Opinión

La moral de los imprescindibles

Simon Royo Hernandez | Lunes 29 de abril de 2013
Debe ser cierto. El corazón si pudiese pensar se pararía. Y eso decía Fernando Pessoa, alguien que conocía bien la sabiduría del sátiro Sileno, la que nos recuerda lo vano de toda acción u omisión. Y que sin embargo actúa, actúa, no puede evitarlo, sin porqué ni para qué forjó una manada de heterónimos indominables.

Van Gogh sigue adelante y pinta, sin descanso, obsesivamente, compulsivamente. Y si le preguntasen qué es lo que le mueve contestaría: irrecusable, inenarrable. Definición del honor de Los Duelistas, película de Ridley Scott basada en la magistral novela de Joseph Conrad que lleva ese mismo título.

Ese es realmente el héroe, el que actúa por inevitabilidad, por instinto, sin pensarlo y sobre todo, sin decirlo. Una lucha en la que siempre hay algo de redentor, de amor y desesperanza, de genuino. Se trata de unos hombres que no son bajos ni ruines, que no están comprometidos ni asustados, que odian la afectación y los fingimientos, como el detective Marlowe de Raymond Chandler, siempre perplejo, pero nunca derrotado.

Con Los Imprescindibles se refiere Bertolt Brecht a una vieja estirpe, de cuya extinción o elevación depende el futuro del mundo. Individuos con su propia ética, una moral inmoral, que no está escrita en ninguna parte y que jamás ha sido pronunciada. Seres que no están al lado de la ley ni en su contra y que al final son los únicos que actúan con propiedad porque les pertenece su destino.

Contra los Imprescindibles se yergue la Globalización de la economía del monoteísmo del mercado. Contra esos hombres los tenderos se han reunido en un complot que pretende exterminar o lobotomizar y consagrar así su dominio mundial. Contra los individuos, críticos, libres y despiertos que luchan y denuncian la hipocresía, se busca, la uniformidad de asentimiento, el aplauso frente a crímenes disfrazados de legalidad económica. Pero los tenderos no podrán vencer, son demasiado pusilánimes. Luego nos pedirán perdón.

Pero no hay perdón que valga, a menos que se habiliten los medios para que tales cosas no vuelvan a suceder. Sin embargo la CIA sigue experimentando y matando sin que se haga nada para evitarlo. Dentro de 50 años el nuevo presidente de los EEUU pedirá perdón por las barbaridades que se están cometiendo hoy y de las que nos enteraremos más adelante. Dentro de 50 años el papa Fulanez II pedirá perdón a Africa, por la enorme cantidad de muertos de SIDA que ocasionan las predicas del actual contra el uso de preservativos.

Pedir perdón no basta. Así solo, constituye una artimaña para dejar impunes y que continúen su siniestra labor, los masacradores del presente. Hay que legislar en contra de lo que se rechaza con la boca y rechazarlo así también con los actos. Aún no hemos visto sentados en un banquillo a los que ordenaron o consintieron los actos de barbarie de los que se pide perdón, ni se nos ha mostrado la legislación que desde ahora en adelante los impida.

Sólo se ha juzgado a criminales nazis. Bien hecho está. ¿Por qué no se persigue y se juzga al resto de los criminales de la humanidad? La mayoría tienen cuentas en Suiza y son bastante localizables, no se manchan las manos de sangre pero la provocan sin cesar. Frente a la corrupción generalizada, los ladrones de guante blanco y los dueños de los bancos, volvemos a decir, siempre existirán los imprescindibles.