Opinión

Una visión crítica sobre el jurado popular

Simon Royo Hernandez | Jueves 04 de abril de 2013
Hay una magnífica película titulada 12 hombres sin piedad, todos ven culpable de asesinato a un reo al que tienen que juzgar excepto el jurado número 8, representado por el actor Henry Fonda, que logra darle la vuelta al veredicto y convencer a los demás de que el encausado bien pudiera ser inocente al faltar pruebas contundentes del delito. Con ella, el director, Sidney Lumet, logra que reflexionemos sobre lo que implica un jurado popular y las dudas razonables que se yerguen sobre el mismo.

Digámoslo ahora sin tapujos: el jurado popular es la forma como el Estado capitalista represor quiere hacernos cómplices de sus crímenes. Yo no quiero ser responsable de enviar a un chico a la cárcel durante años, así que, antes que la desobediencia civil, me propongo acudir al llamamiento para integrar un jurado y declarar inocente a quien sea encausado. ¡Siempre inocente!

Indirectamente ya todos estamos incriminados, somos responsables de que millones de personas pasen hambre y miseria, tras el genocidio de los indios de Norteamérica (unos 60 millones de seres humanos asesinados, sus culturas y lenguas erradicadas del planeta), tras cuatro siglos de trata de esclavos africanos (con un coste de 100 millones de muertos); tras Hiroshima y Nagasaki, el capitalismo contemporáneo tiene por líder a los EE UU y pretende copiar sus "méritos". Esto significa la creación de una política hipócrita en la que actitudes fascistas se camuflan bajo el lema de defensa de la democracia y del Estado del bienestar. El jurado es una de esas trampas que nos ponen los "buenos" para que, con nuestra “buena conciencia”, condenemos a los "malos". (Los buenos, como se ve en los westerns, son los más asesinos, que juzgan y ejecutan a los malos bajo la paradójica acusación de "antidemócratas").

Bajo un sistema carcelario de represión y tortura que con hipocresía se pretende rehabilitador, en una sociedad en la que la desigualdad de la renta es la norma alentadora de los individuos educados en el egoísmo de Adam Smith, la justicia es un chiste. Desde aquí, reitero el llamamiento a declarar a todo reo inocente y necesitado de escuela, sanidad, vivienda, trabajo, de casi todos los derechos que reconoce la Constitución. ¡Odia el delito, pero ama al delincuente! Hoy hemos descubierto que uno y otro no están relacionados. El delito es de la sociedad capitalista de la desigualdad, mientras que el delincuente resulta, ser el chivo expiatorio del monoteísmo del mercado. ¿Vamos a ser nosotros los sacerdotes del dólar que esgriman el cuchillo sacrificial?
¡Que cada cual decida! Yo como jurado me negaré a ser convertido en verdugo.

Repito: el jurado es la manera como el Estado trata de hacernos cómplices de sus crímenes. Desde aquí hago un llamamiento a la resistencia activa, consistente en participar en el jurado al ser llamado como verdugo, pero con la firme decisión de declarar inocente a todo acusado. Neguémonos a ser responsables de privar de libertad a un ser humano, a la hipocresía de una sociedad que produce miseria y genera el crimen que luego castiga con cara de legitimidad moral sacrosanta. Mientras las instituciones penitenciarias sean cárceles torturantes y no escuelas de rehabilitación, toda condena es un crimen.