José Antonio Ruiz | Viernes 19 de abril de 2013
Sólo en un país con antecedentes penales por trinque y saqueo, es concebible que un día la chusma te llame guapa y al siguiente choriza y puta, aunque la lisonja no tenga que ser necesariamente incompatible con el escarnio. Como te quiero, te mato.
Así de paranoica está una España muerta de pena, adicta a los velatorios, en la que siempre se acaba echando la culpa al muerto, a su caballo Imperioso, al pobre gorrilla que aparca los yates en doble fila en Puerto Banús, y al apóstol Bernabé, el santo patrón marbellí, testigo presencial de tanto exceso y tanto vicio.
Día llegará que Raúl del Pozo se decida de una puñetera vez a recrear con su calenturiento talento el relato de la epopeya de aquel “Chicago con buganvillas” que vivió una segunda juventud en tiempos del Gilismo, cuando Incosol era la Arcadia de Botero.
Así de atormentado se levanta un país grillado en permanente estado de shock, que a menudo se venga de sí mismo, y se pasa la vida tarda de copla en copla, entrando y saliendo de los juzgados por la puerta giratoria, chutándose a escondidas latigazos de cloroformo para evadirse de su propia tragedia, como en la rebotica azoriniana de Argamasilla de Alba.
Los miembros y las miembras del patronato del Museo de Cera de Colón se lo tienen que hacer mirar (el miembro) con una lupa de aumento, con unos prismáticos o, ya puestos, con el telescopio gigante de Cabo Cañaveral. Al paso que llevan, van a tener que bajar la persiana o cambiarle el nombre al chiringuito, mismamente por el de Casa de tócame Roque.
Se me ocurre que podrían construir una réplica de la Cámara de los Horrores del Museo Madame Tussauds, dedicada a las personas non gratas que han caído en desgracia.
El primer desterrado fue Marichalar, ex duque de Lugo, por perpetrar el tremendo “delito” de divorciarse de la Infanta y pasear en patinete por la Milla de Oro madrileña; después le tocó el turno a su cuñaooo Urdangarín, otro ex duque consorte en este caso de Palma, por dedicarse a jugar al balonmano con las dos manos; y ahora le ha llegado la hora a La Pantoja, cuya figura ha sido retirada del circuito de personajes ilustres de la “pinacovela” para venir a dar con sus huesos de cera en el trastero.
Sin duda ha sido una condena más dura que los dos años de cárcel sin cárcel y multa de un millón de talegos impuestos por la Audiencia de Málaga por blanqueo de capitales. Si la dirección del Museo tuviera reflejos, debiera cubrir el hueco dejado por la Viuda de España con la estatua de Paquirrín en su versión de costalero, sin duda el vástago más avezado de toda la estirpe.
Como el mozo de la carretilla siga haciendo horas extras, me veo al pobre Iker Casillas siendo arrastrado hasta el sótano el día menos pensado que haga una cantada a remate en plancha de Falcao.
Si nos ponemos tan exquisitos, por la misma regla de tres y con mayor motivo, se tendría que proceder al desahucio del conde Drácula, que ese sí que tiene una hoja de servicios llena de delitos de sangre; o al desalojo inmediato del resto de personajes de la galería del crimen y del pasaje del terror, monstruos de vida nada ejemplar, como Freddy Krueger o David Chapman, el asesino de John Lennon.
Al menos nos queda el consuelo de haber presenciado la escena del chófer de la tonadillera, disfrazado de señorito, saltando de un brinco a todo lo alto del capó del coche, acudiendo en plan machote, coincidiendo con el 75 aniversario de Superman, al rescate de su señora, asediada por la chusma. Ni la secuencia de Kevin Costner salvando de una muerte segura a la inolvidada Whitney Houston en El Guardaespaldas consiguió concentrar tanta carga emocional.
También es mala suerte que en el intento de socorrerla, un guardia civil que le protegía los flancos y que responde al nombre de Paco, en su buena intención tuvo el infortunio de engancharle la cola de caballo con un botón de la chaqueta de su uniforme. Por un instante nos temimos lo peor.
A punto ha estado de tener que retozar en el camastro con Isabel toda la santa noche al resignado grito cuartelero de ¡Todo por la patria!, con el moño ¡qué coño! en su regazo ¡qué planazo! La imagino cantándole al “aceituno” esas dos canciones tan molonas que tiene y que se titulan, la una Quédate a dormir conmigo, y la otra Hazme una vez más tuya.
España, “la mantenida”, como Cachuli por la tonadillera desmayada. Apagadas las ideas en esta cuadra de garrulos TV movie, sólo brillan las 250.000 bombillas de la Feria de Sevilla. Pero es una alegría efímera, propia de una España insomne que sólo alcanza a salvar las apariencias vistiéndose con el traje de luces. ¡Que sea una de gambas!
Si hasta El Corte Inglés se ven en la necesidad de emitir bonos para disponer de cash como Tita Cervera, es que de verdad estamos jodidos.
Oriolito, entretanto, ha tenido que declarar ante el juez que instruye la presunta mangancia de las ITuVes. Y ha necesitado doce horas para decir que en todo momento actuó movido por el interés general del país, mientras España, en caída libre, cautiva de tanta mangancia, se pasa día y noche mirándose el ombligo a la búsqueda del Santo Grial que los nazis vinieron a buscar a Montserrat.
Con semejante panorama, lo más relevante de la semana ha sido sin lugar a la duda el nombramiento de Sara Carbonero como embajadora de Chocolates Valor, hecha la salvedad de la última excentricidad del ministro Cañete, que ahora quiere que nos duchemos con agua fría para ahorrar HO2 y gasto innecesario de caldera. Un día de estos nos manda tatuar los pezones al mismo Londres de la Gran Bretaña.
El diario El Mundo se queda sin noticias y las inventa, postulando la candidatura de Eduardo Madina a la trona del PSOE. (…) Por lo que más quieras, no le digas a mamá que soy periodista; prefiero que siga pensando que me gano honradamente la vida como stripper en algún local de alterne.
«Somos el tiempo que nos queda». Caballero Bonald, Premio Cervantes. En evitación de más desengaños, habrá que comenzar a asumir que es Tiempo de guerras perdidas.
José Antonio Ruiz, periodista