ya afirmarse que la mencionada tesis de la excitante bebida como piedra angular del edificio autonómico construido en los inicios de la Transición significó un alicorto y expeditivo recurso para la superación de un tema de insuperable complejidad. En esa coyuntura, se escucharon múltiples voces y se dio audiencia a un repertorio estimable de argumentos; pero brilló por su ausencia –en el más viejo Estado de Europa y en uno de sus pueblos de más dilatada trayectoria temporal- la apelación a la Historia. Sin afán de venganza, Clío siempre reclama sus derechos. En esta hora trágica del país, ello se descubre con patencia terebrante.
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