José María Herrera | Sábado 27 de abril de 2013
Se ha abierto el plazo para hacer la declaración de la renta. Es uno de los períodos más felices del año. Dedicar una parte de los ingresos del trabajo personal a sostener el estado del bienestar, con sus carreteras y su incorruptible clase política, produce gran satisfacción. Hay gente frígida que no experimenta este cívico placer y oculta su dinero o paga menos de lo que les toca. Pocos se privan, sin embargo, de hablar de lo que debe hacerse con sus impuestos. Y es que, aunque no todo el mundo declare rentas del trabajo, todos consumimos, y eso significa que todos somos contribuyentes, el sueño del capitalismo.
Un tópico arraigadísimo sostiene que el impuesto sobre la renta es mucho más justo que el impuesto sobre el consumo. Se arguye para demostrarlo que el precio de la barra de pan es idéntico para el rico y para el pobre. La idea convencería si no fuera porque multitud de ricos, pobres y mediopensionistas suelen arreglárselas para pagar impuestos sólo cuando van a la panadería, de modo que al final los únicos que apoquinan son los asalariados, un gremio que decrece sin parar, y no sólo porque haya paro.
A Hacienda le preocupa la situación. Tarde o temprano tendrá que encontrar la forma de arrancar toda la carne del hueso. Por suerte, está la tecnología. Gracias a ella, la capacidad para recabar información y cruzarla ha crecido sobremanera. Dentro de poco no habrá euro que escape al control de las máquinas. ¿Cómo puede usted declarar que gana mil si gasta cien mil? Las redes sociales, tan estupendas cuando se trata de difundir la información, sirven también para extraerla. Hoy puede saberse acerca de cualquiera cien veces más de lo que se sabía hace cinco años. Conscientes de ello, los gobiernos invierten grandes sumas en dotar de los mejores sistemas informáticos a sus agencias tributarias. Para obtener la máxima ganancia con el mínimo gasto hay que automatizar la inspección, atacar al contribuyente en aquello que no puede encubrir: el gasto.
Hacienda posee medios informáticos fabulosos, los más potentes del mercado. En las oficinas judiciales se trabaja aún con manguitos y papel, montañas de ellos. La gente lamenta su lentitud, pero es el Estado quien pone los ordenadores. Para el Estado es más importante la recaudación que la Justicia. Esta es importante, pero no esencial. De Hacienda dependen los recursos que garantizan el funcionamiento de las estructuras de poder, el estado del bienestar, la pax romana. Fíjense si será decisiva que el hundimiento de las grandes civilizaciones siempre estuvo ligado al problema de la presión tributaria. Se trata de algo delicadísimo, el verdadero secreto del buen gobierno, pues, como escribió un poeta francés: “la sangre de los cervatillos oxida el diente del cepo”.
Los ideales cívicos no gozan de su mejor momento. Aunque se habla mucho de libertad no reina en nuestro mundo una moral de hombres libres. Las declamaciones de los políticos no pueden ocultar el hecho de que aquí sólo se hace lo que se debe cuando no cabe la posibilidad de hacer lo contrario. Muchos de los que se indignan con los Bárcenas y Urdangarines (evito a los Pujol porque esta es una familia que únicamente actúa en beneficio de la patria catalana) envidian su desenvoltura. Tarde o temprano Hacienda se verá obligada a cambiar el discurso y buscar el dinero donde suena: la caja registradora. Rastrear los gastos cotidianos (viajes, ropa, alimentos), y comprobar si se ajustan a los ingresos. El ejército americano dispone ya de un programa informático que permite saber con un margen de error mínimo donde está cualquier persona en cualquier momento analizando su rastro en las redes. Basta con aplicar semejante potencia de fuego sobre los contribuyentes para dar con yacimientos fabulosos de dinero. Así de fácil. Las cortapisas legales, si las hay, se eliminan al estilo actual, con una ley de protección de datos que obligue sólo a los particulares. ¿Quién rechazará una medida tan necesaria para garantizar el estado del bienestar?, ¿acaso se puede suplir el superego social que no tenemos de otra forma que no sea creando un Gran Hermano de la justicia social? Créanme, se auguran grandes cosechas de frutos amargos.