Opinión

La resistencia judía en tiempo de Jesús de Nazaret

David Felipe Arranz | Miércoles 03 de abril de 2013
El antiguo pugilato contra el Imperio Romano iniciado por el rebelde Ezequías en el 47 a.C., que no aceptaba los conocidos abusos de Herodes el Grande –quien acabó por apresarlo y ajusticiarlo–, se hizo extraordinariamente virulento en tiempos de Jesús de Nazaret. Ezequías fue el inicio de una leyenda que continuó viva en la persona de varios cabecillas y salteadores que devastaron y diezmaron las tropas imperiales.

Varios movimientos armados no les hicieron la conquista nada fácil a los romanos: un linaje de caudillos y guerreros que aparecen en el Nuevo Testamento y en las fuentes históricas del propio Imperio nos hablan de una sociedad, la de Jesús de Nazaret, que no se doblegaba primero ante la espada del emperador César Augusto y después ante la de Tiberio. El pueblo judío se levantó una y otra vez en armas contra Roma… y no es de extrañar que en este caldo de cultivo emergieran personajes tan fascinantes como Jesús, un individuo de extraordinaria facilidad oratoria que rápidamente se convirtió en el sospechoso más incómodo de la región, tanto para la ortodoxia del celoso Sanedrín como para el omnipotente poder imperial.

Según cuenta el aristócrata Flavio Josefo en el segundo libro de La guerra de los judíos, en el año 6 d.C. apareció un galileo llamado Judas, al que el historiador describe como un individuo que “intentaba soliviantar a sus compatriotas, reprochándoles su conformismo al pagar tributos a los romanos y a soportar, después de Dios, dueños mortales. Dicho sujeto era doctor de una secta particular distinta de las demás”, en referencia a la escuela que fundó, junto a las ya existentes de los fariseos, saduceos y esenios. Así lo documenta el historiador Martin Hengel, que en Die Zeloten (1961) acredita las incursiones de este grupo de guerrilleros que atacó los destacamentos romanos en la frontera siria.

Judas era gaulanita, natural de Gamala, al este del río Jordán, y desde el inicio de su actividad subversiva fue ayudado por un tal Sadoq, uno de los numerosos fariseos con los que coincidía, si bien Judas consideraba que el amor a la libertad estaba por encima de toda consideración. Sabemos por el Nuevo Testamento –Hechos de los Apóstoles, 5, 37– que Judas el Galileo fue ajusticiado. En los testimonios documentados, como el que recoge el levantamiento sangriento contra la administración de Quirino, se habla de un líder que reprocha a los suyos su sometimiento a los romanos. Enseñó el arte de la guerra de guerrillas a sus hijos, Jacob y Simón, crucificados por orden del prefecto de Judea, Tiberio Alejandro, una década después de la crucifixión de Jesús de Nazaret por la “indiferencia” –quiere la tradición– del anterior prefecto, Poncio Pilatos, experto en crucificar samaritanos y libertador del bandido Barrabás. El tercer hijo de Judas, Menahem, tras la conquista de Masada en el año 66 y el aplastamiento de la unidad romana que allí había, se dirigió a Jerusalén y obligó a rendirse a la guarnición romana.

Recordemos que según los Evangelios, un grupo de hombres armados pertenecientes a la guardia del Templo, enviados por el sumo sacerdote Caifás, apresaron a Jesús, un visionario y revolucionario de la religión que se había vuelto sumamente incómodo para la ortodoxia. En este punto, Flavio Josefo narra un singular paralelismo con lo que había sucedido con la detención y proceso de Jesús: tras hacer ejecutar al sumo sacerdote Ananías para controlar el poder, Menahem se convirtió de salvador en peligroso. Los hombres de Eleazar, hijo del sumo sacerdote Ananías, lo detuvieron, apresaron a su líder y libertador, al hombre que les había llevado la libertad y había alejado del pueblo judío el yugo romano y lo mataron con la ayuda de su guardia personal. Aquí Josefo desliza una sugerente teoría de por qué los guardianes de la tradición del Templo de Jerusalén, del santuario del pueblo de Israel, liquidaban a sus mesías tan pronto como alcanzaban el liderazgo: “los insurrectos no habían matado a Menahem porque desearan vivamente poner fin a la guerra, sino para proseguirla con mayor libertad”.

Tal vez abriendo el panorama de las revueltas de aquellos años podamos acercarnos más a la verdad de por qué el Imperio Romano se libró de una forma tan fácil de los líderes que cuestionaban a su emperador: la razón sin duda descansa en la inquina que los hombres de valía y de liderazgo como Jesús de Nazaret, Judas y Menahem, los heterodoxos, despertaron en los viejos guardianes de la conservadora ortodoxia.

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