Pedro J. Cáceres | Lunes 08 de abril de 2013
No es la primera vez que abogamos por unas plazas de toros en las que se cumplan unas condiciones de confortabilidad, modernidad y seguridad propias del siglo XXI.
Lo ocurrido el domingo en Madrid (que pudo ocurrir el domingo anterior, y de hecho se abortaron triunfos como el de Nazaré) y lo que pudo pasar en Sevilla y Málaga es otro argumento más para aquellos que buscamos soluciones para un espectáculo en el que el más mínimo detalle es importante.
Los “afisionaos” se desmarcaron como defensores del patrimonio artístico nacional cuando se instaló la cubierta en Las Ventas. Una obra neomudejar de menos de 100 años.
En Zaragoza, donde deben de estar menos preocupados por la conservación artística, o eso pensarán algunos, decidieron colocar una lona retráctil que protegiera a los toros de las rachas de cierzo que soplan en Zaragoza. Algunos les tildaron de terroristas del Arte, ¡una lona en un edificio del siglo XVII!
Lo de ver los toros bajo el diluvio, o eso de sol y moscas, debe de ser muy bonito para salir en la foto, pero en la práctica, fueron cuatro los se quedaron en su sitio el Domingo de Ramos mientras Nazaré toreaba al natural bajo un aguacero y los que protestaron el Domingo de Resurrección cuandose anunció la lógica suspensión del festejo, con perjuicio no solo para ellos, sino para las ilusiones de una terna que no tiene posibilidad de recuperación de fecha por programación completa.
Estos son los cuatro “afisionaos” que hicieron poner el dodotis a la Comunidad.
Los que se desmarcaron de esa cubierta, estuvieran en contra y se mostraran como anacrónicos, total y absolutamente falaces en cuanto a defender las esencias de una Fiesta que también exige modernidad.
En Madrid duele más porque estuvo cerca de dar el paso a la modernidad y se planteó para que en el supuesto de que no se hubiera hundido la cubierta, ésta hubiera estado puesta, como era deseo de la empresa, durante estos festejos inaugurales y durante las novilladas del mes de abril, justo pórticos de mayo que por razones de aforo habría que quitarla.
Lo que sí vimos el sábado y el domingo en Málaga y Sevilla es una estación del viacrucis que viven los andaluces en Semana Santa. A los pobres siempre les llueve.
Entiendo que a nadie se le haya ocurrido cubrir el Puente de Triana o el Paseo de Larios, y evitarse llanto al no poder salir en procesión.
Pero hombre, gracias a las nuevas tecnologías, a la modernidad, todos sabíamos que la previsión de mal tiempo para este fin de semana era alta, y antes de arriesgarse a suspender un festejo, coloquen un sistema de cubrición de los de quita y pon. Fácil, sencillo, y para toda la familia.
Lo de Sevilla es materia sensible, y lo entiendo, lo comprendo y lo avalo.
Ahora, un matiz: para los señoritos, maestrantes y demás, oiga, ¿qué pintan los aparatajes que sujetan los tolditos para cuando hay sol no les moleste la “caló”? ¿Ahí no hay patrimonio histórico artístico?
Habrá que buscar una solución o que me den una respuesta de por qué para los señoritos sí y no pueda haber un, al menos –voluntad- concurso de proyectos, y que días fantásticos como el Domingo de Resurrección, sin que pierda mácula lo que es el templo sagrado del torero que es la Maestranza, por lo menos que haya la seguridad de que el espectáculo se va a producir.
Para los toreros, mayor seguridad, y para el público comodidad y seguridad de que paga su entrada y hace su viaje para algo. Y les pongo un ejemplo. Aunque el sucedido se fecha en Madrid, el pasado domingo.
El Aula Joven de Tauromaquia de Valladolid había llenado un autobús, y hubiera llenado un tendido, con chavales que acudieron el domingo a Las Ventas a ver al torero de la tierra, a Leandro. Un esfuerzo de organización y captación que terminar pasado por agua. Y ahora ¿qué?
Dos horas de autobús de ida y dos de vuelta y de recuerdo un catarro. ¿Creen que van a volver?
El Domingo de Resurrección nos sirve para resucitar la idea y volver a pedir a quién le corresponda: empresarios, propietarios, y mandamases varios; y los toreros, que se juegan la vida, o los abonados que se juegan su salud, que las plazas las llena el público, y sin ese público, el espectáculo se acaba. Y para que haya espectáculo tiene que haber la seguridad de que se va a dar bajo confortabilidad, comodidad y, sobre todo, bajo un techado.
Hay que desterrar el previo tópico de “ y si el tiempo no lo impide”
Aunque el espectáculo tenga sus raíces en los siglos pasados, que se adecuen mínimamente a lo “dañino”, si es que algo hay dañino, del siglo XXI.
Nosotros nos mojamos…en Sevilla y aquí, en esta tribuna, en corto y por derecho. Tenemos el permiso de la autoridad y el tiempo no nos lo impide.
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