David Felipe Arranz | Miércoles 10 de abril de 2013
Si algo caracteriza al sistema de medios es su extraordinaria y efectiva capacidad de influir en las masas y en los públicos. Los medios poseen un gran poder de estimular determinados estilos de vida de los receptores y, sobre todo, pueden llegar a convertirse en eficaces reguladores de la vida pública. En la década de los años 50, la audiencia empezó a convertirse en un objeto de atención primordial y a perfilarse como “consumidora”, es decir, en objeto de estudio de las grandes corporaciones, parte fundamental como instancia votante en los procesos democráticos y continuo tema de debate en torno a la supuesta idiocia de las masas.
De alguna manera, a mediados del pasado siglo los teóricos en los Estados Unidos estaban consiguiendo que las audiencias alcanzasen un significado protagonismo en la formación de las corrientes ideológicas imperantes. Es decir, por primera vez se tuvo en cuenta el hecho de que la instancia receptora contribuía al significado de ese texto que es la historia del mundo. La educación y la violencia se encontraban en la base de esa génesis textual que los teóricos investigaban con pasión: el texto ideológico proveniente de los medios de comunicación tenía incidencia en la vida de las personas, era capaz de modificar sus conductas o incluso su intención de voto, ámbitos que hasta entonces habían sido relegados al ámbito familiar de la tradición. Hasta cierto punto el enfoque libérrimo que proporcionaban los textos audiovisuales a las audiencias masivas representaba una válvula de escape incómoda al poder. La pérdida de control preocupó especialmente al filósofo John Dewey, quién comenzó a enunciar la teoría de la mediación como aquel efecto que se desarrollaba en entornos infantiles, capaz de conducir a los niños y jóvenes en su crecimiento a un estado de opinión conductista, especialmente en estratos sociales pertenecientes a las clases más bajas, aquellas que más influencia recibían de las películas, que se convertían así en auténticos tutores… en ausencia de referentes morales en su entorno inmediato.
Los estudios derivados de The Payne Fund establecieron un acercamiento a la teoría de los efectos como el paradigma dominante en la investigación de las audiencias; era la primera vez que el mundo de la academia se preocupaba por cómo el discurso de la audiencia estaba dominado sobre todo por el proceso de recepción del sistema de medios. A partir de entonces, los textos mediáticos se convirtieron no sólo en objeto de crítica cuando defraudaban las expectativas morales depositadas en ellos por las élites del poder, sino que automáticamente despertaron el interés de un discurso reformista que contemplaba el texto mediático como la más efectiva vía de acceso a contenidos morales controlados institucionalmente.
La guerra abierta por el poder institucional desde el Barroco contra el texto teatral y sus derivaciones morales continuaba en el mundo del cine en el siglo XX, cuando el foco de atención comenzó a centrarse en el contenido del celuloide como medio de comunicación masivo bajo la premisa de que el visionado de las películas era una excepcional experiencia de índole individual y psicológica. Las preocupaciones por los efectos morales de las obras teatrales empezaron a decrecer a favor, pues, de las audiencias cinematográficas.
El interés por los efectos de, por ejemplo, el texto cinematográfico sobre los receptores y sus efectos mediáticos volvió la vista a la clásica cuestión proveniente del romanticismo y de la teoría literaria del pacto de la ficción: precisamente lo que a E. M. Forster le llevó a escribir Aspectos de la novela (Aspects of the Novel, 1927), el mejor ensayo existente hasta la fecha sobre los misterios que rodean a la recepción de los contenidos de ficción, revelados por uno de los mejores novelistas de todos los tiempos y unos de los miembros más destacados del célebre grupo de Bloomsbury, formado en torno al historiador Leslie Stephen. Así, Forster opina que “El cambio de temática será enorme, pero ellos [los novelistas] no habrán cambiado” […] Si la naturaleza humana cambia, será porque los individuos consiguen mirarse a sí mismos de un modo distinto. Aquí y allá hay gente –muy poca, pero algunos novelistas entre ellos— que trata de hacerlo. Todas las instituciones e intereses personales se oponen a esta búsqueda. […] si el novelista se ve a sí mismo de un modo diferente, verá a sus personajes de una manera diferente y surgirá un nuevo sistema de iluminación”.
El sujeto de la narración textual, lo que en narrativa se llama la psicología del personaje, ha sido incluso definido como el objeto de la ciencia del alma, de la vida mental o incluso el fiel reflejo de la conducta humana. Como dice Umberto Eco en un reciente trabajo, Confesiones de un joven novelista, a menudo los personajes del relato están más “vivos” a los ojos del receptor que sus propios vecinos. En ese sentido la psique de los protagonistas del texto nacen del estudio directo de la vida interior, del emisor y de la observación de los hechos que rodean al acto del conocimiento de los otros. La psicología de los sujetos del texto es más fácil de comprender que los propios significados del texto, por el mero y familiar hecho de que el receptor es próximo (prójimo) a sus homólogos textuales. Los receptores, en definitiva, entendemos mejor el texto porque nos identificamos con sus protagonistas.
La recepción busca modelos teóricos resistentes que confirmen a lo largo del tiempo las propuestas de validez universal. En primer lugar, ¿nos dirigimos a nosotros mismos en un constante soliloquio? ¿Tal vez el texto no haga sino confirmarnos en una determinada forma de ser? Porque el texto, en sentido semiótico cuando es descubierto por primera vez por el receptor opone su esencia, unas veces opaca y otras más transparente; pero más allá del acceso del receptor al conocimiento último que le ofrece el texto, lo que verdaderamente nos interesa descubrir es el juego que se produce en las distintas “lecturas”.
El texto es el otro, el extranjero de Albert Camus: es la relación que el receptor establece con el otro, con el texto, la que precisamente le hace perder su cuota de ignorancia, su “inocencia” textual. Porque tropezamos con textos ante los inevitablemente tenemos que dar una respuesta: el sumario de unos informativos nos obliga a que tomemos una decisión, a aceptar el engranaje creado por el editor del programa. Una persona a la que conocemos por primera vez constituye uno de los textos más apasionantes de la aventura cognitiva: de aceptar las reglas del juego de la recepción, trataremos indefectiblemente de “leer” a ese nuevo interlocutor. Es la novedad del texto la que en primer lugar trastoca nuestro pequeño mundo de certezas, la que nos hace vacilar en nuestras seguridades, la que por fin nos obliga a poner en entredicho todo lo que anteriormente habíamos aprendido.