Opinión

La condición de ex da más fluidez a la lengua

Enrique Arnaldo | Jueves 18 de abril de 2013
Dos son los elementos que definen un partido político: organización jerarquizada y disciplina férrea. Algunos añaden la ideología pero, honradamente, no es tan importante como los otros dos.

Cuando alguien se incorpora a un partido político asume perfectamente ese planteamiento y cuando alcanza un cargo se reafirma en el mismo: siempre apoyar al jefe, siempre darle la razón y siempre votar sin rechistar.

Es espectacular comprobar cómo se suelta la lengua cuando se pasa a la categoría de ex. Mientras el sujeto correspondiente ocupa el cargo, se mantiene imperturbable dentro de los mensajes previsibles de lo políticamente correcto. Sorprende la capacidad de recuperar la libertad de expresión tras cesar en el cargo siempre y cuando se cumpla la condición siguiente: carencia absoluta de aspiraciones a retornar.

Aunque son muchísimos los ejemplos, el último lo ha proporcionado Felipe González, el jarrón chino. Ha sentenciado lo siguiente: de la crisis económica nos recuperaremos tarde o temprano, pero de la crisis institucional lo tenemos muchísimo más difícil.

¡Caramba, pues puede tener razón!, pero podría habérsele ocurrido antes. Por ejemplo cuando durante sus once años de gobierno sembró las tempestades de la quiebra institucional que padecemos: toma de los órganos constitucionales mediante el reparto prebendario de los puestos, asalto al CGPJ, y a través del mismo a otras instancias, control férreo por los partidos de los órganos reguladores partidos, transferencias de competencias a las Comunidades Autónomas para adquirir apoyos puntuales, conversión del Parlamento en un actor secundario y por tanto disminución de la calidad democrática del sistema, utilización plebiscitaria del referéndum, posición de privilegio para los medios de comunicación afines, persecución de los díscolos, extensión de las corruptelas y arbitrariedades (sin entrar en detalles)…

También podría haberse manifestado en el mismo sentido crítico cuando alcanzó la presidencia su hijo político, Rodríguez Zapatero (que parece ser ya ha hablado en una sesión del Pleno del Consejo de Estado, para la estupefacción de sus compañeros). En efecto, Felipe González entonces podría haber abierto la boca y contar que las ocurrencias económicas de ZP nos llevaban a la ruina y que con sus cuitas políticas daba el golpe de gracia al sistema institucional. Pero, claro está, entre los del mismo partido no se pisan la manguera.

En todo caso es innegable que la España institucional está por los suelos; que la política, la clase política, las instituciones políticas y los partidos políticos han alcanzado el nivel de degradación más alto a los ojos de los ciudadanos. La voz de la calle es aún más crítica que los barómetros de opinión. Y que si se prolonga por mucho tiempo la situación, se alientan males mayores.

P.D.: Para el mensaje positivo, hay que esperar al artículo de la próxima semana.