Opinión

Los luminosos pozos de Cristina Iglesias

Pedro González-Trevijano | Sábado 20 de abril de 2013
La escultura, para bien o para mal, ha estado tradicionalmente tapada por la pintura. Quizás sólo escape a la maldición el gran Miguel Ángel (La Pietá, el Moisés, El David…), pero aún así, siempre se habla, y además enseguida, de sus portentosas pinturas en la bóveda de la Capilla Sixtina. Y si esto acontece al artista nacido en Caprese, qué no les va a contecer a los escultores españoles que iniciaban su andadura en los años ochenta. Me refiero, entre otros, a los Susana Solana, Eva Lottz, Adolfo Scholosser y Cristian Iglesias. De ésta última es de la que ahora tenemos la oportunidad de ver una amplísima retrospectiva, con más de cincuenta obras, de toda una lúcida e innovadora trayectoria creativa. La donostiarra es una de las esculturas más reconocidas de su generación, la de los cincuenta (1956), junto a los Pepe Espaliú, Fernando Sinaga y Txomín Badiola. No en vano lograba el Premio Nacional de Artes Plásticas en el año 1999, mientras su obra está representada en alguno de los museos más importantes del mundo: el Centro Georges Pompidou de París, la Tate Modern de Londres o el Hirshhorn Museum de Washington…

Cristian Iglesias ha sido siempre extraordinariamente inquieta y abierta, como atestigua su pronto interés por lo que se hacía fuera de España, y particularmente en Londres, donde se matriculó en el Chelsea School of Art, corría el año 1980, lugar que siempre consideró un ámbito más fresco e innovador que el de aquí. Lo que justifica su interés por los trabajos de Tony Cragg, Anish Kapoor y Reinhardt Mucha. Una apertura de mente que se refrenda con la rica pléyade de materiales con los que ha ido“construyendo” sus obras a lo largo del tiempo. En efecto, tras un inicial paso por Barcelona, entre 1977 y 1979, donde el barro se erige en el principal compañero de su hacer -“Me interesaba ese material soldable al que podía añadir color”-, la práctica totalidad de materiales conforman hoy su obra: cemento, hormigón, hierro, bronce, maderas, cristal, resina, alabastro, bambú, hojarascas…. Unos materiales que se van entrelazando con también sus otras más diversas técnicas: grabado, serigrafía, tapices, bajorrelieves…. Hasta el agua aparece como sujeto activo e interrelacionado.

Se pueden decir muchas cosas de la escultura española, pero yo resaltaría quizás principalmente dos. La primera, su obsesión por encuadrar sus trabajos en el espacio contextual en el que se asienta. Objeto y contexto físico son dos realidades conceptual, emotiva, e irremediablemente ligadas por la artista. La segunda, su idea del proceso creativo como un universo en expansión, en este caso, un espacio de creación desbordable y desbordado, que excede de los límites intrínsecos del objeto creado. Quizás, porque como decía bien el también artista vasco Jorge Oteiza (Androcanto. Ballet por la piedra de los Apóstoles en la carretera), “quién edifica una estatua (léase escultura) pone encima de otra, esto es como un ladrillo encima de otro ladrillo.”

Desfilan así ante nuestros ojos distintas series: sus iniciales esculturas, serigrafías varias, cuatro videos, una pequeña, pero interesante obra audiovisual titulada Guided Tours, sus Corredores suspendidos, tan presentes, sus exagerados Pasillos vegetales, sus complejas y detalladas Celosías, herederas del mejor constructivismo, y hasta una maqueta para un proyecto que habrá de celebrarse en el me de abril del año próximo con ocasión del cuatrocientos aniversario del fallecimiento de El Greco. En fin, todo un repaso reposado a una memoria muy activa y viva.

Pero son sus Pozos luminosos los que más llaman mi atención. Complejos, serenos, limpios y tupidos. Unos pozos a los que no apetece tirarse, pero que desde luego explicitan la capacidad creativa y la riqueza de una obra excelente. No se si la donostiarra verá en ellos reflejada, estos días de primavera, la cara de su marido, uno de nuestros artistas modernos más célebres, prematuramente fallecido. Hablo del malogrado Juan Muñoz.



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