RESEÑA
Domingo 14 de abril de 2013
Laurent Mauvignier: Lo que yo llamo olvido. Traducción de Javier Albiñana. Anagrama. Barcelona, 2013. 58 páginas. 8,90 €
A estas alturas de la historia de la literatura, cuando prácticamente se ha realizado toda posible experimentación, no resulta infrecuente que una estructura novelística poco habitual busque sobre todo llamar la atención, produciendo finalmente su lectura cansancio e insatisfacción. Pero, por supuesto, hay excepciones que logran hacernos sentir que la elección de una fórmula insólita no obedece al capricho o la extravagancia sino que era la adecuada. Esto es lo que sucede en Lo que yo llamo olvido, del francés Laurent Mauvignier (Tours, 1967), donde la única frase -sin puntos aparte o ni siquiera seguidos- que se dilata a lo largo de las poco más de cincuenta páginas de la narración, es un tour de force que le otorga una especial intensidad.
Mauvignier, aunque se trata de un nombre ampliamente reconocido en sus país, es conocido en España hace relativamente poco. En 2012, la editorial Pasos Perdidos publicó Aprender a terminar y Anagrama, que ahora repite con Lo que yo llamo olvido, abrió el fuego en 2011 con Hombres, considerado uno de los títulos mayores de Mauvignier, donde ofrece una inteligente visión de lo que supuso para la sociedad francesa la guerra de la independencia de Argelia y las heridas sin cicatrizar que dejó. En Hombres, el escritor francés crea dos sólidos personajes, Bernard y Rabut, perfectamente contrapuestos, y nos sumerge en la violencia bélica, en sus consecuencias e irracionalidad, con mano maestra.
También la violencia está muy presente en la novela que Anagrama ha tenido el acierto de poner ahora al alcance de los lectores españoles. Pero, en este caso, no una violencia bélica, sino una violencia cotidiana y, quizá por ello, si cabe, mucho más terrible: la brutal paliza, hasta provocarle la muerte, que unos guardias de seguridad de un supermercado propinan a un hombre que roba una lata de cerveza y se la bebe dentro del propio establecimiento. Un hecho que no es producto de la imaginación de Mauvignier sino tomado de las páginas de los periódicos, pues ocurrió realmente en Lyon.
La novela, así, es el relato de ese hecho contado en una sola frase al hermano de la víctima por un personaje innominado –ninguno lo es-, que se convierte en una voz tan potente como desgarrada. Pero sin desmelamiento, incluso destilando una cierta frialdad, que, paradójicamente, hace mucho más efectivo el relato. Es evidente, como dice el fiscal y el narrador recoge al comenzar a hablar, “que un hombre no debe morir por tan poca cosa, que es injusto morir por una lata de cerveza”. No hay, pues, que ser explícito en la denuncia, máxime cuando Mauvignier pretende ir más allá. La obra no es un mero panfleto sobre la violencia ejercida por el poder contra los más débiles –la víctima es un indigente, con una vida rota de la cual se nos proporcionan algunos atisbos-, sobre la indiferencia ante la pobreza ajena. Es muy cierto que en la estación de Montparnasse, nos dice la voz narradora, todos bajan los ojos ante los “sin techo”, como la víctima, “porque tienen un trabajo que los espera y un césped que cortar o trenes que tomar, niños a quienes hay que ir a buscar a la salida de la escuela”. Pero, también, “porque esperan escapar de su propia miseria, lo que yo llamo miseria, escapar de todas las desdichas cuando se cruzan en el camino con un tipo como él, desnudo como una pesadilla”. El egoísmo está claro, pero también el miedo a la caída, que Mauvignier nos muestra como pareja de baile del primero.
Porque, y ahí está uno de sus mayores logros, Mauvignier no acusa. Los hechos hablan por sí solos. El crimen cometido no tiene ninguna justificación. Los más inquietante es que la voz narradora que se dirige al hermano de la víctima –y a nosotros- nos mete sin darnos tregua en un torbellino de oscuros sentimientos, en la irracionalidad y la violencia que preside el mundo, en que en un momento dado de nuestras vidas podríamos ser en esta historia la víctima indigente o los empleados de seguridad.
Por Adrián Sanmartín
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