Opinión

Los héroes del maratón de Bostón

Alicia Huerta | Miércoles 17 de abril de 2013
Dos ollas a presión de seis litros de capacidad cada una, llenas hasta los topes de explosivo y metralla, sirvieron para atentar el pasado lunes en Boston contra las personas que participaban como atletas, acompañantes, trabajadores, vecinos o espectadores de uno de los maratones más importantes del mundo. Pocos actos como el de preparar un arma explosiva repleta de clavos y tornillos para colocarla en un lugar lleno de público, escondida en una anodina mochila o bolsa de deporte, que hará explosión matando e hiriendo de manera aleatoria a personas a las que nunca se ha visto, pueden estar más cargados de cobardía. De fría maldad que esconde su rostro mientras destruye vidas. En Boston, Kabul o Bagdad. No puede haber excusas para el que enciende la mecha a distancia o la incorpora a su propio cuerpo con el único objetivo de asesinar, herir y crear pánico.

La madre de una de las tres víctimas mortales de los atentados de Boston, Krystle Cambel, intentaba esta mañana hablar de su hija frente a las cámaras hasta que el llanto se lo ha impedido y ha terminado musitando tan sólo: no tiene sentido, no tiene sentido. Y es que al dolor lacerante de perder en cuestión de segundos a un ser querido que se marchó de casa diciendo hasta luego y ya no volverá, se une la desesperante sensación de que ni siquiera se ha tratado de un accidente, por ejemplo, de tráfico, sino que la muerte ha sido como consecuencia de un acto premeditado: alguien, sin que valgan razones o reivindicaciones de ningún tipo, ha matado porque ha querido a una persona que no conocía. Es, además, doblemente perverso porque se pone en juego el azar: si no hubiera ido, si hubiera llegado a la meta antes o más tarde… Diabólico.

Por otra parte, al atentado de Boston ya se le ha colocado en la categoría de poco mortífero, pero lo cierto es que, vistas las imágenes, se empieza a reconocer que si no hubo más muertes fue a causa de aquellos que no resultaron heridos y que, en vez de correr para alejarse, se encaminaron sin pensarlo a socorrer a las víctimas. No fueron pocos los que, sin asustarse de la sangre o de los miembros amputados, se concentraron en aplicar con fuerza torniquetes que ya no soltaron hasta que los servicios médicos se hicieron cargo de esos heridos. Si nadie hubiera detenido las hemorragias, habrían bastado minutos para que muchos de ellos no llegaran con vida a los hospitales.

Es frente a tragedias como la de Boston, cuando los humanos podemos congratularnos de tener compañeros de especie que no dudan en darlo todo para ayudar a sus semejantes. Les sale de dentro y a los demás no nos queda otro remedio que llamarlos héroes. El dolor, además, curte tanto a un ser humano que no es de extrañar que detrás de muchos de estos héroes se descubran trágicas biografías personales. Es el caso del costarricense Carlos Arredondo, es decir, del señor robusto de pelo largo y sombrero claro de cowboy que hemos descubierto en muchas de las fotografías y vídeos que recogieron el último atentado de Estados Unidos. Ayudó a extraer a los que habían quedado atrapados por las vallas que limitaban el circuito y después se afanó en aplicar dos torniquetes, uno por cada pierna que había perdido un chico joven que bien podría tener la misma edad que alguno de los hijos de Arredondo. Él ahora sólo desea que sus hijos lo hayan podido ver… desde el cielo. Porque ambos están muertos, el primero perdió la vida en 2004 en Irak, donde estaba destinado como marine y el segundo, se rindió a la depresión que arrastraba desde que perdió a su hermano y acabó suicidándose en 2011. El propio Arredondo intentó quemarse en su furgoneta, pero sobrevivió a las quemaduras de segundo grado que aquel desesperado acto le causó y decidió hacerse activista por la paz. Seguro que después de haber salvado al hijo de otro padre como él, ya nunca volverá a cuestionarse por qué tuvo que seguir viviendo cuando perdió a los suyos.

Joe Andruzzi, ex jugador de los Patriots, fue otro de los que se lanzaron a socorrer a los heridos que hasta ese momento eran unos desconocidos con los que ni siquiera había cruzado una fugaz mirada. Una de esas imágenes le muestra cargando con el cuerpo de una mujer para llevarla a un lugar seguro y esperar a los sanitarios. Su historia, más allá de la de jugador de futbol americano, nos lo presenta como un hombre que nada más superar un cáncer, creó una fundación para ayudar a otros enfermos como él y cuya familia patrocina cada año a un equipo que corre el famoso maratón de su ciudad.

Pero ellos no fueron los únicos. A la circunstancia de que siempre existen personas que conocen de primera mano el dolor y dejan de lado el miedo a volver a sufrirlo, con tal de evitarlo en la medida de lo posible a los demás, hay que añadir el hecho de que el epicentro del atentado estuviera situado en la meta de lo que no es simplemente una prueba de atletismo. El maratón es mucho más, supone la superación de las propias limitaciones con el objetivo de realizar algo grande, algo por encima de uno mismo, que pone a prueba resistencia y resiliencia igual que el mítico soldado griego Filípides a quien se atribuye la hazaña de haber corrido la distancia que separaba la ciudad de Maratón de la de Atenas para anunciar, antes de medianoche, la victoria sobre los persas. Murió de fatiga en cuanto cumplió con su meta. Al menos, esa es la leyenda, porque se considera que, en realidad, Filípides no corrió solo. Todo el ejército ateniense tuvo que correr desde Maratón para defender a la indefensa Atenas, antes de que llegaran los persas, quienes, al final, contemplando la increíble fortaleza de sus enemigos griegos, abandonaron sus intentos de conquista.

Tampoco ahora los corredores de maratón van solos. Corren con otros, y siempre hay alguien que les espera en la meta, incluso antes, para verles pasar, gritar su nombre, darles ánimos, aplaudir su coraje. De modo que el hecho de que la muerte haya golpeado donde se probaban a sí mismos los más fuertes de cuerpo y de cabeza, ha venido a añadirse al hecho de que esas dos ollas a presión repletas de metralla asesina, que cercenaron brazos y piernas, no se llevaran todavía más vidas por delante.

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