Javier Zamora Bonilla | Martes 02 de abril de 2013
Sí, sí, de él, de quien ustedes están pensando: ese señor que ejerce una de las más altas magistraturas del Estado y no quiere hablar en público de otro señor cuyas manuscritas anotaciones contables, aireadas en los medios de comunicación, se han hecho muy famosas, entre otros motivos porque en ellas aparece el nombre de ese otro señor que no quiere pronunciar ahora su nombre aunque lo ha tenido empleado durante largos años. La situación es ya ridícula porque se ve que no quiere pronunciar el nombre en público pero sí debe hacerlo en privado, quizá camuflado bajo algún apodo o acompañado de algún epíteto rotundo, y hace esfuerzos para que no se le escape cuando los periodistas le ponen los micrófonos delante o algún diputado lo incita a hablar del tema y a explicitar lo velado.
Tengo tan lejanas las lecturas juveniles de Freud, a las que llegué por mi cuenta y riesgo en el bachillerato (¡qué riesgo en aquellos años!), y las de otros psicólogos y psiquiatras que nos hacían leer en la carrera –nunca llegaron a interesarme-, que no me atrevería a poner un calificativo al tipo de conducta del silenciador. No parece que sea un lapsus memoriae porque da la impresión de que el nombre se le queda agarrado a la punta de la lengua y hace esfuerzos para que el sonido no se articule y salga de sus labios la palabra maldita; más aun, parece que el nombre quisiera salir acompañado de una retahíla de descalificativos, pero de pronto aparece una legión de argumentos que lo refrenan. Por tanto, no es una conducta inconsciente de las que tanto habla Freud para explicar comportamientos patológicos asociados a la infancia y a la sexualidad sino todo lo contrario: un acto voluntario de silenciamiento, un acto consciente para evitar que el nombre sea dicho en un intento de ocultar la realidad al omitir la expresión, de no mentar la bicha para alejar el mal agüero que pudiese traer.
La acción de este señor que calla, pero no otorga, acogiéndose a que ya dijo que era todo –o casi todo, un “casi” que no explicó– mentira, es justo lo contrario del decir performativo que quiere construir la realidad por medio del discurso. Aquí lo que se pretende es deconstruirla mediante el silencio, borrarla, echarla al olvido y echar sobre ella un eterno callar. Me recuerda al típico comportamiento del señor de provincias –no se me rebelen los provinciales al escuchar decir esto a un madrileño porque Madrid es lo más provinciano de España– al que le han dejado la niña embarazada. De la cuestión no se puede hablar fuera de casa y, de puertas adentro, sólo con todo tipo de subterfugios salvo cuando la cosa estalla en gritos e improperios, que sólo son posibles al calor helador del hogar, en el secreto de la familia. La actitud de este señor silente, demasiado silente, recuerda a esos grandes silencios de la burguesa sociedad decimonónica, de costumbres victorianas, que aquí se extendió hasta bien entrado el siglo XX por desgracia de una dictadura caudillista, militarista y clericalona.
Querer silenciar lo evidente es un grave error político y sería mucho mejor dar las explicaciones oportunas si es que las hay y actuar en consecuencia, o reconocer el error si es que lo hay y actuar también en consecuencia, porque es posible que ese señor que calla tenga que ir a dar explicaciones ante un juez si éste ve indicios de delito en las anotaciones de ese otro señor de nombre impronunciado por el otro. Esta situación pudiera producirse y el suplicatorio debería ser entonces un mero trámite, a pesar de las mayorías parlamentarias, si nos creemos que el Estado de derecho se fundamenta en la igualdad de todos ante la ley.
Decía María Zambrano que para contar bien la historia de España había que hacer una historia de los silencios. Es muy posible que la filósofa de la razón poética estuviera pensando en el de su maestro José Ortega y Gasset tras la posición que éste adoptó por la desilusión que sufrió por el rumbo que tomaba la República y el golpe que supuso para muchas conciencias liberales la Guerra Civil y la instauración de la discordia frente a la concordia que habían defendido, pero a mí la frase de Zambrano siempre me ha hecho pensar en el libro de Francisco de Quevedo Política de Dios y Gobierno de Cristo. Esta obra siempre me ha parecido un ejemplo magnífico de lo que quería expresar la discípula de Ortega. Quevedo, tan mordaz en sus poemas, es extremadamente prudente en este escrito para evitar que la Santa Inquisición pudiera ver en él muestras de herejía. Quevedo, tan bravucón contra mujeres y judíos, tan fino y hasta erótico en cuestiones de amor, se paraliza ante el poder de la Iglesia, se acompleja por miedo a ser excluido de la casta, no por pecador, pues para eso con la confesión y el arrepentimiento sobra, sino por heterodoxo. Por aquellos años, Miguel de Cervantes supo tratar con humana ironía las cuestiones que Quevedo no se atreve a expresar. “Con la Iglesia hemos topado, querido Sancho”, le dice Don Quijote a su escudero.
Si la humana ironía cervantina es necesaria para explicar los silencios presentes, no son ya tiempos de medias tintas sino de transparencias, así que haría bien el señor Rajoy, presidente del Gobierno, en explicar qué hay detrás de los supuestos papeles del señor Bárcenas y de todo lo que va saliendo a la luz tras la aparición de los mismos.
TEMAS RELACIONADOS: