Martes 29 de abril de 2008
Rajoy lo propuso durante la campaña electoral y ha sido Francisco Camps, presidente de la Comunidad Valenciana, quien tratará de llevarlo a la práctica. Se trata del famoso “contrato de integración” que comprometería a los inmigrantes a respetar las “costumbres españolas” y, en este caso, “valencianas”. El Gobierno valenciano trabaja en el borrador de una ley que obligará a los extranjeros que se asienten en esta comunidad a “suscribir” el documento. Tal y como pasó cuando Rajoy hizo esta propuesta, se han alzado voces por parte de las asociaciones de inmigrantes o provenientes del PSOE, tachando el proyecto de “xenófobo” e incluso ridículo. De hecho, la puesta en marcha real del mismo plantea muchos inconvenientes, como ha reconocido el ejecutivo valenciano. Primero, por la dificultad de enunciar cuáles son exactamente las “costumbres valencianas y españolas” y, segundo, porque la Generalitat no tiene competencias para expulsar o castigar a quienes ‘incumplan’ su compromiso.
Ello, sin embargo, no debe ocultar el hecho de que el fondo de la propuesta es acertado y debe ser tenido en cuenta. No como una exaltación caduca y anacrónica de la identidad española -o valenciana-, ni como una traba o imposición paternalista frente a la inmigración. La llegada de extranjeros es una circunstancia beneficiosa para un país y, en el caso español, ha traído más cosas buenas que malas. Gracias a ella ha aumentado la riqueza cultural y económica de nuestra sociedad.
Lo que busca esta ley es algo mucho más profundo que la defensa de ‘la paella’ o ‘los toros’ y su objetivo no es aplastar la diferencia: su fin último es proteger una serie de valores básicos que, si no cuidamos, acabará ahogándose en el mar del relativismo cultural. La igualdad entre las personas, el derecho a la vida, la libertad de expresión, son ideas, recogidas en el núcleo pétreo de la Constitución, en las que radica nuestra auténtica identidad como ciudadanos, no ya de un país concreto, sino de un sistema libre y democrático que bebe de las raíces grecorromanas, judeocristianas e ilustradas que han marcado el destino de Europa. Lejos de entenderse como una imposición a los inmigrantes, este “contrato” ha de verse como una defensa válida, quizás no planteada en los términos adecuados, de estos valores.
TENSIÓN EN BOLIVIA
El referéndum para la autonomía del departamento de Santa Cruz se ha convertido en el eje central sobre el que gira la enorme tensión que se respira en Bolivia. El próximo 4 de mayo está previsto que esta región, en su mayor parte contraria a Evo Morales, realice una consulta para aprobar un avanzado régimen de autonomía. Las encuestas y sondeos realizados hasta ahora se inclinan hacia una abrumadora victoria del sí, por el que votaría casi el 80 por ciento del electorado. El referendo fue convocado de forma unilateral por las autoridades cruceñas y desde algunos sectores del Gobierno se ha afirmado que se trata de una consulta ilegal, sin valor efectivo. Muchos la ven, asimismo, como el primer paso hacia una separación del resto del país. La reacción en cadena no se ha hecho esperar y algunos departamentos ya han anunciado su intención de hacer lo propio.
Esta oleada de referendos nada tiene que ver con un sentimiento nacionalista, como podríamos entenderlo desde la órbita europea. Simplemente es la respuesta a la política populista y centralista que ha llevado a cabo Evo Morales desde que llegó al poder en 2006. Tras múltiples intentos infructuosos de parar la consulta, el presidente boliviano ha tratado de restar importancia a la iniciativa cruceña señalando que el referéndum no deja de ser una “mera encuesta”. Razón no le falta desde el momento en el que, sea cual sea el resultado de la consulta, éste no alterará el ordenamiento del país.
El valor de esta iniciativa reside en que va ser el altavoz de la fuerte oposición que hay en el seno de Bolivia a las políticas ineficaces y de tinte megalomaniaco de Morales y el MAS. Bolivia no va a “estallar” por esta consulta, como auguraba lúgubremente Hugo Chávez hace unos días. La oposición simplemente dejará constancia de su existencia y de su fuerza. Sin embargo, hace falta mucho más. Las protestas frente a Morales no se pueden quedar en meros reproches. Es necesario que la oposición se refuerce y ofrezca un proyecto alternativo, serio y eficaz que consiga atraer a la sociedad boliviana. Mientras se recompone, la oposición corre el riesgo de permitir que Morales se perpetúe en el poder y, desde él, imitando el modelo de su amigo Chávez, tendrá vía libre para desmantelar el Estado. Si no se pone las pilas, la alternativa democrática al actual presidente boliviano puede acabar llegando demasiado tarde.
¿INDIVIDUALISMO O AISLAMIENTO?
Josef Fritzl, un jubilado austriaco de 73 años, mantuvo encerrada a su hija en el sótano de la vivienda familiar, que compartía con su esposa, durante 24 años. La mujer, que hoy tiene 42, sufrió, durante todo ese tiempo, constantes palizas y violaciones que tuvieron como resultado el nacimiento de siete niños, algunos de los cuales no habían visto jamás la luz del sol hasta ahora.
Imaginen la escena: ¿cómo un hombre pudo secuestrar a su hija adolescente, fingir que había sido captada por una secta, mantenerla bajo tierra durante la mayor parte de su vida, engendrar con ella siete niños, cremar el cuerpo de un bebé muerto, abastecer a dos familias y mantener dos vidas paralelas sin que nadie, ni siquiera su mujer, se diese cuenta de que algo raro pasaba?
Hace ya tiempo que los europeos abrazamos felices una organización democrática del Estado. Desde entonces nos mostramos orgullosos de las libertades que ofrece y, frente a los regímenes totalitarios, ensalzamos el valor de la individualidad y de los derechos de igualdad que nos proporciona. Nos vanagloriamos de que, en el Estado de derecho, cada individuo tiene un valor absoluto, sus derechos son inalienables y su vida es un fin en sí misma y nunca un medio para alcanzar un objetivo ulterior. El ‘yo’ que nació con la caída del Antiguo Régimen es el eje central en torno al cual gira la filosofía contemporánea, frente a la masa homogénea que encarnan las sociedades antidemocráticas. Absorbidos por esta espiral de autocomplacencia y egoísmo, es posible que se nos haya escapado algo, que nuestro idolatrado individualismo haya derivado, en algunos casos, en aislamiento y no en la identidad perseguida. Solo así puede entenderse que hechos como el que hoy escandaliza a medio mundo pasen inadvertidos a los ojos de la sociedad durante años. Absortos en nosotros mismos, hemos llegado a un punto en el que cualquiera puede representar el papel que guste y ocultar bajo una máscara una vida secreta. Podemos aparentar ser la persona que no somos, seguros de que nadie notará nunca nada raro.
Algunos vecinos cuentan que Fritzl era un hombre reservado, muy celoso de su intimidad. Nada extraño en nuestros días. Sin embargo, esas mismas personas conocían la afición del austriaco por ir de vacaciones a Tailandia para practicar turismo sexual con menores. El detenido contaba, además, con antecedentes penales por abuso sexual que le tuvieron algún tiempo entre rejas. Y, desde que su hija tenía 11 años, la golpeó y violó reiteradamente, ¿tampoco la madre sabía nada? Cuesta creer que una historia así haya podido permanecer encerrada en un sótano durante 24 años. Tal vez, si mirásemos un poco a nuestro alrededor, nos daríamos cuenta de que hay vida más allá de nuestras narices.
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