Jueves 11 de abril de 2013
El presidente Juan Manuel Santos está decidido a ser el jefe de Estado que le trajo la paz a Colombia. Y ello, pese a los enfrentamientos con los ex-mandatarios, Álvaro Uribe y Andrés Pastrana, que han sido un muro de contención contra el diálogo entre el Gobierno y la guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), que arrancó en La Habana en noviembre pasado.
El país suramericano, inmerso en un conflicto armado desde hace medio siglo, sigue padeciendo un dilema existencial entorno a firmar capitulaciónes con un grupo narcoterrorista que tiene tras de sí, profundas cicatrices y crímenes que no se pueden dejar pasar por alto.
Este martes Bogotá se inundó de una marea blanca en pro del proceso de paz. Lo que supone un paso importante en el seno de la sociedad colombiana, que está dispuesta a dar un paso en aras de la pacificación del la nación.
Sin embargo, el ánimo y la voluntad del Ejecutivo, podría sembrar un sentimiento oportunista entre los guerrilleros, que han visto en el diálogo en La Habana, un billete para “sacar” del país a históricos como Pablo Catatumbo, que este domingo se “unió” al staff negociador de las FARC, y que como cosa curiosa, tiene un expediente criminal destacado, por ser el jefe del activo “Bloque Occidental” del grupo insurgente.
El Gobierno de Santos, si bien ha de continuar avanzando en el proceso de paz, no debe olvidar quiénes son los que están al otro lado de la mesa y los estragos que han dejado en la ciudadanía colombiana, que mientras marcha apoyándole en su empresa, los líderes la guerrilla más antigua del mundo, disfrutan del turismo cubano, mientras su robusto patrimonio engordado por la minería ilegal y el narcotráfico permanece intacto. Por eso, el fundamental que Santos se mantenga firme en su idea que negociar no es sinónimo de alto el fuego: la presión militar debe continuar como antes, o si cabe, con más energía aún.
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