Opinión

Todos iguales ante el amor

Alicia Huerta | Miércoles 10 de abril de 2013
Cuando uno se levanta una mañana con la sensación de tener un afilado cuchillo clavado en el omoplato, lo más seguro es que piense que alguien le ha apuñalado mientras soñaba inquieto alguna metáfora violenta de su vida despierto. En el día a día, tenemos la maldita manía de mirar sólo las horas inmediatamente anteriores a sentir el pinchazo y solemos decir “de repente” cuando lo cierto es que la mayoría de las veces la herida se ha venido gestando durante un dilatado periodo de tiempo, en el que no hemos sido capaces de ver – o, quizás, no hemos querido verlo – que la sombra de un brazo alargado esgrimiendo un arma blanca se cernía sobre nuestra espalda. Por otra parte, aunque no queramos admitirlo porque escuece incluso más que el boquete del que brota la sangre, no son pocas las ocasiones en las que nosotros mismos hemos contribuido a señalar el punto exacto donde el puñal nos haría más daño. Nos hemos expuesto demasiado y, como consecuencia de ello, ahora volvemos a sentir ese dolor lacerante, pesado, que nubla los sentidos y hasta nos hace caer en la desesperación, empujándonos a emprender acciones precipitadas que complican, aún más, las cosas. Es precisamente en ese momento cuando no hay que hacer nada, sólo dejar al aire la herida y no asustarnos del dolor: ya sabemos que siempre pasa. Lo que permanece es la cicatriz, recuerdo imborrable con el que habrá que continuar el camino y humilde aprendizaje de aquello que la vida haya tenido a bien o a mal enseñarnos.
Porque de todo se aprende, pero, sobre todo, de lo malo, de los pequeños o grandes dramas que nos enseñan a no pensar que lo tenemos todo controlado. En realidad, pocas cosas hay en la vida que podamos controlar a largo plazo y por encima de cualquier acción imprevista de un segundo o de un tercero. Incluso de un cuarto. Y lo curioso es que cuando uno se dice que las cosas ya no pueden ir peor, es cuando definitivamente se pone a merced de los elementos perturbadores de la existencia. Ley de Murphy en estado puro. Las cosas, por desgracia, siempre pueden ir a peor, así que lo más sensato es no invocar al desastre y esperar con paciencia a que las aguas vuelvan a su cauce. Qué curioso que nunca vaya mal una sola cosa, decimos, como si no tuviéramos nada que ver en ello, pero la realidad es que estamos tan ofuscados con ese primer contratiempo que queremos resolver cuanto antes y, además, de la forma que a nosotros nos conviene, que dejamos de prestar la debida atención al resto de las variables. Hasta que notamos que está entrando agua en la sala de motores. Tocados. Sin embargo, aún tardaremos un tiempo en usar algo más contundente que una cucharilla para ponernos a achicar el agua. Hundidos. Y, entonces, sólo queda intentar emerger para dar las bocanadas de aire necesarias y no sucumbir en el naufragio antes de salir a flote, desprendiéndonos del barro. Se impone empezar de nuevo. Desde cero. Una temporadita apartados del mundanal ruido, aunque sean muy pocos los que tienen la oportunidad de exiliarse – o mandar exiliado al otro - en las ricas arenas del desierto qatarí, a salvo de paparazzi que cerquen tu casa y fotografíen cada uno de tus movimientos. No, no todos tenemos esa suerte, como mucho el apoyo de los que nos quieren lo bastante como para prestarnos un cubo y decirnos que dejemos de lado esa maldita cucharilla que no sirve para nada que no sea disolver el azúcar en el café.

¿Somos todos iguales ante la ley? Habrá muchos que piensen que no. En lo que no hay duda de que somos todos iguales es a la hora de afrontar el amor, ese sentimiento injusto que no castiga a los malos ni premia a los buenos. A la infanta Cristina, por ejemplo, se le ha echado en cara que no abandone a su esposo, pero si le hubiera dejado tampoco se habría ahorrado las críticas de quien opine, por el contrario, que el amor se demuestra precisamente en los momentos complicados. En todo caso, se espera un inminente tsunami de infidelidad que, ese sí, puede hacer que el matrimonio de los duques de Palma naufrague sin remedio de cubos o cucharones y que servirá para comprobar, una vez más, que en el terreno sentimental, todos somos humanos. El amor es, por desgracia, tan irracional que pocos tienen la suerte de enamorarse de quien le hará feliz para siempre. De modo que se puede pasar mucho tiempo justificando de alguna manera los comportamientos errados del otro, incluso los presuntamente delictivos, los escandalosos y hasta aquellos que llevan la desgracia a una familia entera, también a los hijos. Una vez y después otra, el enamorado encontrará una excusa para seguir amando. Hasta que se levante una mañana con esa sensación de llevar un puñal clavado en el omoplato o, peor aún, vea la noticia en la prensa junto a una imagen del mango del cuchillo que sobresale de su propia espalda en forma de comprometido e-mail enviado por Diego Torres al juez Castro.