Opinión

Nadir Terebrante

José Manuel Cuenca Toribio | Viernes 05 de abril de 2013
En tiempos en que todavía no estaban olvidadas en la diplomacia italiana las tradiciones de los días renacentistas y cavourianos, se envió desde el Ministerio de Asuntos Exteriores el siguiente telegrama a uno de sus embajadores, enfrentado a una grave crisis lejos de la península: “Mandate fatti, noi faremo le reflessioni”…

Y, en verdad, la noticia acerca del resultado eversivo de los exámenes a la titularidad de unas plazas de profesorado de primera enseñanza de la Comunidad de Madrid llevados a cabo en fecha muy próxima no requiere ninguna expensa crítica, excepto la de entonar con el tono más excruciante un requiescat in pace por la educación impartida por maestros y maestras en las escuelas de España durante la monarquía de Alfonso XIII, la Segunda República y el régimen de Franco. Afianzado el siglo XXI, cuando el turismo interior, los viajes de recreo y excursiones por toda la geografía de la piel de toro y sus dos archipiélagos se convirtieran en una de las señas de identidad más peraltadas de las generaciones recientes, en continuo trasiego balompédico y musical por los cuatros punto cardinales del solar ibérico, el que más del 80% de los mencionados opositores carecieran de nociones básicas en punto a su tierra natal –amén, por supuesto, de otros conocimientos primarios e insustituibles en materias como las matemáticas o la física-, constituye una información que no puede por menos de arrojarnos en una hondonera de frustración e impotencia. No será posible izarnos de ella mediante la crítica a granel de nuestra clase política, la afanosa imputación de los gobernantes de turno o la atribución a déficits económicos de comunidades y estados. Con ser todos argumentos de peso y realidad incontrovertibles, fenómeno de tal naturaleza sólo es comprensible a la luz de una responsabilidad colectiva, al desinterés y desmaña de una sociedad como la española de las últimas décadas ciega si no hostil a una docencia anclada en sus bases seculares de esfuerzo, autoexigencia y respeto sagrado hacia sus impartidores en los escalones iniciales, sin duda alguna, los más decisivos.

¿Cómo es posible así, con las cifras y datos proporcionados por la noticia referida al principio de estas líneas, aspirar a cualquier empresa de una mínima recuperación de la crisis actual, cuyos estragos finales serán con toda probabilidad más devastadores en el plano social y cultural que en el propiamente económico? ¿Cómo se podrá hilar un tejido siquiera rudimentario de sentimiento nacional y pertenencia identitaria desde el que sea agible abordar, con un resquicio de esperanza, cualquier programa de reforma auténtica de los organismos e instituciones primordiales de una de las naciones más viejas de Occidente? Si los llamados a conformar las mentes y los espíritus de los que pronto tendrán la misión de continuar una ruta plurisecular desconocen los grandes tramos de la ruta del padre Ebro, la ubicación de Gredos –donde, según Unamuno, habitaba el “Dios de España”-, la localización de Monserrat –“la Montaña Sagrada”- o el Roque Nublo, ¿de qué forma se podrá enhebrar un discurso patrio –se perdonará la agresividad del adjetivo-, un relato al menos parcialmente operativo del pasado y presente de las 17 Autonomías que configuran a la fecha el mapa de España?

El entusiasmo y la buena voluntad no bastarán para establecer la plataforma ineludible en orden a alcanzar las metas exigidas por la coyuntura dramática en que se desenvuelve nuestro país. Es la hora del deber más descarnado, del trabajo más ahincado de las elites, de la generosidad más inembridable en el servicio al bien común de los hombres y mujeres más en sintonía con el ayer y más comprometidos con el mañana de un pueblo solidario con las grandes causas y artífice en porción no pequeña del progreso de la Humanidad.