CRÍTICA
Domingo 21 de abril de 2013
Don DeLillo: Americana. Traducción de Gian Castelli Gair. Seix Barral. Barcelona, 2013. 504 páginas. 22 €. Libro electrónico: 9,99 €
Se acaba de publicar en español por primera vez la ópera prima de Don DeLillo, Americana, aparecida originalmente en el año 1971, cuando el autor tenía 35 años. DeLillo nació después de Salinger, Kerouac, Mailer, Tom Wolfe, Updike y Roth; y antes que Thomas Pynchon, Paul Auster, y los jóvenes de la generación de David Foster Wallace, Jonathan Franzen y Bret Easton Ellis. El gran pope de la crítica literaria, Harold Bloom, lo clasificó junto con sus contemporáneos Pynchon, Roth y McCarthy como uno de los cuatro autores estadounidenses vivos más importantes. En definitiva que DeLillo forma parte del núcleo duro que vertebra la literatura norteamericana masculina, blanca y protestante del siglo XX. David Foster Wallace, sensible a estas cosas, se definió él mismo como un novelista más de ese río novelístico de testosterona, que nace en una familia media (con jardín la mayoría de las veces), se remansa en una highschool en donde la inteligencia se esconde, se hace río turbulento su paso por un campus verde en el que se mezclan drogas, alcohol, sexo e inteligencia, para luego desembocar en unas vidas que oscilan entre el secreto de Pynchon y la tragedia pública de Wallace. Un mundo en el que toda novela que se precie debe tener al menos quinientas páginas.
Las vidas de estos novelistas tienen dos antecedentes claros: Hemingway y su vitalismo protomachista, y Salinger y su búsqueda del anonimato como una forma más de la inteligencia. Su obra, además de la extensión, tiende a un tema central nuevo, ajeno a la vieja guardia de los nacidos a finales del XIX: los conflictos de un joven que en la universidad y los años posteriores se enfrenta a un mundo complejo, degradado, hostil y muchas veces desintegrador. Flecos de Joyce. Lo vemos en Salinger, Roth, Pynchon… En España, este modelo ha tenido poco éxito. Esta novela del yo joven y universitario, mitad confesión y mitad invención, la encontramos en El árbol de la ciencia y Camino de perfección barojianos, pero poco más. Es como si la universidad española dejara escasa huella en los que pasan por ella, o como si los inicios de la vida adulta y sus conflictos fueran menos relevantes que otras etapas o circunstancias vitales. Pero, ¿qué interesa a la novela española? La respuesta a esta pregunta bien merece todo un ensayo, suponiendo que pudiéramos tumbar a la literatura española -y a sus lectores- en el diván.
La literatura norteamericana, sin embargo, se tumbó en el diván hace muchos años, o mejor dicho, tumbó los cerebros y las vidas de los escritores o de quienes se atrevían a intentar serlo. Es una literatura confesional e indagadora de la verdad del yo. Busca una revelación que la sociedad niega al escritor, y une por ello en sus valores lo testimonial y lo íntimo en registro cuasi-místico. Americana desarrolla estas claves. Su protagonista, David Bell, un joven publicista con intereses artísticos en la Gran Manzana, reniega de su vida e inicia un viaje, al principio de trabajo, pero que luego se convierte en una aventura de introspección personal en la que el yo se funde con el fondo, con América en el sentido estadounidense, la gran, terrible y saturnal madre que no deja de devorar a sus hijos.
El libro se divide en cuatro partes y doce capítulos de estilo rápido y diálogos vertiginosos. La primera parte se abre con la siguiente frase: “Llegamos entonces al final de otro año aburrido y cetrino.” Otro año de trabajo en la agencia que sirve sobre todo para conocer las obsesiones de David: su fijación con la edad de los subordinados, su tendencia bret-easton-ellisiana a escupir en las hieleras ajenas antes de meterlas en el congelador, su tedio y su sarcasmo laboral, antecedentes dramáticos de la serie The Office. Su vida personal rota e incoherente.
Su cinismo y desorientación tienen un síntoma: “Las palabras estaban peleadas con los significados. Las palabras no decían aquello que se estaba diciendo, ni tan siquiera lo contrario.” En esas circunstancias, tiene que desplazarse a Arizona para rodar un vídeo promocional. Sin embargo, en vez de ello se embarca en un viaje en camioneta con dos amigos y una amiga/amante, en el transcurso del cual decide rodar un proyecto personal como forma de buscar ese significado perdido. Un viaje tan incomprensible para los demás como aparentemente condenado al fracaso. Aunque algunos monólogos del narrador que apuntan a que la novela la escribe en una isla lejana dejan el final abierto.
La segunda parte se centra en los recuerdos de su familia y de la universidad. En la figura de un padre muy presente pero abducido por el trabajo y la persecución del éxito, de una madre delicada, frágil y fuera de contexto como una flor tropical en el North East (y tempranamente muerta), y de unas hermanas contrapuestas y huidizas. Es seguramente la parte más autobiográfica, y en ella se siente la verdad del pulso de la vida familiar americana, la que para David Lynch habita bajo las hojas del césped regularmente regado y podado. El charco en el que Franzen nada.
La tercera parte es el viaje en sí. Para muchos, la aventura postmoderna del joven norteamericano de los setenta. El joven que se sabe roto y busca en el arte roto la verdad. El que todavía se abandona a un “road trip” con reminiscencias de Kerouac porque espera el milagro de la desintegración de lo que es y no le gusta ser. El que ama, teme, desconoce y escudriña ahora los pliegues llenos de mugre de la psique de su país desde los púlpitos de Wittgenstein, Foucault y los programas basura de la televisión. El que sabe que las llanuras de campos de maíz y los desiertos con lagos de arena y de sal esconden húmedos bosques repletos de vietnamitas con un pañuelo en la frente y un rifle ruso en las manos. El que habiendo sido criado en la sonrisa y los principios de los boy-scouts tiene que lidiar de adulto con la competitividad extrema en el trabajo, con el peso de la conciencia imperialista y con las inseguridades de todo hombre que piensa que debe ser hombre. David Bell, el protagonista de Americana confiesa en un momento que, cuando descubrió a Burt Lancaster y Deborah Kerr en De aquí a la eternidad, la vida perdió su cualidad real para pasar a ser una película más. Y ahí estamos todos, como David Bell, pagando por un pase interminable en el que esperamos vernos en la pantalla en algún momento.
Por José Pazó Espinosa
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