Opinión

Kalamu pudo nacer

Antonio Hualde | Miércoles 01 de mayo de 2013
Se habla de aborto estos días; quizá demasiado. Ojalá quienes lo hacen conocieran a mi amigo Kalamu, para poder tener una visión más exacta. Tendrían, eso sí, que ir a Etiopía, concretamente a Bale Mountains, en el corazón del país. Fue allí donde le conocí el pasado verano, en una de las casas de acogida que tienen las Misioneras de la Caridad. Las sisters mantienen vivo el legado de amor que regalase al mundo su fundadora, Madre Teresa de Calcuta, y lo ponen en práctica cada día. Kalamu es una prueba más de eso.

El primer y el tercer mundo tienen modos diferentes de resolver un mismo “problema”: qué hacer con los que ya “no sirven”. En Africa, por ejemplo, se ven muchos más niños que en Europa, y el trato que se dispensa a los ancianos es infinitamente más respetuoso que aquí. Se les quiere valora en su justa medida, como es de ley, en lugar de aparcarles a su suerte en una residencia con habitaciones compartidas y con horario de visitas el domingo de 4 a 6. Los niños, por su parte, llevan una vida bien distinta a los de Occidente. Algunos van a la escuela, y la mayoría trabaja en lo que puede. Casi todos, sin embargo, socializan entre ellos, juegan y son felices. No hay más que verles la cara; y la de un niño es incapaz de mentir.

Pero allí, al igual que en resto del mundo, también existen lugares para aquellos que o bien son abandonados conscientemente o bien se han quedado sin nadie en el mundo. Las Misioneras de la Caridad acogen a niños con síndrome de Down, minusválidos, con parálisis cerebral o simplemente dejados en su puerta. Sin más. Como Kalamu. Cuando le conocí estaba ya en silla de ruedas. Con parálisis cerebral y sin apenas poder hablar, sus piernas y brazos eran palillitos. Tenía dolores, y eso se le notaba. Pero también tenía algo muy especial por dentro, que se mostraba hacia fuera en forma de una de las expresiones más bonitas que recuerdo. Es imposible no querer a alguien así. Y como a él, a tantos y tantos otros en la misma situación.

Hoy Kalamu ya no está en Etiopía, sino con Madre Teresa. Subió a reunirse con ella hará cosa de un mes, cuando sus fuerzas dijeron “basta”. En verano ya le quedaban pocas, aunque bastantes como para seguir sacando lo mejor de los que tuvieron la suerte de estar junto a él. Kalamu irradió su magia gracias a haber nacido en Etiopía. Mejor dicho, gracia a haber nacido, a secas. Probablemente, en un ámbito progresista se habría quedado en un “problema resuelto” con eso que llaman “interrupción voluntaria del embarazo”.

Es un claro ejemplo de la perversión a que nos puede llevar el lenguaje, como la de tildar de “derecho” a lo que no es sino el asesinato de un ser humano en pequeño. Todos merecemos la pena. Todos. Merecemos vivir, independientemente de cómo vengamos al mundo. Por fortuna, la teoría del superhombre de Nietzsche y su degeneración nazi según la cual sólo los más puros han de permanecer ya está superada ¿O no? Qué tremendo contrasentido, que los que apoyan el aborto lo hacen gracias que en su momento nacieron, sin que nadie “interrumpiera” el embarazo de sus madres. A Kalamu, sin duda, todo esto le superaría. Abriría los ojos mucho, sin entender nada. Y sonreiría, porque lo suyo era querer a la gente y no matarla o aparcarla cuando no son superhombres. El sí que lo era.

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