Opinión

Un piloto en la tormenta

Alfonso Cuenca Miranda | Lunes 01 de abril de 2013
Cuando en los tiempos actuales suele afirmarse que Europa está ayuna de auténticos líderes, no está de más recordar a una figura, desconocida en general en España, que bien puede considerarse como un “piloto en la tormenta”, expresión con la que ya en vida se calificó a uno de sus más ilustres predecesores, William Pitt, y que también se le ha llegado a aplicar a aquél. Nos referimos a Robert Peel, Premier británico en el período central del siglo XIX. Es este un personaje apasionante para todo admirador de la vida pública, tanto por sus orígenes, como por su cursushonorum, y, especialmente, por su final. Sus firmes convicciones, su determinación en llegar hasta el final en la consecución de lo que consideraba una meta justa, aun a costa de perder el poder, hacen de Peel uno de los grandes hombres públicos que la Historia ha dado.


Prototípico representante de la nueva “aristocracia industrial”, Peel descollará siempre por su rectitud e integridad –no faltaron las acusaciones de “mojigatería”-, manifestadas ya en sus comienzos. Si bien no alcanzó las cotas de brillantez de Pitt el Joven, Peel tuvo una intuición única para detectar y analizar las corrientes de su tiempo. Al igual que aquél, fue un consumado conocedor de los entresijos y claves de la política, dominador como pocos de las artes parlamentarias en un momento en que Westminster era el verdadero centro de la vida política británica y, por ende, del mundo. Como sucede con gran acierto en el sistema político de las islas, el desarrollo de una dilatada carrera parlamentaria no fue óbice para que simultáneamente Peel atesorara una amplia experiencia en temas ejecutivos. Así, entre otros cargos, fue Ministro o Delegado del Gobierno para Irlanda en una época especialmente convulsa, pues coincidió con el inicio de las reivindicaciones violentas en el país del trébol; ocupó posteriormente el cargo de Ministro o Secretario de Interior, puesto en donde desarrollaría una importante labor modernizadora, entre cuyos logros destaca la creación de la primera policía profesional moderna, la metropolitana o Scotland Yard, basada en una declaración programática –que ha quedado para la posteridad como “los principios de Peel”- inspiradora de toda la política policial contemporánea. Crecido políticamente a la sombra del viejo Wellington, quien pronto se fijaría en él, Peel asumirá con total naturalidad el liderazgo conservador ante la imposibilidad física del duque.


La Reform Act de 1832 planteará un enorme reto para el partido conservador, pues, aprobada con su oposición, ampliará el censo incluyendo a un nuevo electorado más proclive en principio a los candidatos whig. Peel comprende la importancia del desafío y tendrá el enorme éxito de aggiornizar el partido conservador, siendo de hecho su auténtico creador. Así, Peel organiza el partido a nivel nacional y es el autor del primer programa político moderno, el Manifiesto de Tamworth, verdadero contrato ofrecido al cuerpo electoral, expresión alzaprimada del trust, concepto capital como pocos para entender el sistema británico. Su inteligencia también se manifiesta en la selección de sus colaboradores, un auténtico dreamteam, del que forman parte dos jóvenes que habrán de marcar la política británica por más de medio siglo: William Gladstone y Benjamin Disraeli.


El objetivo final, volver a ser partido de gobierno, se lograría en 1834, aunque de modo muy efímero, pues el gabinete encabezado por Peel apenas dura 3 meses. En 1839, se le ofrece de nuevo encabezar el gobierno, pero Peel hará gala ya en esta ocasión de su sentido de Estado, de la anteposición absoluta de aquello en lo que cree por encima de los pequeños intereses del momento, incluidos los que pudieran beneficiarle. Así, su actuación en la denominada “crisis de las damas de honor” (Bedchamber crisis) es paradigmática de lo apuntado, ya que ante la negativa de la Reina a sustituir a sus damas de honor whigs por las seleccionadas por el virtual Premier, éste, no deseando provocar una crisis institucional, pero no cediendo en su postura, renuncia a formar gobierno.


La hora de Peel llega en 1841, encabezando un gobierno estable. Una vez afianzado en el poder, demostrará sus condiciones y, especialmente, su visión de Estado en una época difícil, con un cartismo que amenazará incluso con derribar un sistema político secular, y al que Peel hará frente con habilidad y firmeza, todo ello un contexto económico de grave recesión, con un déficit disparado, lo que intentará atajar desde el primer momento con la reintroducción del Income Tax. Buen conocedor del “ecosistema fabril”, impulsará la mejora de las medidas de seguridad en la industria y de las condiciones laborales de mujeres y niños (Factory Act). La firmeza de las convicciones de Peel no le impide la necesaria flexibilidad e incluso el cambio de posición al reconocer su error en posturas pasadas. Este será el caso de Irlanda, con la que transitará desde una rotunda negativa a hacer la más mínima concesión (“Orange Peel” fue apodado en sus primeros destinos irlandeses) a una comprensión y empatía que le llevará aapoyar la abolición de la prohibición de acceso a los cargos públicos para los católicos en 1829 (Acta de Emancipación) y a aumentar, ya como Premier, las subvenciones a la Iglesia Católica irlandesa (Maynooth Grant).


E Irlanda será la causa de su final, digno de una tragedia griega. Peel estará dispuesto a sacrificar uno de los principios del dogma tory, el proteccionismo, con el fin de paliar la devastadora hambruna irlandesa de la patata. La contemplación de una de los más terribles sinsentidos históricos, que costará la vida a más de un millón de personas, no le dejará indiferente. Su objetivo: bajar el precio del pan facilitando su importación de cara a generalizar un alimento de subsistencia que permitiera la continuación de la existencia de miles de seres humanos. La lucha es descarnada en el seno de su propio partido –con un Disraeli como azote del Premier, probablemente como venganza por no haber entrado en el gobierno-, pero, finalmente, el Parlamento abole las Corn Laws. Peel es consciente de que la sima abierta se cobrará su vida política. Pero aun así ha preferido caminar hacia el martirio. La alegría por la aprobación de la Ley dura poco. La misma noche en que la Cámara de los Lores aprueba finalmente el proyecto -25 de junio de 1846- su gobierno pierde en los Comunes una votación trascendental en otra cuestión referida a Irlanda gracias a la deserción de un importante sector tory. La situación es insostenible y cuatro días más tarde Peel abandona Downing Street. Aunque seguirá vinculado a los Comunes, ya no volverá a subir al Olimpo de la política británica, llevando una vida discreta. Su figura se hace casi legendaria y el pueblo, muy sabio para apreciar a los grandes líderes, le profesará un cariño reverencial, como se demostraría con motivo de su muerte cuatro años más tarde, a consecuencia de una caída de caballo.


Peel dejará una profunda huella en la política británica. La más inmediata, el Split del partido conservador. Un grupo muy destacado de sus seguidores, incluido el futuro gigante Gladstone, se uniría a los whigs, conformando el nuevo partido liberal. Esa división tuvo como consecuencia el que los torys no volvieran a protagonizar la política de las islas hasta la llegada al poder de Disraeli, 30 años más tarde. Pero, paradójicamente, incluso esa recuperación se deberá en buena parte a nuestro personaje. De hecho, Disraeli no hará sino continuar la senda modernizadora del partido conservador iniciada por Peel, y, comulgando finalmente con éste, llegará a abjurar del proteccionismo, impulsará nuevas reformas electorales de ampliación del voto y promoverá la mejora de las duras condiciones laborales de los obreros. Pero, sin duda, el más importante legado de Peel es su propio ejemplo. Su sacrificio político, su determinación, son una muestra de cómo los grandes pilotos salvarán el barco aunque ello les cueste la vida. En los difíciles momentos actuales, ese ejemplo –y otros- deben reconciliarnos con la política, expresión a veces de lo peor, pero otras, de lo más elevado del espíritu y genio humanos.

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