Opinión

Democracia boba

Javier Zamora Bonilla | Martes 29 de abril de 2008
Como todo se malentiende y tergiversa, conviene empezar matizando: no creo que exista ningún régimen mejor en la práctica para nuestras sociedades que la democracia liberal representativa a la europea, es decir, con fuertes e intensas políticas sociales. No se vea, por tanto, en el título una crítica a nuestro sistema político, sino a determinados aspectos que desde hace unos años han aparecido y se presentan como un intento de “democratizar” la vida política.

Javier Fernández Sebastián y Juan Francisco Fuentes señalan en un artículo titulado “El lenguaje de la democracia. ¿Crisis conceptual o crisis de sistema?”, publicado hace un par de meses en Revista de Occidente, que la democracia parece haber estado siempre en crisis, y citan el libro de Harold Laski, Democracy in crisis, publicado en 1933, cuando la democracia no había llegado a consolidarse como sistema de gobierno. El fin de la Primera Guerra Mundial, los famosos catorce puntos del presidente americano Wilson y los distintos tratados de paz que se firmaron en los alrededores de París en 1919 fueron interpretados como el triunfo de la democracia liberal frente a los viejos imperios autocráticos, a pesar de que en uno de ellos empezaba a consolidarse la Revolución Bolchevique. Parecía que la democracia se extendería por el mundo y que incluso las relaciones internacionales se regirían por principios democráticos, pero muy poco tiempo después los viejos sistemas liberales se convirtieron en el blanco de las críticas mientras los totalitarismos ofrecían un “hombre nuevo” llamado a cambiar la historia, retórica que cautivó a muchos, no lo olvidemos.

Hoy, después de que las democracias han elevado el nivel de vida de una buena parte del planeta a alturas inimaginables hace un siglo, vuelve a resurgir el discurso sobre la incapacidad del sistema democrático para dar respuesta a los muchos males que todavía vemos en el presente. Y es verdad que sigue habiendo problemas que resolver y que no sólo la gestión eficaz puede resolverlos si no hay detrás ideas que los planteen, que los analicen y que propongan las vías para solucionarlos. No sé si se han acabado las ideologías, pero desde luego lo que no deben terminarse son las ideas, que, como dice mi querido José Varela Ortega, tienen consecuencias.

Una de las críticas que se dirigen contra la democracia es su falta de representatividad, porque los ciudadanos quedan reducidos a meros votantes sin más voz que la de depositar su voto de cuando en cuando. Esto no es así ciertamente, pero sí es verdad que hay que “implementar”, como se dice ahora, mecanismos para que la participación ciudadana pueda ser más activa. Las nuevas tecnologías deben ser un camino adecuado, pero hay que pensar muy bien en qué ámbitos se introducen modos más activos de participación. Ya se han llevado a cabo algunos experimentos a nivel local, y habría que seguir pensando sobre los resultados obtenidos y en qué medida son trasladables a otros ámbitos. Una cuestión clave es la representatividad de todo nuevo mecanismo participativo, pues se podría caer en la trampa de que una mayor actividad ciudadana en determinados ámbitos no reflejase verdaderamente a la ciudadanía. Pongo dos ejemplos: 1) Dar un papel importante a las asociaciones (ciudadanas, profesionales, etc.) en la discusión de los proyectos de ley sin tener en cuenta que el nivel de asociacionismo es muy pequeño y sin estudios previos de la verdadera representatividad de dichas asociaciones, amén de que la ley no tiene porque ser hecha por los afectados por la misma, que pueden condicionar a los afectados futuros y defender intereses propios y no generales. 2) Establecer mecanismos de voto por medio de nuevas tecnologías que dejen fuera de hecho a una buena parte de la población, los analfabetos digitales.

Entretanto, los modos plausibles de dar cabida en nuestros regímenes políticos a una mayor participación de los ciudadanos se ven sustituidos por modos que en el fondo no forman parte del sistema representativo (son perfectamente inútiles desde el punto de vista de la política), pero sí contribuyen a generar una opinión pública, que parece satisfacer no sólo a una buena parte de los ciudadanos, sino incluso a los representantes políticos que deberían meditar sobre las verdaderas formas de incentivar la participación dentro del sistema representativo con todas sus garantías.

Tres ejemplos vienen a mi cabeza de lo que llamo “democracia boba”. Los programas “59 segundos” y “Tengo una pregunta para usted” y las encuestas que todos los medios de comunicación realizan sobre los más variados temas, sin ninguna garantía estadística, pero que sirven para hacer titulares del tipo: “Los lectores de...”. Es verdad que un titular verdadero sería periodísticamente insoportable: “Algunos lectores de..., que han participado en la encuesta que este diario puso a disposición de sus lectores y en la cualquiera que pasase por allí aunque no fuese lector habitual pudo participar, opinan que...”. Los resultados de estas encuestas podrán ser todo lo ciertos que se quiera, pero no reflejan casi nunca la verdadera realidad, hasta el punto de que en las pasadas elecciones se dieron situaciones cómicas: había periódicos conservadores que daban una amplia mayoría al PP entre sus lectores, lo cual no sorprendía a nadie que conociera la línea del periódico, pero tampoco podía convencer a nadie que hubiera leído algunas encuestas más fiables.

Respecto a los programas citados, ambos intentan dar una imagen de mucha participación, es decir, de mayor democracia, que intervenga mucha gente independientemente de que tenga o no algo que decir, pues no se trata de razonar las opiniones o las preguntas sino de participar.

La democracia participativa no puede desembocar en una democracia boba.

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