Opinión

El lujo no tiene precio

Pepa Echanove | Lunes 29 de abril de 2013
Estos días se celebraba en Basilea la feria internacional de relojería y joyería. Tras una inversión de 430 millónes de francos en renovar el complejo de pabellones del Centro de Congresos, obra de los arquitectos Herzog y de Meuron, la muestra apuesta anualmente por el lujo al máximo nivel. Más de 140 marcas de 40 países exponen durante una semana sus últimos modelos de relojes y cronómetros, piezas sueltas de maquinaria, joyas, piedras preciosas, o perlas. Cerca de cien mil visitantes y un número desorbitante (y secreto) de operaciones comerciales se firman en las trastiendas de los impresionantes stands tras un apretón de manos acompañado de un café (‘Nespresso, what else?...’), champán y chocolates. Allí estaban todos los nombres propios de marcas que de sólo pronunciarlos nos ponen los dientes largos: Piaget, Rolex, Hublot, Patek Philippe, Longines, Certina, Omega, Maurice Lacroix, Tag Heuer, Mondaine, Breitling, Constintin... en fin, qué bien que soñar es gratis. Recordemos que la industria relojera nació en el siglo XVI. El reformador Calvino prohibió el uso de ornamentos religiosos y los orfebres se dedicaron entonces al arte de la relojería, asentándose principalmente en la región del Jura y formando la primera cofradía en 1601. A Iglesia pobre, ¡país rico!. Hoy supone la tercera industria nacional, detrás de la maquinaria pesada y de la industria fármaco-química. El sector de la relojería se nutre de trabajadores formados principalmente en las empresas, dentro de los programas de formación profesional que este país promueve como pieza clave en la maquinaria económica. Se estima que cerca de tres mil puestos serán necesarios para cubrir las necesiades del sector durante los próximos diez años. El modelo económico alto-proteccionista y bajo-subvencionista de Suiza, su nivel de prosperidad y estabilidad social han dado sus frutos y hoy encabeza el ranking de competitividad e innovación junto con Singapur y Suecia. El verdadero lujo, diamantes y manecillas de oro aparte, es que un modelo laboral que prescinde de sindicatos en favor de asociaciones profesionales funcione; que un modelo político de democracia local participativa funcione; que un modelo administrativo federal y plurilingüe funcione. De la paz social nos beneficiamos todos. De la puntualidad, la precisión y el trabajo bien hecho, también. Quienes mueven las agujas de nuestra maltrecha economía deberían asomarse a la ventana de los Alpes, si no quieren perder el tren del progreso. Desde 1999 el mercado suizo de la relojería ha duplicado sus cifras a la exportación, a la cual destina hoy el 90% de su producción. En 2012 se batieron todos los récords, con más de 20 mil millones de ingresos. El continente asiático y China en particular absorven ahora lo principal de la producción relojera mundial. El grupo Swatch (19 marcas, entre ellas Breguet, Blancpain y Omega) vendió el 38% de su producción a China en 2011; el grupo Richemont (Cartier, Jaeger-LeCoultre y Vacheron Constantin entre otras), exportó cerca 27% al gigante asiático. Aunque en volumen total de unidades de fabricación China está evidentemente a la cabeza, la realidad del negocio de lujo es que un reloj ‘made in China’ cuesta de media 2 dólares, mientras que uno ‘Swiss made’ ronda los 688, como indicaba recientemente la revista de referencia en el sector ‘Wthe Journal’, editada en Neuchâtel. En conclusión, el 95% de todos los relojes ‘caros’ que lucen nuestras muñecas son ‘made in Switzerland’. “En el contexto de la agitada economía mundial el sector constituye una rara excepción”, apuntaba durante la inauguración de la muestra Jacques J. Duchêne, presidente del Consejo de Expositores, quien también dedicó un discurso sin concesiones contra las imitaciones: “Cada nueva confiscación consituye un paso hacia adelante. Todos debemos implicarnos en este lucha no solo los fabricantes sino también los consumidores” apuntaba. Desde entonces leo la hora bajo otro ángulo en mi Chanel de imitación a 8 euros, y además creo que se ha quedado parado. Realmente era una ganga.