Joaquín Vila | Domingo 07 de abril de 2013
Tiene razón Laborda, en su excelente artículo del sábado. En épocas de depresión, de zozobra y de caos es mejor hablar de poesía. Sólo nos queda la poesía. Y, de paso, recordar a Luis Cernuda, muerto ahora hace 50 años, en México, en el exilio.
Y, para estos tiempos de crisis, hay un poema, precisamente de Cernuda, que, quizás sirva para eso: para olvidar, para alejarse del tormento de esta España convulsa y desquiciada, crítica, casi insoportable. El poema termina con una buena propuesta para enfrentarnos a la desazón que padecemos, con uno de los más bellos y desesperados versos jamás escritos:” allá, allá lejos; donde habite el olvido”. Dice así:
“Donde habite el olvido,
En los vastos jardines sin aurora;
Donde yo sólo sea
Memoria de una piedra sepultada entre ortigas
Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.
Donde mi nombre deje
Al cuerpo que designa en brazos de los siglos,
Donde el deseo no exista.
En esa gran región donde el amor, ángel terrible,
No esconda como acero
En mi pecho su ala,
Sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.
Allí donde termine este afán que exige un dueño a imagen suya,
Sometiendo a otra vida su vida,
Sin más horizonte que otros ojos frente a frente.
Donde penas y dichas no sean más que nombres,
Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;
Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,
Disuelto en niebla, ausencia,
Ausencia leve como carne de niño.
Allá, allá lejos;
Donde habite el olvido.”
Pero, por desgracia, una cosa es la poesía,” donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo”, como refugio, como huida hacia adelante y, otra, la realidad. España, y no es exagerado, vive una de las épocas más críticas de los últimos años. Mandan los vándalos en la calle, el Gobierno aparece arrugado ante la avalancha de problemas, la Oposición no existe, el Congreso de los Diputados es un gallinero, y ya nadie respeta nada. Las Instituciones: la Monarquía, el Parlamento, la Judicatura, la Banca… están en el ojo del huracán. Y la crisis económica, la ruina de muchos, lo tambalea todo.
Los etarras vuelven a sacar pecho y a amenazar, con Bildu como estandarte; los nacionalistas se chotean: atracan al Gobierno y fagocitan al PSOE; el Banco de España dice una cosa y Bruselas, la contraria; Rajoy sueña y alardea con que la crisis está terminando, pero la Bolsa se da un batacazo cada día y el paro sigue subiendo. Ya hasta los solidarios sindicatos trincan por millones el dinero destinado a los jubilados y desempleados, los desahuciados deambulan por las calles, hay mendigos en cada esquina, los jueces se creen los amos del cotarro, los partidos se financian y algunos políticos se forran con dineros sospechosos, de los ERE o de los sobrecitos. Los protagonistas de esta España nuestra son personajes tan deleznables como Bárcenas o Urdangarín, la Constitución está en entredicho y un larguísimo y eterno etcétera de desatinos y de basura.
Y la última moda, los vándalos del escrache acosan, tiran huevos y tomates a todo el que huela a político o a cargo público. La calle ya no es de Fraga. Es de los gamberros, de los antisistema, de los que aprovechan la crisis para destruir todo lo que encuentran a su paso, para colapsar las ciudades, para gritar consignas estalinistas con el sueño de provocar una revolución que arrase con la convivencia, con la estabilidad, con la democracia, con la libertad.
Pues eso: sólo nos queda la poesía y huir. Exiliarse como Cernuda, cuanto antes mejor, “allá, allá lejos; donde habite el olvido”.
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