Alfonso Cuenca Miranda | Domingo 14 de abril de 2013
Siendo España uno de los territorios más “cargados” de Historia del planeta -entiéndase por esta expresión la sucesión de cambios y transformaciones-, es sorprendente la escasa atención que se presta a la misma en nuestro país. Sorprende aún más si se tiene en cuenta que en otras latitudes, no tan ricas en este aspecto como la vieja Hispania, la ciencia de Clío y todo lo relacionado con ella está experimentando un “revival” social que la hace omnipresente, como describe con su habitual lucidez –aunque en conjunto no se encuentra entre los mejores frutos de su producción- la historiadora canadiense Margaret MacMillan en una de sus últimas obras (Dangerous games).
Lo acabado de afirmar con respecto a España tiene diversas plasmaciones o mejor sería decir –emulando al célebre cuento de Lewis Carroll- de no-plasmaciones.
En primer término, la propia enseñanza de la Historia y su consideración como asignatura en los diferentes estratos de nuestro sistema educativo, desde los más tiernos comienzos de nuestros infantes hasta la madura enseñanza universitaria. Así, en el primer aspecto, es elocuente la propia utilización perifrástica –o, lo que es más grave, eufemística- de otros sustantivos o expresiones para denominar a la asignatura, ejemplo más que elocuente de la actual Cliofobia hispana. La Universidad, por su parte, con muy honrosas excepciones, asiste a esa degradación acelerada, en donde la política sustituye las más de las veces lo que debiera ser el más serio y objetivo análisis de los hechos del pasado.
En gran medida debido a la enseñanza actual de la disciplina lo cierto es que la mayor parte de nuestra colectividad vive de espaldas a su Historia. Con todo, justo es reconocer que no es esta una característica exclusiva de los tiempos presentes, pues es, por ejemplo, llamativa en España la ausencia de monumentos históricos (principalmente, grupos escultóricos) en calles y plazas o su relegación a los lugares más recónditos de nuestras ciudades, en claro contraste con lo que sucede en otras naciones menos ricas en sedimentación histórica. Un país vecino al nuestro, también protagonista destacado de la aventura universal, Portugal, ha sabido rendir homenaje con mayor profusión y acierto a su pasado. Así, para todo turista español que se asome a la recién comenzada embrujadora primavera lisboeta, la visión de los grupos escultóricos de la capital lusa debiera operar como sangrante recordatorio o despertador de conciencia.
La escasa presencia –cuando no ominosa ausencia- de un cine histórico español en nuestras salas constituye también una clara muestra de lo afirmado. Bien es verdad que la contienda civil ha centrado la atención de los cineastas patrios en los últimos treinta años, lo que sin duda encierra aspectos positivos respecto de una tragedia que nunca debería olvidarse (aunque ha reconocerse un cierto agotamiento en los tratamientos y enfoques de dicha cuestión). Con todo, lo afirmado no obsta para calificar como inexplicable la ausencia de un cine histórico español. Se contempla con envidia, por ejemplo, el sacrosanto respeto con el que los británicos reflejan con habitualidad y naturalidad su pasado, sin que ello signifique ni mucho menos rehuir los puntos oscuros de aquél, siendo admirable su fidelidad en la recreación de hechos, ambientes, lenguaje o vestuario. Por contraste, las escasas y meritorias aproximaciones de nuestro cine a un pasado más lejano que el último siglo, han contado entre sus deméritos con los anacronismos, uno de los males más extendidos por los general en las aproximaciones hispanas a Clío.
La novela histórica –aunque en este caso como rasgo general al género y no sólo a su plasmación en España- tiene precisamente el anacronismo como uno de sus principales defectos. Así, el acercamiento de las sombras del pasado al lenguaje y contexto presentes con la pretensión de hacerlas más atractivas conduce en numerosas ocasiones a la desfiguración del sentido de los hechos. Aun con eso, debe admitirse que el nacimiento incipiente de la novela histórica puede considerarse un atisbo de la necesaria reconciliación ciudadana con la Musa de Tucídides.
El éxito sin precedentes de la reciente serie televisiva “Isabel” puede ser el comienzo de la referida reconciliación. Con todas las licencias novelescas que se quiera, el gran acierto de la misma ha sido el limitarse a contar los hechos, pues éstos, con toda su riqueza, son capaces por sí solos de llamar la atención de un espectador que quizás empiece ya a estar saturado de tertulias y trampolines.
El camino a recorrer todavía es largo. La conversión del pasado en terreno de batalla del presente es un error imperdonable del que pagamos y pagaremos las consecuencias. El hecho de que el interés por la Historia haya sido contemplado casi inconscientemente como propio de determinadas convicciones u opciones políticas –cuando lo cierto es que a nivel académico o historiográfico el predominio es casi monolítico de la opción pretendidamente contraria- es un pecado nacional del que necesitamos redimirnos de manera urgente. El pasado, como el futuro, es cosa de todos.