Opinión

Representación y disciplina de voto: Una cuestión inacabada

Alfonso Cuenca Miranda | Domingo 28 de abril de 2013
Uno de los principales desafíos de los sistemas democráticos actuales es la adecuación del principio representativo a las nuevas circunstancias del mundo moderno. Así, el edificio de nuestros regímenes políticos sigue articulándose según una arquitectura constitucional cuyos elementos fueron diseñados en su mayor parte en el siglo XIX. Entre los puntos más destacados en este aspecto se encuentra el principio representativo, auténtica piedra de clave del primer liberalismo, con sus grandes construcciones en torno a ese mágico proceso por el que la colectividad decide ponerse en manos de un conjunto de ciudadanos a los que se confía –término este ilustrativo como pocos de la esencia de dicho proceso, como saben bien los ingleses- la aprobación de las normas más importantes para el gobierno de todos. Rousseau, Burke, Sieyès… fueron los gigantes que llevaron sobre sus hombros y depositaron los pilares de lo que ha sido y es el sistema político más exitoso de la Historia, la democracia liberal. Sin embargo, la aparición y consolidación de los partidos, erigidos en auténticos protagonistas monopolísticos del tablero político, dejó inservibles amplias zonas del edificio referido. Mucho ha llovido desde que se construyera la casa, y algunos de los planos utilizados necesitan hoy ser redefinidos, como muestra la creciente cesura que en todos los países se advierte entre el pueblo y los gestores de la res publica.

¿Votamos al diputado o votamos a un partido? Es esta una de las grandes cuestiones que cabe plantearse en la actualidad, teniendo en cuenta lo referido anteriormente. Votamos al diputado, pero es claro que la inmensa mayoría de los ciudadanos apenas sí conoce a alguno de los candidatos de la lista seleccionada. Se podría argumentar que ello nos es importante pues la confianza se ha trasladado en la actualidad a los partidos, cuyas siglas son los grandes reclamos del mercado electoral, en las que elector identifica claramente las posiciones y líneas principales de actuación de los cobijados bajo las mismas. Votamos, por tanto, principalmente a un partido, pero sin embargo con frecuencia nos quejamos de la falta de libertad e independencia de criterio del parlamentario individualmente considerado. Sin embargo, también es cierto que, en ocasiones, reaccionamos airados cuando aquél no sigue el criterio esperado y marcado por el partido (o cabría decir, por su cúpula directiva). Entonces, ¿en qué quedamos? ¿qué modelo queremos? Se nos podría decir que aquí, como en tantas otras cuestiones, lo deseable es un término medio. Pero ello no soluciona del todo el problema, pues es muy difícil consensuar un término medio.

Veamos otros modelos o experiencias en donde la disciplina de partido no es tan intensa. Ello sucede en sistemas mayoritarios con distritos uninominales, como Gran Bretaña y Estados Unidos. Con todo, cabe precisar que uninominalidad no es sinónimo necesario de mayor libertad del parlamentario electo, como atestiguan los casos francés o alemán, aunque, sin duda, es más favorecedora de la misma. Entonces, ¿cuál sería el factor clave para explicar la mayor libertad apreciable en otros sistemas? La respuesta es la cultura política. Así, de esta forma no es casual –aunque por motivos en gran parte distintos- que sea en dos países anglosajones en donde el margen de maniobra del parlamentario sea mayor. Baste señalar dos ejemplos.

En primer lugar, el caso de los llamados Blue dogs estadounidenses. Se trata de un grupo de representantes (aunque también se percibe en el Senado, si bien en menor grado) que concurriendo en sus distritos bajo las siglas del partido demócrata, votan en muchos temas con sus supuestos adversarios del partido republicano. Este fenómeno ha cobrado nuevos bríos a raíz de la derrota demócrata en 1994, teniendo sus antecedentes en los llamados dixiecrats de la década de los 50 y 60, demócratas sureños contrarios a la implantación radical de los derechos civiles en el Sur, y en los Boll Weevils, demócratas conservadores que apoyaron con sus votos la política económica Reagan. En el bando republicano, sin ser tan claras, también han sido habituales las “deserciones” en las votaciones de determinados temas (el caso del actual Secretario de Defensa respecto a las intervenciones en Oriente Próximo es un buen ejemplo de ello). Se trata, pues, de un aspecto recurrente en la política norteamericana, que se acepta con naturalidad.

Más elocuente aún es el caso británico. Así, destaca por su carácter institucionalizado el caso del célebre Comité 1922 en el seno del Partido Conservador. El mismo -que tiene su origen en la rebelión del Carlton Club que dio lugar a la ruptura de la coalición tory con los liberales de Lloyd George-, agrupa a los backbenchers conservadores, y tradicionalmente se ha convertido en una piedra en el zapato de los premiers torys una vez que ocupan Downing Street. Eden (a propósito de la crisis de Suez), Tatcher (debido al poll tax) y recientemente Cameron (en relación con su posición europea) han sufrido su azote parlamentario, que en los dos primeros casos precipitaría sus dimisiones. Por otra parte, si bien el whip es un invento inglés, es en dicho país en donde se ha arbitrado un sabio sistema de votaciones que combina la necesaria disciplina con la imprescindible votación de criterio. Se establece por cada partido una gradación respecto a la importancia de la votación (mediante un método de subrayados), yendo desde la libertad total de voto hasta llegar a las denominadas three lines whips (en los que la comunicación del whip aparece con tres subrayados) en las que la indisciplina se castiga con la expulsión del grupo (normalmente circunscritas a las cuestiones de confianza y a las leyes de presupuestos).

Los ejemplos señalados son una muestra de que el protagonismo individual es mayor en los sistemas electorales uninominales, pues en ellos el candidato se enfrenta solo ante el electorado, siendo menor el paraguas partidista. El escrutinio de los electores respecto a la labor desempeñada por su representante es mayor, lo que determinará en gran medida sus posibilidades de reelección. De otro lado, el sistema uninominal elimina la posibilidad de candidatos “emboscados” en las listas, lo que favorece el castigo por parte del electorado a aquellos candidatos que por diversas causas (corrupción, no defensa de los intereses de la circunscripción, anonimato funcional…) no gozan de su confianza. Como defecto de este sistema, se suele señalar que puede llegar a favorecer el clientelismo. Sin negar esa posibilidad se nos antojan mayores las ventajas que los inconvenientes.

En todo caso, la cuestión abordada dista de ser una cuestión de fácil respuesta. De hecho, desde hace ya varias décadas los expertos –no digamos ya en la práctica- no se ponen de acuerdo. Pero lo cierto es que la mayoría rechazaríamos una solución en la que en una habitación sólo votaran los líderes de las formaciones políticas (en una especie de la actual Junta de Portavoces parlamentaria). Si queremos algo más, seamos consecuentes con ello.