Opinión

¡Democracia!

Viernes 19 de abril de 2013
Así titula, con significativos signos de exclamación, su último libro el profesor, ensayista y periodista italiano Paolo Flores d’Arcais.

Flores d’Arcais, como es sabido, es el director de la prestigiosa revista “MicroMega” y un personaje principal en el debate público italiano y europeo en general. Participante activo en el movimiento de los “girotondi”, ha sido azote de Berlusconi y de su querencia por hacer de Italia su particular coto privado. Su presencia en la esfera social se ha manifestado también en su defensa del laicismo, llegando a protagonizar debates públicos con el entonces cardenal Ratzinger.

El autor lleva a cabo en esta obra un acercamiento al concepto de democracia y a sus condiciones necesarias, con un tono casi de demanda. El libro –entre el ensayo de divulgación y la meditación del especialista– tiene la virtud de presentar los complejos problemas clásicos de la reflexión democrática de una manera accesible, sin renunciar por ello a la solvencia intelectual.

Flores d’Arcais es consciente de que hoy en día –debido a su uso abusivo– el término “democracia” no posee un significado definido. Por ello se hace necesario identificar un contenido procedimental mínimo. Este será el expresado por el principio “una cabeza, un voto”. No obstante, en estas páginas se huye de la tradicional concepción mínima de la democracia, al modo en el que la entendía Schumpeter, para poner de relieve la falsedad de la dicotomía que presenta una democracia meramente formal o procedimental enfrentada a una democracia material, centrada en los contenidos y alentada por un imperativo de tipo moral. Este es quizás el principal logro de la obra: el no olvidar que –para el cumplimiento efectivo del principio “una cabeza, un voto”– son imprescindibles el respeto a la verdad y a la lógica, una ciudadanía activa e instruida, una esfera pública laica y una igualdad social. De este modo, coinciden forma y fondo. La democracia es, así, un proyecto de autonomía humana; una lucha permanente, cotidiana y constante por la propia democracia.

Me parece especialmente pertinente el acercarse hoy a estas reflexiones desde un país como España para recordar que la democracia es difícil de alcanzar cuando las diferencias sociales se hacen cada vez más dolorosas y pronunciadas, cuando ciertos representantes religiosos –que se resisten a ocupar el que debiera ser su lugar en una sociedad moderna– exigen que la ley civil sea un calco de los principios de su fe, cuando los responsables políticos doblegan fielmente la cerviz ante tales presiones, cuando el poder se esconde detrás de las pantallas de plasma y de unas estrategias comunicativas que buscan cualquier cosa menos la comunicación, cuando en el Parlamento se trata de sofocar todo atisbo de debate, cuando los que protestan ante el poder olvidan las más elementales formas de consideración a los valores democráticos y a los derechos fundamentales; cuando un respeto escrupuloso a las formas y a los procedimientos vulnera –de manera escondida– el fondo de la democracia, cuando los que defienden el fondo de la democracia lo terminan por quebrantar al quebrantar sus formas.

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